El engaño de los todopoderosos

El engaño de los todopoderosos

■ Zona de Naufragios

Parte inherente de la condición humana tiende a la búsqueda de protección o amparo del mundo en que vivimos. Desde el nacimiento el ser humano enfrenta un mundo mayormente hostil (ninguna otra criatura es tan dependiente del cobijo de otros antes de poder ser medianamente independiente), misma situación que gracias a distintos arreglos de orden institucional o el azar individual, es más o menos acotada. No es casualidad, por ejemplo, que el espíritu del Beveridge Report (clave de lo que más tarde cristalizaría en lo que se conoció como Estado de Bienestar) haya sido la de otorgar protección a todos de la cuna a la tumba (‘from the cradle to the grave’). El gran tema subyacente pues es la mitigación de esa incertidumbre existencial, descargar los dilemas vivenciales de los individuos en una figura todopoderosa, religiosa incluso, mas no necesariamente.

En el mundo secular y la esfera social ese amparo reside en sus instituciones políticas o, en ausencia o debilidad del entramado institucional o durante tiempos convulsos, éste se transfiere a sus líderes o figuras más salientes. Fenómeno más o menos consistente a lo largo y ancho del planeta y en todas las épocas y al que Latinoamérica y su proverbial delirio por los liderazgos carismáticos no es ajeno. Y en el mundo de la política no hay otro escenario más propicio o territorio fértil para su surgimiento que aquel en el que privan la confusión y la desorientación, la ausencia de rumbo y la multiplicidad de amenazas a esa misma integridad de los individuos. Cuando los sistemas supuran putrefacción, la figura del outsider inmaculado, todopoderoso y redentor, se convierte en la elección lógica por antonomasia de parte de las masas.

La elección de los candidatos que contenderán por la presidencia de los Estados Unidos de América ha estado marcada, precisamente, por figuras carismáticas. En un escenario económico deprimido y con marcadas presiones sociales internas, tanto Donald Trump como Bernie Sanders, aunque figuras antagónicas, se han posicionado como las alternativas anti-establishment que simbolizan esa traslación de expectativas de la esfera institucional hacia individuos específicos. El primero, quizá la encarnación de todos los defectos y ninguna de las virtudes de un líder, ha logrado superar gradualmente el escepticismo y hasta la sorna de los especialistas, quienes lo calificaban como una broma de mal gusto. Sin importar que sea un megalómano con nula experiencia en el quehacer público y aún menos sensibilidad social y política, sin idea o plan concreto de gobierno, con una visión del mundo ultrasimplista y maniquea, ha logrado concitar el apoyo de una buena parte del electorado que se siente defraudado por los políticos tradicionales y apela a un cambio de estilo, al hombre fuerte que otorgue certidumbres en su vida ante las supuestas amenazas de musulmanes, mexicanos y chinos. (John Oliver exhibió la charlatanería de este bufón de modo inmejorable, pintándolo de cuerpo completo y demostrando que es un mentiroso compulsivo, intolerante e inestable y ni siquiera con tino para los negocios – ni las bienes raíces ni sus productos han sido exitosos, su fortuna es heredada en su mayor parte.) Sanders, por otro lado, una figura con trayectoria ha propuesto un giro drástico en la política interna del país, ha presentado planes concretos y ambiciosos para la universalización del sistema de salud y la gratuidad en la educación superior y la ampliación de la justicia social, todo lo cual no obsta para que haya sido estigmatizado como ‘socialista’ o ‘comunista’ por visiones retrogradas y conservadoras.

Hay un largo trecho para que alguno de estos dos pudiese sentarse en la Casa Blanca, sin embargo este fenómeno deja ver que el grueso de la gente deposita expectativas mayores en este tipo de personajes, mismos que a su vez las alimentan continuamente, lo que no sería un problema de encontrar éstas su correlato en la realidad. Porque en el mundo de la realpolitik, la mayoría de esas expectativas desbordadas no se acompañan de resultados halagüeños o al menos inmediatos porque, infelizmente, son cambios de largo aliento que no suceden –ni pueden suceder– de la noche a la mañana.

En México, ese mismo fenómeno se ha cifrado en clave de una supuesta pureza y virtuosismo individual de los conocidos como ‘candidatos independientes’. El hartazgo con la inoperancia de la clase política, el desamparo que vive el ciudadano de a pie lo ha empujado a depositar su confianza y generar expectativas en esa figura, sin que hasta el momento se tenga evidencia concreta de que éstos garantizan un cambio cualitativo o, mínimamente, representan una alternativa distinta a lo tradicional una vez sentados tras el escritorio de la responsabilidades. El caso emblemático se da en el gobierno de Nuevo León con el sujeto mejor conocido como El Bronco, quien llegó a la gubernatura con un discurso de cambio radical y atrevidas promesas que hasta el día de hoy, permanecen como eso y poco más. Y todavía peor, esa pureza se revela un garlito al, por ejemplo, mantener personajes oscuros en su nómina (independientemente de la virtud de otros) como aquel infausto militar que estaba al cargo cuando ocurrió la tragedia de los estudiantes asesinados a los que se quiso criminalizar alterando la escena.

Así, en la satisfacción de esa necesidad connatural al ser humano y la apuesta por este tipo de personajes sin un análisis crítico de por medio, el tiro puede salir por la culata. Hay que recordar que siempre es posible estar peor. ■

 

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