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Kingsley Amis El trago nuestro de cada día

Kingsley Amis El trago nuestro de cada día

Beber o no beber, tal es la cuestión. Cuántas veces habremos escuchado el fraseo, entre broma y seriedad, sobre la decisión de la ingesta de bebidas alcohólicas en el curso de nuestra vida diaria, más allá de lo normal. De lo que cualquier persona requiere para subsistir, sabido que el vino, producto civilizatorio, no llegó a esta tierra con nosotros mismos ni estaba desde antes. Nos lo inventamos los humanos, hombres y mujeres, únicos seres que en la tierra gozamos de ciertos privilegios. Sonreír, por ejemplo. Reír a carcajadas. Embriagarnos. Pero no todos, aunque se le echen ganas. Puesto como advierte el escritor inglés Kingsley Amis (1922-1995), los verdaderos bebedores, los dipsómanos, nacen, no se hacen.

Así las cosas: beber…, o no.

Pocos escritores contemporáneos han abordado la cuestión con un tono sincero y desparpajado como lo hace ahora Amis (La suerte de Jim) en Sobrebeber; de ahí el interés por proponérselo al lector de La Gualdra, no siempre con el tiempo suficiente para dilatarse en los consuetudinarios ejercicios. Prácticas afines al escritor londinense (teclee usted su nombre en alguna enciclopedia virtual y lo primero que observará es un retrato suyo copa en mano) que eleva a dimensiones de rito. (Sobrebeber, tratado de teoría y práctica, es en realidad tres libros: “Sobre el beber”, “El trago nuestro de cada día” y “El estado de tu copa”).

Introducido por Christopher Hitchens, quien ya advierte la trascendencia del simple hecho de beber llamándole “ritual que se basa en la generosidad”, Amis parte del reconocimiento del tema desde una perspectiva, permítaseme el parangón, marxista. Recuperando en ello el nacimiento del vino y el licor y sus consiguientes ingestas. En el campo y en la ciudad. Y de las bebidas típicas (el añejo vino) a las más actuales. Al grado de situar la experiencia en el vértigo de la modernidad.

Dice: “se trata de una confrontación repentina con extraños totales o parciales en circunstancias que requieren grandes dosis de relajo y simpatía”.1

También desde su apertura, Sobrebeber plantea el tema de los orígenes de la experiencia; sociología a un lado. Donde como, en todo el texto, lo aborda de manera hilarante.

Que por qué bebemos (dicho apenas aquello de que se nace para ello)…, pues como dijo el poeta: porque “estamos secos”, porque sí o por el motivo que cualquiera desee. Cuestión aparte del dónde lo hacemos (para el caso inglés gana el llamado pub). Quizás aquí el texto de Amis peque un poco de nacionalista, al subrayar las costumbres inglesas, específicamente londinenses, pero con todo despliega bien el panorama conductual de bebedores y bebidas, en las que siempre deberá primar calidad y no cantidad. Nada de “matarratas balcánicos etiquetados como vino, jerez, chipriota, aguardiente irlandés y sosas semejantes”. (Nada de Tonayán,2 digo yo). De eso
nada.

Desde su entorno, Amis realiza también un recorrido sobre lo escrito acerca del beber. Para dar paso, de inmediato, a cuestiones prácticas: un puñado de recetas para preparar cocteles. Palabrita que tiene sus orígenes bien ubicables y que se ha acompañado de diferentes modas (el vestir, la música). Coctel: mezcla de diferentes bebidas, en buena parte alcohólicas, que preferentemente habrá de tomarse tan luego termina de elaborarse, ya que luego se marchitan. Algo quizá subjetivo pero, ataja Amis, no habrá que olvidarse que en todo contexto etílico “la subjetividad es muy importante”.

 

Visos de epidemia

Hacia la mitad del texto, el londinense arriba a una más de las consecuencias obligadas: los efectos de las libaciones. La llamada resaca (término europeo que en estos lares sustituimos por cruda), dolencia que puede tornarse en “claros visos de epidemia”, y que permiten el apunte de dos grandes casos. La debilidad que ante el alcohol tenía Edgar Allan Poe y la conversión en cucaracha del célebre personaje kafkiano (La metamorfosis).

¿Resaca física? Amis aporta una veintena de alivios. ¿Metafísica? También.

Escribe: “Cuando esa mezcla inefable de depresión, tristeza (no son lo mismo), angustia, desprecio de uno mismo, sensación de fracaso y miedo al futuro empiece a imponerse, recuerda que lo que tienes es resaca. No te estás poniendo enfermo, no has sufrido una leve lesión cerebral, no haces tan mal tu trabajo, tu familia y tus amigos no han tramado una conspiración de silencio a tu alrededor para que no descubras que eres una mierda, no estás viendo por fin cómo es realmente la vida y no hay por qué llorar la leche derramada”.3

Con una “íntima y personal relación con la bebida” de más de cuarenta años, Amis no concluye nada. Apela a las experiencias personales y deja abiertas las de los otros, salpimentando cada una de sus aseveraciones.

“En cierta ocasión” —cuenta Amis— compartí una botella de medio litro de aguardiente polaco (140) grados con dos compinches. Sólo hablé dos veces; la primera, para decir ‘deja de reír, que aún no te puede haber subido’, y la segunda, al cabo de muy poco tiempo, para añadir ‘creo que me voy a la cama’”.

 

 

Gran provocadora

PORTERO:… la bebida, señor, es una gran provocadora de tres cosas.

MACDUFF: ¿Y cuáles son las tres cosas que provoca la bebida?

PORTERO: Sueño, orina y lujuria, mi señor. La lujuria, la provoca y la frustra: provoca el deseo, pero impide su cumplimiento. Así pues, el exceso de bebida tiende a una trampa a la lascivia; la crea y la malogra; pone al hombre en marcha y lo detiene; lo persuade y lo deja en la estacada; lo levanta y lo derrumba; en conclusión, lo engaña en el sopor y tras el embuste lo abandona.

William Shakespeare, Macbeth

 

 

Kingsley Amis, Sobrebeber, Malpaso, Barcelona, 2015, 328 pp.

* [email protected]

 

1 “Mientras la aldea constituía la unidad social básica, los extraños aparecían de forma esporádica; y cuando lo hacían, siempre estaban muy superados en número por tu familia, tus amigos y gente que conocías de toda la vida. Pero ahora, en la era del almuerzo de negocios, de las grandes cenas, de las fiestas con los de la oficina y de los jolgorios de todo tipo, los extraños no paran de asomarse a tu horizonte”. (p. 14).

2 Dicen que esta bebida es mala en verdad. Ni mezcal ni tequila, solo un destilado del agave verde. Pero también cierto lo escuchado recientemente: “…es lo mismo que un brandy o un ron, sin llegar a las pretensiones de éstos. Quizá pueda reprochársele su precio, digamos que barato, y tal vez por lo mismo un poco más accesible a muchos. Y derivado de ello que cualquiera que se lo tome como agua de horchata pueda después andar por las calles todo meado y dándose de topes por las paredes. ¿Pero igual con cualquier otra bebida, no?

3 Si esto funciona, si puedes convencerte a ti mismo, no tienes que hacer nada más, como [se] sostiene filosóficamente: No tiene resaca quien de verdad piensa que la tiene. (p. 101.).

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