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Las otras preocupaciones de las mujeres

Las otras preocupaciones de las mujeres
Richard Tuschman. Habitación rosa (Daydream).

La Gualdra 237 / Río de palabras

8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Termino de escribir el tercer texto al respecto. En dos de ellos me quejé de las flores de este día, en uno mencioné las mutilaciones genitales femeninas, en dos hablé de las mujeres que murieron en defensa de sus derechos laborales, y en todos me quejé de la inequidad salarial.

Luego reviso un boletín. Es denigrante que un candidato se haga el alejado o cercano de su esposa en función de lo que más convenga políticamente. Al texto lo acompañan un par de fotografías, una evidentemente de estudio, la otra no, pero se ve más estudiada. Se trata de un beso en público, o mejor dicho, un beso para el público; el candidato y su mujer mostrando su cariño en medio de un banquete. Cierro el boletín, levanto los hombros y me digo a mí misma que qué más da, al fin que no es mi marido.

Me dirijo al comedor de la oficina y encuentro a mi paso a Lety. Busco charla casual para hacer amena la coincidencia en lo que relleno mi botella de agua. “¿Y usted cómo va a festejar este día?”: le devuelvo la pregunta que me escupió hace media hora.

“No suelo celebrarlo”, me dice, “en mi otro trabajo nos hacían un desayuno”. Su nostalgia me hace sonreír. Pregunto dónde trabajaba antes, y me cuenta que en un pasaje comercial, pero que hace 15 años de eso. Se casó y dejó de trabajar (remuneradamente).

Sé que no se divorció, así que interrogo qué la hizo regresar luego de tanto tiempo. Dice estar endeudada, que tiene el compromiso con su esposo porque deben pagar el fallido tratamiento de fertilidad que esperaba que los convirtiera en padres. Se va como hilo de media, ya no hay tiempo ni necesidad de preguntas:

“Es que nunca he podido tener familia, tengo 14 años intentándolo, hice tratamientos, hasta el in vitro ése; y me salió muy caro. Estoy muy endeudada y ahora tengo que pagarlo. También he buscado adoptar, pero está muy difícil, nada más no fluye. En el DIF y en todas esas cosas me dijeron que no podían darme una criatura porque no tengo casa propia, y yo que me gasté todo lo que tenía en los tratamientos… pero no me arrepiento, para qué quería casa si no iba a haber criatura. Mi suegra dice que diga que su casa es mía, pero pues de nada sirve, ella también renta”.

Agobiada por lo que involuntariamente destapé, intento consolarla poniendo su atención en lo que sí tiene. Le digo que mientras llega el día en que sea madre disfrute a su marido, y le expreso mi admiración porque sigan juntos a pesar de la circunstancia.

Mi intento de consuelo fracasa. Me suelta: “No se crea, todos los días me lo reclama. Me dice que le extraña que no haya logrado que me den una criatura, si yo logro todo lo que me propongo, que cómo va a creer que no sea capaz de darle un hijo aunque no sea de su sangre. Dice que seguro es que en el fondo yo no quiero ser madre. Ya no sé ni qué decirle, además de vivir con mi sueño frustrado ¿todavía tengo que darle explicaciones?”.

Continúa: “También ya le dije que se busque otra, dos años lo dejé para que él no tuviera que cargar con mi defecto. Él fue e intentó hacer familia y no lo logró. A mí se me hace que la muchacha con la que se juntó le hizo trampa porque no quería. Yo estaba tan a gusto esos dos años, me sentía como de vacaciones, sin ninguna presión. Pero luego que vio que la otra tampoco le dio hijos me dijo que quería estar conmigo, que me quiere a mí y a un hijo, y se enoja porque la vida no lo deja tener las dos cosas”.

Tímidamente le sugiero que busque un vientre que pueda cuidar de los tres embriones que aún tiene congelados. Me dice que todo cuesta, que se necesita mucho dinero para conseguir alguien. Apelo entonces al lazo familiar, dice que tiene una hermana dispuesta, pero que no quiere que piensen mal de ella cuando la vean embarazada. Me cuenta que esa hermana es madre soltera y que desde entonces la juzgó todo el mundo. “No puedo pedirle que pase por ese calvario otra vez nada más por mi felicidad”, me dice cabizbaja.

Sonrío, sigo oyéndola aunque no escuchándola. Sólo puedo pensar en que ya es muy tarde para pedir que no se impriman mis textos. Es muy tarde para confesar que de mujeres y sus problemas, no sé nada.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-237

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