Entre muchos corruptos y algunos generosos

Entre muchos corruptos y algunos generosos
  • El canto del Fénix

Veo a muchos corruptos presumiendo sus riquezas. Ya se trate de mirreyes o mirreinas presumiendo helicópteros o yates o autos lujosos comprados por papi… o de políticos que, como hacía Elba Esther Gordillo, se presentan a reuniones con accesorios carísimos para mostrar a los colegas que no se dejarán intimidar por nadie.

Veo a muchos corruptos marrulleros y ojetes anunciándose como periodistas sólo para alquilar sus palabras en el micrófono o papel. Les va bien y ni siquiera tuvieron que estudiar una licenciatura. La prostitución no es negocio exclusivo de burdeles.

Veo a muchos corruptos detrás de un mostrador o una máquina despachadora de gasolina. Veo a muchos corruptos dando la espalda a pizarrones, intentando apantallar y someter a sus alumnos con exigencias que jamás harían propias. Tengo ex alumnos que me comparten imágenes de las faltas ortográficas de sus profesores en el pintarrón, para vergüenza de todos.

Veo a muchos corruptos dándose palmadas, invitándose a comer, halagándose dulzonamente hasta el punto de la diabetes. Veo a cuervos que se confabulan para derribar al búho. Veo a gallinas sometiendo a votación destierros para quien les hace ver sus errores.

Veo a muchos corruptos sentándose en las curules, ondeando la defensa de la vida en una bandera política, diciéndose de izquierda comprometida con el pueblo y vendiendo su voto al endeudamiento a cambio de cinco millones de pesos, anunciándose de centro izquierda o centro derecha con la esperanza de que los idiotas vuelvan a creerles. Veo a muchos corruptos que ahora se sienten broncos y disfrazando sus pésimas trayectorias de militantes partidistas corren a cobijarse bajo lo que apodan independentismo.

Veo a muchos corruptos en despachos contables, en hospitales de gobierno y privados, levantando cálices de las mesas de altares o en asociaciones supuestamente filantrópicas donde también pueden cocinarse transas. Veo a puercos que en nombre del amor a otros se sirven con la cuchara grande, acabando con lo recabado para ayudar a los escuálidos.

Veo a muchos corruptos y a otros no los veo: roban mi casa, retienen mi salario, me atacan sin conocerme o convencen a otros de que no soy grato para la comunidad porque estoy alejado de su dios. O dictan leyes absurdas, toman decisiones unilaterales, promueven campañas de odio contra mi país y su gente, montan escenarios de violencia para que se justifiquen sus ambiciones e incluso restringen los derechos de mis primos y cuñados que radican en Estados Unidos.

Veo y siento el efecto de muchos corruptos.

Veo también a algunos generosos que carecen de una cama cómoda. Conozco a un voluntario, por ejemplo, que prefiere reunir despensas y llevarlas al hospital aunque él se quede sin comer. Jamás sacaría una bolsa de sopa de uno de los paquetes que arma. Jamás lucraría a merced del dolor ajeno. El hombre termina de cerrar cajas con comestibles, las arrincona y ellas ocupan un tercio del pequeño departamento por el que paga renta. Luego se acuesta en la colchoneta morada y con los ojos abiertos todavía imagina los rostros de los niños que recibirán los apoyos.

Veo también a algunos generosos que en las tardes van a los asilos de ancianos a visitar a abuelos desconocidos y abandonados. Atraviesan los patios de la estancia cargando la gelatina de sabor en el tazón plástico naranja. Llegan con los ancianos y los saludan y los escuchan y soportan las pláticas repetidas de quienes no se dan cuenta de que están repitiendo la aventura de la larga vida.

Veo también a algunos generosos que son al tiempo papá y mamá o mamá y papá. Pueden trabajar en cualquier oficio: lavacoches, veladores, criadas de casonas, prestidigitadores de crucero o viene viene. Llegan a casa extenuados y se guardan la mentada de madre a la vida debajo de la lengua porque en ese momento importa más revisar si los hijos hicieron bien las tareas escolares.

Veo también a algunos generosos que jamás publican sus sacrificios. Se desvelan mucho, se desgastan mucho y sus hijos rara vez advierten que todo lo que en ellos se forma es resultado de la deformación de sus padres lomos carcomidos de alacrán. Lo de quitarse el pan de la boca no necesariamente es metáfora. Estos generosos nada reclamarán porque no actúan para recibir agradecimientos sino para ver felicidad en otros.

Veo también a algunos generosos que quedaron regados a lo largo de mi recorrido asimétrico: quienes fueron mis patrones y me apoyaron más de la cuenta, quienes fueron mis compañeros y terminaron siendo mis hermanos, quienes abrieron su puerta una noche helada y me invitaron a pasar y me convidaron de su sopa de cebolla y tacos de pellejos de chile.

Veo también a algunos generosos que jamás me dijeron algo amable, pero nunca dejaron de creer en mí. Veo a algunos generosos que alguna vez me dieron una oportunidad e incluso decidieron ser mis maestros porque vieron en mí una semilla. Veo a algunos generosos que me miraron luchar en las épocas buenas y apretaron mi hombro izquierdo en las malas. Ya la vida les da lo que merecen por ello, y a mí me enseñó que debo pagar el favor con los que un día lleguen frente a mi puerta.

Me digo dos veces que vale la pena dar la lucha por un mundo mejor. Hasta ahora han sido sólo dos veces, porque en la tercera vez comienzo a titubear y me siento mentiroso. Quizá en esta noche me atreva, frente a los muchos corruptos y en honor a los algunos generosos, a proferir mi creencia por cuarta ocasión. ■

 

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