El incendio en la pradera zacatecana

El incendio en la pradera zacatecana

En la selva zacatecana las llamas de la violencia arrecian. En los dos últimos meses los asesinatos queman de más la pradera. A todos, si no llegamos a ser quemados, al menos nos llega el punzante calor del fuego. Y es selva porque no existe Estado de Derecho. La brutalidad se impone y la impotencia domina el ánimo. No sabemos qué hacer: las autoridades insisten en crear la ilusión de que todo está en paz, y la sociedad civil enmudece. Algunos grupos afectados en el país se manifiestan y protestan. La evaluación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos hace una radiografía cruda de la realidad que vivimos y el gobierno sencillamente no la acepta. Y lo peor, los organismos de derechos humanos en México no se pronuncian al respecto: su silencio grita su inutilidad o, lo peor, su complicidad. Callar es tolerar lo intolerable. La sociedad civil logra articular muy pocos grupos organizados que se movilizan y exigen medidas efectivas contra la violencia y por las garantías que debe ofrecer el Estado, la mayoría callamos haciéndonos a un lado de la masacre. Las víctimas ya no se suman, sino se multiplican.

En Zacatecas, se tiene el inicio de año más violento de la que se tenga registro y al mismo tiempo que las cifras del estudio de percepción ciudadana de la Unidad de Ciencias Sociales de la UAZ, muestra que sólo 3.5 por ciento de los entrevistados dijo que sí está garantizado su derecho a la seguridad, mientras que 81 por ciento dijo que “poco se garantiza”. Es decir, la población expresa su situación desesperante. Los grupos de criminales entran al estado libremente y no hay estrategias eficaces para inhibir esas incursiones que pretenden controlar el territorio en el que vivimos. Reclutan a nuestros jóvenes, secuestran, se matan entre sí, corrompen a los gobiernos locales y aumentan la incertidumbre.

A parte del alejamiento de la realidad de la autoridad competente, percibimos también la baja intensidad de la acción de la sociedad y las instituciones educativas. Las universidades se ven opacas y pasivas. Hay algunos estudios que agradecemos, pero deberían ser fábricas de soluciones. De todas las instituciones, las universidades son las que gozan de mayor confianza y, por esto mismo, deberían ser las más comprometidas con la intervención en estos problemas que angustian a todos. Procesos para reactivar el tejido social son imprescindibles ahora que aumenta la violencia: y la participación es la mejor manera de hacer tejido social. A diferencia de las sociedades tradicionales, que basaban sus lazos en relaciones primarias (parentesco), las sociedades modernas generan esos lazos con formas secundarias de relación: organizaciones intermedias como sindicatos, empresas, escuelas u organismos voluntarios. En suma: la participación es la solución. Ante la omisión de los gobiernos, la sociedad debe encontrar caminos de salida, acompañada con la luz del saber de las instituciones educativas. Zacatecas se incendia por la violencia y se convierte poco a poco en una selva oscura en la que cualquiera puede ser la siguiente víctima.

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