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De la muerte como don

De la muerte como don
/// La part maudite de Georges Bataille

El “mundo” precolombino yace, como Pompeya, sepultado bajo una inmensidad de escombros materiales y cenizas espirituales; infinidad de estudios —serios y no tan serios— se agregan a esta montaña que hace presagiar contingencias ambientales del peor tipo. Una interpretación justa de ese “mundo”, que entrecomillo menos por provocación que porque en efecto nunca llegó a serlo, sigue pendiente; tal vez nunca se cumpla. Con todo, algo se sabe, algo se adivina, algo se presume; Mesoamérica existe —en
calidad de ruina, de símbolo, de emblema y de vestigio. Elementos reconocibles de su “imaginario” atraviesan un territorio que se puebla desde el río Sinaloa hasta el Golfo de Nicoya. Ejemplos: todo cuanto existe es fruto de un principio doble (masculino/femenino), o, en otros términos, el ser es hombre/mujer, con lo cual se torna de inmediato incompatible con el monoteísmo oficial de las culturas europeas. Cuanto existe no ha sido, tampoco, producido súbitamente y de una vez por todas por un Ser Supremo; el tiempo de Mesoamérica es literalmente catastrófico, sometido a destrucciones cíclicas y creaciones periódicas: “la inestabilidad”, afirma la Misión Arqueológica y Etnológica Francesa en México, “aparece instalada en el corazón del mundo”.1 Inestabilidad y precariedad son los signos mayores de esta experiencia histórica de las cosas: rituales y mitologías se aprontan para atenuar o desviar las angustias consecuentes. Notable es, a este respecto, por su resonancia con el cristianismo europeo, la concepción sacrificial de los dioses: ellos han enfrentado en primer lugar un riesgo de muerte a fin de engendrar a la raza de los hombres. El nexo entre ambos polos —mortales, inmortales— queda asegurado bajo la modalidad de la deuda. Si, según los mitos, algunos dioses mueren —Quetzalcóatl, en particular— para otorgar vida (humana) a la carne y a los huesos, y mueren para darles sustento diario, los hombres tendrán que saldar, con la misma moneda —la sangre, ese “líquido precioso”— la deuda contraída. Emerge con ello un fascinante-y-terrorífico nudo entre la vida y la muerte, pues no designan realidades brutalmente antagónicas sino aspectos solidarios de un mismo fenómeno. La muerte de los individuos —como la enfermedad o el espanto— es, en tal condición, parte inescindible del ritual, ininteligible fuera de él. En sí misma, la vida no es precaria: el orden en el que se halla inscrita sí lo es. De ahí el “carácter” entre resignado y alegre, entre abnegado y burlón, de la raza.
Coyolxauhqui, diosa de la Luna, decapitada y muerta, será representada en piedra como ejecutando todavía un —perpetuo— paso de danza.

No sorprenderá que a espíritus tan libres y tan intensos como Georges Bataille, Antonin Artaud y André Breton, entre muchos otros, y por sólo mencionar a los franceses, esta concepción básica de las cosas —este comportamiento elemental con las cosas, hacia ellas y por ellas— les haya resultado tan inquietante y atrayente. No hay mejor paso a la muerte que el de la alegría. Los mayas del Petén dicen p’a chi —“abre la boca”— para referirse al sacrificio: el khaos de los himnos hesiódicos, el thauma de Platón y Aristóteles… ¿la fruitio de Tomás de Aquino? ¿La perplejidad de los poscartesianos? Como quiera que sea, la civilización mesoamericana, en su proximidad y su alejamiento, en su humanidad y en su inhumanidad —siempre relativas o intercambiables— ha ejercido una especie de encantamiento o ensueño, no demasiado risueño, en los europeos; en ella se han mirado como en ese espejo de obsidiana (Tezcatlipoca) extraído de las vidriosas aun si reflexivas o refractantes entrañas volcánicas del infra-mundo. En lo más oscuro, la transparencia. Filosóficamente, Mesoamérica ostenta un valor de denegación de la negatividad hegeliana, siempre al cabo progresiva. En lo más denso, la ligereza. Georges Bataille, como debidamente pone de relieve nuestro amigo y colega Nelson Guzmán en su sólida contribución a este espléndido libro,2 ha pensado al México precolombino, hasta cierto punto al menos, como un “condicional contrafáctico” a la Lógica fenomenológica del Espíritu: el individuo (humano) muere a fin de que los dioses resuciten —sin importar el destino de la comunidad. El gesto parece cristiano pero es en el fondo su destitución, su parodia, su puesta en fuga. Razón por la cual, posiblemente, ha sido tan difícil entender su civilización: lo horroroso, para los europeos, no es la violencia de los sacrificios humanos, sino el perpetrarlos con una suerte de inocencia o puerilidad que los torna aún más inaceptables. La muerte, en Mesoamérica, no tiene ningún sentido, ningún sentido humano. Por tanto, es (racionalmente, políticamente) injustificable. Europa se configura por su parte, desde la caída del Imperio Romano, en la humanización del sacrificio, en su justificación antropo-teo-lógica: es la lógica de San Pablo —elevada por Hegel a la altura del Concepto— según la cual el Padre muere en el Hijo para que el individuo, sacrificando su deseo, es decir, su carne, es decir, su cuerpo, devenga sujeto —fiel— de una comunidad. El sacrificio mesoamericano, en su crueldad, en su literal crudeza, se halla desprovisto de este dramatismo; es incluso ajeno a lo trágico tal como fue pensado y experimentado por los antiguos griegos. Lo es porque, como han adivinado y documentado acertadamente los investigadores de la Misión arqueológica y etnológica francesa, el orden del mundo, para un mundo ajeno a la metafísica judeocristiana de Occidente, nunca ha sido ni será un dato primario. “Para los indios mesoamericanos la muerte representa la ruptura definitiva del equilibrio de los componentes del yo, la separación irreversible de los elementos, de la que la embriaguez, el sueño o el acto sexual habrían proporcionado anticipaciones”.3 El sacrificio, o la muerte, en este contexto, están privados del pathos que aureola a las Guerras Santas que siguen asolando a Europa (y sus colonias). Su antagonista perfecto no es el pacifismo de Gandhi, de Einstein o de Kant, inevitablemente inconsecuente, sino ese darse a la muerte, con singular alegría, sin pavor y sin cálculo, de las Guerras Floridas y de los multitudinarios y bien calendarizados sacrificios a Tonatiuh.

 

1 Yves Bonnefoy (Dir.), Diccionario de las mitologías, Vol. VI, Destino, Barcelona, 2002, p. 243.

2 Autores Varios, La part maudite de Georges Bataille. La dépense et l’excés, París, 2016.

3 Bonnefoy, op. cit., p. 290.

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