Jueces y acusados

Jueces  y acusados

■ Inercia

Una de las primeras columnas que escribí para este diario, hablaba sobre el miedo como una ley inquebrantable que rige la vida de los mexicanos; por medio de ésta es que los individuos se mantienen “a raya” en un sistema que más allá de funcionar en beneficio del pueblo, simplemente funciona a conveniencia de unos cuantos.

Y es evidente que el miedo nos deja desamparados ante cualquier injusticia. Porque es mayor el temor de que las leyes que se suponen están para impartir justicia, sean también usadas en perjuicio de los ciudadanos, no porque éstas tengan implícita tal función, sino porque aquellos encargados de su aplicación suelen ser igualmente corruptos.

Cualquier regla o norma que nos han hecho hacer pasar por ley, vale la pena siempre cuestionarla antes de obedecerla. Finalmente las leyes sólo han sido creadas con base en la idea de que el ser humano necesita ser educado bajo las condiciones de un mandato.

 

Dinámicas de poder

No sólo me refiero a las leyes constitucionales, sino a toda aquella regla escrita o no, en la que se limite al ser humano a realizar actos libremente. Y cabe desde este momento reflexionar sobre la libertad. Porque, claro, muchas leyes parten de que el ser humano es capaz de cometer atrocidades sin medida ni consciencia cuando vive de manera libre, y por ello es necesario atarlo de manera sutil, con preceptos sociales que lo culpen y castiguen cada que haga algo que perjudique a otros.

Quizá no se puede acceder del todo a la libertad humana. Probablemente sea una de las condiciones más abrumadoras a las que se pueda enfrentar el hombre en sociedad. Imaginar un mundo en el que todos podamos hacer y deshacer lo que queramos en el momento que nos plazca  puede ser una fantasía caótica; sobre todo teniendo en cuenta que, aún con leyes que rigen el comportamiento, vivimos en una sociedad corrompida.

Es anárquico pensarnos como seres que pueden actuar a placer ante cualquier circunstancia, porque ello conlleva una liberación que nos parece incluso aberrante. Y esto no es más que un síntoma del amor que ya le tenemos al yugo. El miedo, como un limitante preciso, funciona de tal manera que nos impide visualizarnos como seres con la capacidad de razonar y actuar de manera acertada ante los demás.

Y es que esta dinámica de error/ castigo se ha filtrado a lo profundo de nuestro comportamiento, que incluso ya en la convivencia diaria, sin que seamos abogados o jueces calificados, tenemos el poder de acusar a los demás, de juzgarlos y hasta de castigarlos a conveniencia ¿no es esto algo igual de atroz que visualizarnos como personas salvajes que viven en una libertad sin límites?

El sistema legislativo que nos domina nos ha carcomido mucha de nuestra empatía humana, porque la ley implica poder, y quien la aplica suele ser visto como poderoso. Así, en la vida cotidiana, en nuestras relaciones más elementales, repetimos ese mecanismo que nos exige sentirnos superiores a otros, poderosos.

 

Súbditos perfectos

El sistema legislativo es tan perfecto en su macabro funcionamiento, que además de impedirnos visualizarnos como humanos pensantes y responsables de  nuestra libertad, nos hace cada vez más presos e irónicamente logra una idea de “libertad”. Es absurdo pensar que en una sociedad hay tal condición si para poder defenderse ante una agresión se tiene que recurrir a un tribunal y llevar a cabo un proceso largo y tedioso, que curiosamente termina por ser en sí una condena. Somos los súbditos perfectos cuando creemos que una sociedad necesita leyes, porque aceptamos la idea final de que no sabemos autogobernarnos.

Además, dado que las leyes, al menos en México, son susceptibles de interpretaciones, nada nos garantiza que nos defiendan ante injusticias. Y si hasta la legislación permite interpretación, es porque todos los actos humanos tienen más de una motivación, más de una víctima o un victimario. Sin embargo, son muchos quienes dejan a disposición de la constitución sus asuntos, sin antes autoevaluar cada caso.

Quiero dejar claro que, no es que yo me incline del todo a pensar en la liberación absoluta del pueblo mexicano, pero sí de que  las leyes, al estar cimentadas sobre el yugo de la represión y el miedo, deben ser cuestionadas por cada uno de nosotros. No podemos leer la constitución como una piedra inamovible; por el contrario, hay que preguntarnos qué tanto realmente sirve hoy en día.

Porque, cada día, a cada hora, las leyes son violadas, la corrupción sigue imperando y la gente continúa padeciendo la injusticia… es tiempo de pensarnos más allá de lo que ahora presenciamos, de las dinámicas en las que ahora estamos envueltos y reaprender lo ya conocido.

Pienso en la posibilidad de poder visualizarnos en maneras que no  han sido permitidas, no para quemar las leyes y dejarlas inválidas, sino para reconocernos como el tipo de humanos que somos, como una sociedad responsable y autónoma, capaz de defenderse y cuidar de sí misma ante cualquier adversidad, y capaz de reprimirse ante la posibilidad de causar daños irreparables y de consecuencias diversas a otros. ■

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