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Democracia: inasible y necesaria

Democracia: inasible y necesaria

Semana plena de sucesos y noticias, internacionales, nacionales y locales, acerca de temas, cuya multiplicidad acompaña su propia relevancia, su cercanía o lejanía: de lo local, regional, nacional a lo global. La inmediatez lleva a pensar sus consecuencias, singulares o globales, desde nuestro ámbito, que no se sustrae a la influencia de los medios de comunicación, cuya cobertura pone en contacto con éxitos o desastres,  glorias o crímenes; muestra de valentía o abusos y una civilidad que junto a la nacionalidad o la regionalidad lleva a pensar lo global y las consecuencias para todos, la propia sociedad y estado, su historia y su futuro, así sean ejercicios para imaginar posibilidades o riesgos hasta imaginarios del propio actuar: puesto uno, en los zapatos o sandalias del otro y sentirse envuelto y afectado por los problemas y las acciones y sucesos, algunos terribles como los actos terroristas o una guerra tan repentina que de pronto ni se tiene suficientemente claro al enemigo, por el terror, ¿como en Mali?

La consecuencia local, resultante de tan espectacular ajetreo mundial, sigue siendo el avanzar y no, impuesto por un régimen abrigado bajo el manto de la Revolución Mexicana, sin haberla hecho, ni hacerla, ni atreverse a llevarla hasta sus “últimas” consecuencias, mientras  la “estática” política, sólo en apariencia se mueva, con base en la banalidad televisiva que masivamente anestesia la inconformidad y la procesa para sí misma y para el dominio de una lucha de clases que con semejante anestesia, cuando se moviliza, sujeta su pobreza “a los empujones” ¿de progresa u otros?  Para, si acaso, ir a votar y hacer el mínimo de votos para que sigan gobernando los partidos en el poder: lo nacional, estatal o municipal. Da lo mismo, la pluralidad, cuando se alcanza o el cambio, ni se nota: al estar en el poder, los partidos políticos se dan a vegetar del presupuesto y resarcir su economía, si acaso hubieran invertido algo en llegar a él, al nivel que sea. Arriar banderas y gobernar para pervivir parece lo más usual, sobre todo ahora en que el número de votos se recompensa con generosidad de recursos públicos y la localización de clientelas da a los líderes comodidad institucional. Las sorpresas son pocas y los riesgos previsibles: saben a qué se arriesgan, si no las consienten y conservan. Esa institucionalidad pierde cada vez más su carácter instituyente, se puede ver en el viejo espejo que son el PRI o el PAN. Nada se diga acerca de partidos “negocio”, formados para cooperar a la reproducción del sistema con su esfuerzo; el cual, aunque nulo, les permite contar con verdaderas “genealogías”, de activistas “de profesión”, cuyos contactos y recursos con la base o pueblo, les facilita pervivir en la “institucionalidad” para reproducir lo instituido y conservarlo como su objeto de trabajo a explotar, no a transformar: al nivel nacional el presidencialismo; al nivel local, el “gubernamentalismo” y el “municipalismo”, son objetos o procesos políticos a manipular según lo requieran sus propias exigencias de riqueza, mediante la extracción de la “plusvalía” política necesaria para pervivir, sin cambiar. ¿Quién o qué, asegura todo eso? ¿La televisión y sus programas? ¿El desánimo mediatizado de la gran mayoría?

Ido el “buen fin”, se acerca una navidad que se ocupará de entretener al imaginario simbólico con su música y tradiciones que en esos días hacen habitable, mediante el aguinaldo, una realidad neoliberal, hasta hoy inamovible, aún en medio de situaciones tan terribles como todas aquellas que están tras el reciente dato: “Van 57,410 homicidios dolosos en los 32 meses de EPN; Edomex es puntero.” (Gráfico: ZETA.)

Una conclusión arbitraria: Son altos los costos de la reproducción del sistema, en vidas humanas. O éstas hoy se llegan a tasar con visión de negocios prospectivos, al no haber otra opción ¿mercantil exitosa? ¿De qué va lo humano en una realidad neoliberal tan deformada? Se rebasó a Carlos Marx y su teoría de la mercancía: Hasta la obtención de plusvalía torna innecesaria, un mercado humano y criminal: límites donde los humanos son mercancía y no sólo fuerza de trabajo. Tiempos de arrancar todo aquello que se pueda para obtener ingreso y pervivir. ¿Qué democracia es ésta en la que existimos y a la que nosotros mismos alimentamos con votos, y no termina de ser lo que se espera de ella: aminorar siquiera el sufrimiento humano? Pareciera buscarse, dejar de creer o imaginar a la democracia como mejora o como opción para mejorar a los más heridos y lastimados por ella. No hay de otra: la democracia tiene que ser empujada por nosotros para que pueda controlar mejor a los gobiernos y al mercado. Por ese sueño vale la pena insistir en votar, hasta convertirla en cultura, imponer su predominio y vigilar que prevalezca. ■

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