Notas al margen Lectura y desorden

Notas al margen Lectura y desorden
/// Harold Bloom

Hace unos días leí una entrevista a Harold Bloom. Lo primero que debo decir es que me pareció tristísima. Bloom, uno de los críticos literarios que más respeto, autor de más de 20 libros y lector incansable de la Biblia, Shakespeare, Cervantes, Whitman, entre muchos otros, decía que no había sido feliz. El entrevistador va a visitarlo a su casa de New Haven, lo encuentra viejo, a sus ochenta años, sentado en la cabecera de la mesa del comedor, “llena de libros, cartas y hojas amarillas de bloc, donde anota sus clases; los poemas que les dará a leer a sus alumnos y su agenda”. Así, Bloom le comenta que a pesar de que “yo no tengo sabiduría. Sé dónde la puedes encontrar. La puedes encontrar en Shakespeare, Cervantes o Dante, ahí puedes encontrar sabiduría, partes de la verdad”. Y remata diciendo que él no sabe cómo funciona la vida, que no ha sabido ser ni buen padre, ni buen esposo y apenas hace unos años empieza a ser buen maestro. No considera haber triunfado en la vida, no se siente feliz consigo mismo. “Crecí emocionalmente muy despacio […]. Creo que todos queremos sentir que hemos triunfado en algo, pero yo no siento eso […]. No tengo ninguna ilusión sobre lo que escribo. Desaparecerá”.

El autor del Canon Occidental, un lector como pocos, no ha sido feliz. Y qué nos queda entonces de la lectura, de la utopía que se construye a sus alrededores y que nos llama a ejercerla como un remedio contra los males del espíritu. Alonso Quijano, el enajenado lector por antonomasia, ¿fue feliz? Quizás tengamos que empezar a entender que quien lee no busca la felicidad, y tal vez tampoco se trate de huir de un mundo real para guarecerse en uno ficticio. Simplemente será que leemos porque no podemos no hacerlo. Adictos a la ficción y a construir un mundo sobre el que podamos ser nosotros, felices o infelices, pero nosotros: hijos de la lectura y artífices de nuestras desdichas.

Me llama la atención que Bloom, como todos los grandes lectores, vive rodeado de un aparente caos libresco (o mejor dicho: papelesco, o literario, letroso), lleno “de libros, cartas y hojas amarillas”. Recuerdo que no hace mucho también leí una escena similar en una entrevista a Ricardo Piglia: el mismo caos. El lector es un hombre que parece vivir en un constante desorden. Una biblioteca inmóvil, ordenada, no puede ser una biblioteca viva. Bloom, Piglia, Eco –por decir algunos- pasan los días hurgando los libros, volviendo a sus lecturas, recogiendo papeles, anotando papeles, completando esa parte del cuerpo que les hace falta (¿la felicidad?) con una extensión artificial que llamamos literatura. Ya decía Borges que el hombre inventó el libro como una extensión de la memoria y de la imaginación.

Dentro de este aparente caos se esconde un orden invisible: la estructura de un cuerpo imaginado (y no menos real que el físico): la fisionomía del lector es lo que se oculta tras el desorden de las bibliotecas. El universo es caótico sólo porque aún no logramos entenderlo, y la anarquía aparente no es sino un orden que no hemos aprendido a hacer pertinente.

Pensemos de nuevo en la memoria: volvemos a nuestros recuerdos de manera desordenada (ya nos lo demostró Joyce) y es de una manera caótica como reconstruimos nuestro Yo narrativo. No podría ser de otro modo entonces nuestro Yo lector. Un ser que vuelve a los libros y los desordena, es un ser que está volviendo a sí mismo para ordenarse un poco.

Quizás por eso Bloom, Piglia, Borges, Eco, y un largo etcétera, vivan (vivieron) rodeados de papeles, de esas extensiones de su Yo. El lector, ese discapacitado, necesita el libro como una muleta que sostenga su identidad, pero no el libro como objeto, no el libro como suvenir, ése puede quedarse quieto en el librero, más bien el libro como lazarillo, el papel como una memoria lúcida que no desaparece. ¿Para qué buscamos la felicidad entonces? ¿Para qué queremos la sabiduría? Como diría Bloom: No la tenemos, pero sabemos dónde encontrarla. Nos basta alargar la mano para tomar aquel soneto borgiano: “He cometido el peor de los pecados/ que un hombre puede cometer. No he sido/ feliz”.

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