El sistema-mundo

El sistema-mundo

En 2004 la editorial Hougthon-Mifflin-Hartcourt publicó la novela “The Plot against America” de Philip Roth. El mundo ficticio postulado por la novela parte de la suposición de que Charles Lindbergh derrotó a Franklin Delano Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940, lo que propició un creciente antisemitismo en los Estados Unidos y una cercanía con la Alemania nazi. Tal estrategia narrativa es la típica de la ciencia ficción, pero los críticos especializados en ella no vieron ninguna virtud en la novela de Roth, pese a que el New York Times y el Washington Post soltaron sus ditirambos. Más aclamadas por los críticos de la ciencia ficción lo fueron la novela de 1962 “El hombre en el castillo” de Philip K. Dick, que nos narra la vida en unos Estados Unidos colonizados por el imperio japonés después de la victoria de las potencias del eje en la segunda guerra mundial, o la novela de 1976 de Kingsley Amis “La alteración”, en la que se nos describe una Inglaterra que nunca sufrió las consecuencias de la reforma siguiendo la vida de un “castrato”. La idea que subyace a estas novelas es muy simple: la historia es una sucesión aleatoria de eventos en la que lo más inesperado puede ocurrir. No existe ni un “destino manifiesto”, ni un “espíritu” ni, en general, una necesidad en los hechos históricos. Lo que acontece ocurre sin responder a un designio. La idea puede permitirnos rescribir la historia que conocemos, ya que en gran medida el dominio del idealismo alemán echó las bases de una “historia teleológica”. Es momento de escribir una “historia aleatoria”, algo que Foucault y Kuhn quisieron hacer para la historia de la ciencia y que en el libro de Robert Marks “The Origins of the Twenty Century” (Rowman & Littlefield, Londres, 2015 tercera edición) encuentra una inspiradora realización en la historia del sistema mundo. Para Marks son dos las tesis centrales de la historia mundial: 1.- el dominio de Europa sobre el sistema-mundo tuvo lugar hasta mediados del siglo XIX, 2.- la construcción de las sociedades humanas ha tenido límites biológicos que se rompen por azar. La primera es una debatible tesis histórica que está ligada a la segunda, aunque no de manera necesaria, así que explicaremos la segunda y daremos contenido a la idea de una “historia aleatoria”.

Los límites biológicos están definidos por la capacidad de producción de alimentos de las sociedades humanas, lo que a su vez condiciona su reproducción, expansión y en última instancia, dominio sobre el mundo. Y, a su vez, la producción de alimentos está determinada por la capacidad de utilización del nitrógeno para volver fértiles los suelos. Con esto es posible establecer que la invención de la agricultura permitió el gran salto –inexplicado- de las sociedades de cazadores y recolectores a los imperios asiáticos y chinos, siendo el imperio la forma social mejor adaptada a la capacidad de producción de alimentos de la agricultura, la que al desecar los suelos de nitrógeno, marcaba los límites a la producción de alimentos. Esos límites se rompieron en 1916 cuando Fritz Haber y Carl Bosch lograron sintetizar amoniaco a partir del hidrogeno y nitrógeno moleculares inertes que abundan en la atmósfera. Esto fue un verdadero hito que destruyó paulatinamente el viejo orden biológico, porque permitió la creación de fertilizantes a voluntad partiendo de una fuente prácticamente inagotable: la atmósfera. Pero tuvo también una consecuencia práctica inmediata en el equilibrio mundial de poderes. En esas fechas la producción de fertilizantes estaba monopolizada por Inglaterra, que controlaba la producción de nitrato de sodio chileno –la casi única fuente en el mundo era una gruta llena de excremento de murciélago-. Pero el descubrimiento de Haber permitió a Alemania alterar el equilibrio mundial al romper el monopolio británico. Esto fue una consecuencia geopolítica menor, pero hubo una consecuencia de largo alcance: en un corto tiempo la forma de organización social imperial, endémica en el viejo orden biológico, se vio arruinada en gran parte debido a la explosión demográfica más fuerte en la historia humana. Si el dominio de las especies sobre un habitat se mide por su capacidad de reproducción, entonces los seres humanos son un éxito biológico. Y junto a ese indiscutible dominio aparecieron problemas desconocidos en el pasado: la contaminación industrial, las grandes zonas de miseria, nuevas enfermedades, inmanejables problemas de tráfico vehicular, producción masiva de todo tipo de desechos, la eutrofización, todas ellas consecuencias inesperadas de lo que podemos denominar “el nuevo orden biológico”, simbólicamente nacido el día que Haber y Bosch, en sus tanques de alta presión y temperatura, haciendo uso de la termodinámica (una reacción exotérmica basada en el uso imaginativo del principio de Le-Chatelier ) lograron descomponer el nitrógeno molecular.

¿Dónde reside lo aleatorio de está situación?. Nunca hubo la certeza que el proceso de Haber fuese posible, incluso, como con los aviones, se predijo que era imposible. El viejo orden biológico era inexpugnable. Pero su destrucción se hizo inminente con un descubrimiento. En la poética de la ciencia ficción a ese descubrimiento se le denomina “novum”. Quede ahí que en esa literatura se refleja la historia mundial. ■

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