Pesadillas nocturnas de Juan Moisés Orozco

Pesadillas nocturnas de Juan Moisés Orozco
Pesadillas nocturnas de Juan Moisés Orozco

La Gualdra 237 / Libros / Poesía

En una edición soberbia y con una tremenda portada que me observaba felinamente, interpreté los cuatro niveles de poemas de Juan Moisés Orozco. Sin leer el título del primero, me voy de lleno a la lectura y encuentro una fiera agresión, palabras azuzantes, que me intimidan y me hacen pensar en qué mundo me metí. Observo el título de éste: Bravata del resentido a manera de prólogo. Aún así avanzo, pese a la advertencia de perder la esperanza, al primer nivel. Encuentro en el escenario hombres cavernarios que endiosaron a sus pesadillas para que los protegieran de sus arácnidos y tarantulentos sueños. En respuesta, su nuevo dios encontró placer en atormentarlos con dientes y lagartos, y al verlos débiles y endebles el amor surgió de sus palabras.

Cual si describiera a mujeres arrebozadas en la misa del domingo, para salir luego y comerse al prójimo, dándose de santas por castas y puras, en niveles celestiales, el poeta desvirtúa ambas virtudes, válgame la redundancia, pues los ángeles se lavan con la sangre de los castos y los hombres, para encontrar así su fría pureza, ajena de lo humano, de la muerte y la mácula. Encuentra en el pecado original, en el acto de probar del fruto de la ciencia, la muerte y la expulsión del paraíso… la muerte del alma y la negación del que perdura.

Como muchos de sus colegas, encuentra en la noche de Baco el laberinto homicida “del placer y la tortura”, y con la caída del ritmo anuncia su carnívoro goce nocturno. Al pasar la hoja deja entrever los atisbos del sentido oculto de las cosas, nos revela el poder del abyecto tirano y la democracia de los débiles y los idiotas como los actores de un telón azul agonizante.

Nos revela que la palabra tiene la fuerza del ánima sola, pues su naturaleza es tal que se percibe como un lejano fantasma, olvidado, tembloroso, que habita en las cosas, aún cuando éstas no digan nada, pues su idioma es el silencio, ese incómodo silencio.

Se atreve a decir lo que muchos intuimos al considerar este camino como una tortura, que el dolor más puro es aquél sin matices, que hay fuerzas enormes detrás de la vida, que palpitan alrededor de nosotros, que gracias a su naturaleza jamás contemplaremos, pues cuando la luz caiga sobre el ángel nosotros ya no existiremos.

El poder se su Curso básico de psicoanálisis se puede traer en el bolsillo como un amuleto que se utilice en los momentos difíciles, ya que se compone de cuatro lecciones para ser recitadas en voz alta al penetrar en las penumbras del inconsciente traicionero, cuando Edipo atormente nuestros sueños o el bloqueo de una inmensa y atemorizante montaña se imponga en nuestra mente, o bien, cuando la culpa hecha saliva repte para perseguirnos y castigarnos.

Las palabras de Juan Moisés son violentas, y con tal ímpetu enfrentan a la vida tanto externa como interna. Fluyen en sus sonidos fuerzas tremendas que estrujan y mueven la tristeza y el dolor, que cambian de lugar los cimientos íntimos de la conciencia, para dar pie a al misericordioso camino del cinismo al cuestionar el mundo y sus reglas. Quisiera nombrar cada uno de los cantos, o mejor quisiera ponerles música de rock de tonos negros.

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