Glotonería Sociedad Anónima El bestiario de mi madre

Glotonería Sociedad Anónima El bestiario de  mi madre

Aprendí a hablar, leer y escribir en casa de la nona, María de los Ángeles. Aprendí a caminar, a andar en bici, a jugar al fútbol y béisbol. Todos esos aprendizajes considero que se adquieren de una forma casi automática, así que pienso los hubiera aprendido con cualquier otra familia.

La nona, mi abuela, cocinaba, como todas nuestras abuelas. Tenía una familia pequeña, respecto al índice de natalidad de aquellos tiempos, la época del Baby Boomer. Yo fui su primer nieto, no me queda claro si era el favorito, eso no importa. Lo que importa es que fui el testigo más cercano de hacer en la cocina. Y eso me coloca no sólo por encima de mis primos y hermanos, sino de mis tíos, tías y madre. Si alguien heredó la sapiencia de Ángela y Francisco, el abuelo, que también cocinaba, en el arte culinario, fui yo, al menos en lo relacionado a la forma de probar y analizar un bocado. O sea que soy tan glotón como ellos, o más.

Glotón viene del vocablo latino glutto, gluttonis, (tragar, gula, regurgitar, tienen el mismo origen, un origen onomatopéyico) que significa tragón o voraz, y que tiene raíces más antiguas, deviene del indoeuropeo. Y yo soy uno de ésos, un glotón. Uno que quiere tratar de explicar por medio de palabras el feeling que alguien siente con la comida, que es producto de la cocina, y que por ende se encuentra relacionado a la evolución de las sociedades humanas, y lenguajes como la ciencia y la tecnología.

A partir de esta entrega, que es un gesto introductorio, ofreceré distintos aspectos relacionados con el comer. No quiero hablar el buen comer ni dar consejos sobre qué comer, no quiero hacer crítica de las cocinas ni decantarme por platillos. Quiero que esta columna sea como una especie de monografía a la que cualquier glotón, comensal, tragón, pueda acudir para consultar un aspecto de su gusto y saber.

Es decir, quiero hundirme en el placer de coger con la mano un trozo de guiso y llevármelo a la boca para masticarlo y saberlo, y dejar que las sensaciones de tragarlo lleguen a todos los rincones de mi cuerpo, para que los neurotransmisores le digan a mis manos, piernas, cerebro, que todo está bien y que por fin estamos haciendo algo verdaderamente bueno. Algo que nunca más volveremos a experimentar. Quiero escribir y que usted, estimado lector de La Gualdra, saboree cada palabra como saborea (INSTERTE AQUÍ EL NOMBRE DE SU PLATILLO FAVORITO).

 

Le prometo que yo escribiré desde

la cocina de Ángela.

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