Consolidemos el carácter secular del festival cultural zacatecano

Consolidemos el carácter secular del festival cultural zacatecano

El Festival Cultural de Zacatecas está cumpliendo su tercera década de vida. Fue en 1987, durante el primer año de gobierno de Genaro Borrego, cuando quienes vivíamos en Zacatecas empezamos a ver una transformación radical de nuestra vida cotidiana en la Semana Santa. Recuerdo la infancia del ayuno diario, del rezo del rosario a mediodía, y también por la tarde cuando visitábamos a mi abuela María, la visita a los siete templos y la participación masiva en los rituales eclesiásticos como el lavatorio de pies, el Viacrucis y sus 14 estaciones, y los momentos cumbre de la pasión de Cristo en el templo de Jesús, todo ello en medio del silencio absoluto de los aparatos de radio y televisión y, por supuesto, el disfrute de las delicias de la comida de Cuaresma. Y cómo no recordar la época de la juventud, cuando pasábamos las horas del mediodía de esas fechas jugando baloncesto con muchos amigos que regresaban, sobre todo del DF, a pasar la Semana Santa con sus familias en una ciudad aburridísima, donde el paseo diario por la solitaria avenida Hidalgo, con largas estancias en el Portal de Rosales o en la esquina de la sevillana para platicar, eran las únicas actividades diarias placenteras. Después, en la edad adulta, inmerso en una intensa actividad laboral y política, como muchas familias de mi generación, iniciamos la costumbre de aprovechar los días de asueto para ir a disfrutar nuestras playas.

La Semana Santa en Zacatecas, con su Festival Cultural, es hoy un evento más secular que religioso y más popular que eclesiástico. Es una fiesta de todos los habitantes, religiosos o laicos, y de muchos turistas que ya saben que, aunque con altibajos, la ciudad ofrece un amplio programa de actividades muy disfrutables. Aunque las autoridades frecuentemente resbalan privilegiando las presentaciones de artistas comerciales y relegan muchos talentos locales, el valor artístico, cultural e incluso económico del festival opera simbólicamente para reproducir y consolidar lazos de solidaridad y para recrear la comunidad entre los Zacatecanos.

Por ello es que a 30 años de su nacimiento, se puede afirmar que el Festival Cultural no tiene a nadie en contra, pues es una fiesta popular que todos sentimos como nuestra y en la que puede participar gente que piensa de forma diferente, que profesa distintas religiones o vota por distintos partidos. Seguramente nadie lo pensó así pero ha ocurrido un gradual proceso de apropiación popular del festival, que lo ha convertido en una fiesta de todos. No sería extraño que autoridades más perspicaces pugnen por capitalizar las virtudes de uno de los más eficaces rituales de nuestra ciudad como herramienta de ingeniería social. Como ritual secular que es, se ha estructurado a partir de transferencias e imitaciones de los ritos religiosos tradicionales para poder seguir cumpliendo la función social que antaño tenía la religión: expresar la conciencia de identidad de un grupo, crear sentido de pertenencia y evocar valores comunes. Los zacatecanos de hoy, religiosos o no, estamos llamados a democratizar nuestra fiesta popular, a volverla más incluyente y participativa.

Democratizar la Semana Santa significa profundizar el carácter secular y su transversalidad logrados, para resignificar los valores que recrea y la identidad de nuestra ciudad, adaptándolos a una realidad que afortunadamente hoy se entiende a sí misma identificada con los valores de la igualdad, el laicismo y la libertad, y que no desea el regreso del clericalismo jerárquico y de su dominio sobre las instituciones y administraciones públicas de nuestra tierra. Democratizar la fiesta es hacerla aún más de todos los habitantes de la ciudad, y lo contrario es precisamente pretender apropiársela o usarla para fines particulares. Reconociendo su valor, como el de otras manifestaciones culturales de Zacatecas, hay un amplio margen para el debate legítimo sobre la forma de gestionarlas para hacerlas precisamente más plurales, más abiertas y populares, más de todos. Pero precisamente para que sigan siendo de todas y de todos, ese debate debe ser abierto y respetuoso.

Debemos tener presente que durante la reciente visita del Papa Francisco a México, pero no solo en esa oportunidad, hemos atestiguado diversas manifestaciones de actores políticos que violentan y ponen en peligro al principio de la laicidad que, por mandato constitucional, caracteriza a la República Mexicana. Distintas autoridades realizan cada vez con más frecuencia pronunciamientos o participan en actividades de indiscutible índole religiosa. Se trata de actos inadmisibles que representan un retroceso histórico, vulneran la laicidad estatal y, en esa medida, amenazan a la democracia. La laicidad, al garantizar la separación y recíproca autonomía entre la esfera religiosa y la esfera política, y al someter a las iglesias a las leyes del Estado, constituye una condición necesaria para que la pluralidad y la diversidad puedan expresarse y recrearse libremente. Solo en un Estado laico se garantizan la igualdad en derechos -sin importar las creencias o convicciones de las personas- y las libertades de conciencia y de religión. Por lo anterior siempre es oportuno llamar a los dirigentes de los partidos políticos nacionales y a los gobernantes y representantes de los diferentes órdenes de gobierno, para que defiendan y salvaguarden la laicidad del Estado mexicano.

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