Desayuno en Tiffany’s, mon ku Ronda de los viejos filmes: El demonio y la carne

Desayuno en Tiffany’s, mon ku Ronda de los viejos filmes: El demonio y la carne
/// El demonio y la carne

Esta semana nos proponemos volver sobre una cinta que en su momento fue celebrada como una de las mayores obras maestras del cine mudo hollywoodiense: El demonio y la carne, realizada por Clarence Brown en 1926. Esta película elevó a categoría de mito a la sueca Greta Garbo quien hasta entonces sólo había salido en dos éxitos de la Metro Goldwyn Mayer: Entre naranjos y La tierra de todos, adaptadas de novelas de Blasco Ibáñez en una época en que Hollywood gustaba de inspirarse en el floclore hispánico para producir filmes exóticos.

Por aquel entonces la trama narrativa de las películas giraba en torno a dos tipos de mujer: la ingenua, generalmente interpretada por una actriz anglosajona, y la vampiresa cuyo papel corría a cargo de una actriz europea, preferentemente de rasgos latinos a veces fabricados para la ocasión. Como no podía ser de otro modo, la Garbo tuvo que interpretar el papel de la mujer destrozadora de hogares, una condición que arruinó la carrera de muchas actrices que se vieron condenadas a un repetorio invariable de gestos y actitudes melodramáticas que eran poco compatibles con las exigencias de verosimilitud cinematográfica y que ya en los años 20 hacían reír a los públicos más que otra cosa.

 

El demonio y la carne 1 El demonio y la carne 2

En Entre naranjos la joven enamorada, interpretada por la Garbo al principio de la película, sufre a lo largo de ésta una serie de transformaciones carnavalescas que la acaban convirtiendo en una mujer seductora y fatal, una condición que se confirma en La tierra de todos que llevaba como título original The Temptress. Sin embargo, la actriz no vio con buenos ojos el encasillamiento que se le aplicaba y trató de superar el estereotipo con sus dotes interpretativas, de ahí el estruendoso éxito de El demonio y la carne que vino a trastornar las costumbres de los públicos, llevándoles a cuestionar la naturaleza vampirésica del personaje.

El argumento de la película no tenía nada original al contar cómo Leo, un oficial interpretado por el apuesto John Gilbert, se enamora perdidamente de Felicitas (Greta Garbo), una mujer casada con su mejor amigo Ulrich (Lars Hanson), lo cual lo meterá en una situación complicadísima. Conforme a lo que ocurría en muchas películas con un personaje de mujer fatal, ésta muere al final ahogándose en un banco de hielo cuando, exhortada por la ingenua Hertha (Barbara Kent), trata de impedir el duelo entre Leo y Ulrich.

Lo que sí fue original fue la fuerte impresión de realismo que transmitió la película en cuanto al modelo de mujer encarnado por la Garbo y sus impulsos amorosos que en muchos casos no se vieron como algo pecaminoso o que mereciera castigo sino como algo natural que la mujer podía sentir tanto como el hombre. Hay que mencionar que esa “naturalidad” se debió también a que la Garbo y Gilbert se enamoraron de verdad en el plató, produciendo escenas inolvidables de un amor en el que la mujer tomaba iniciativas y expresaba un deseo como ninguna actriz lo había hecho en la pantalla hasta entonces. Por supuesto, la película no fue del gusto de todos y los públicos conservadores echaron pestes contra Felicitas en particular por la escena de la misa, al ver cómo ella, durante la comunión, posa los labios en el mismo lugar en que las posó su amante.

En El demonio y la carne la Garbo apareció como una actriz aparte que en adelante se opondría fuertemente a los cabezas de la Metro Goldwyn, exigiéndoles otro tipo de papeles y dando así la imagen de una mujer fuerte e independiente tanto en su vida como en sus películas.

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