Subjetivaciones rockeras / Rock y libertad de expresión

Subjetivaciones rockeras / Rock y libertad de expresión

No han sido pocas las ocasiones en las que he hecho apologías del rock, destacando muchas de las virtudes que, de una u otra manera, encuentro en éste que considero el género musical más influyente de los últimos tiempos. Seguramente habrá personas que no coincidan con mi opinión y que, incluso, consideren que exagero en mis comentarios, o que éstos simple y sencillamente rayan en lo trivial, algo que me parece de lo más respetable, ya que en nuestra libertad de conciencia, nadie está obligado a pensar de tal o cual modo, es más, la realidad parece decirnos que inclusive nadie está obligado tan siquiera a pensar, así que decidir u optar por una decisión puede obedecer a cierta tendencia, moda a la apatía o incluso a la flojera por decidir qué es lo más conveniente en una determinada situación o circunstancia; quiero aclarar que estoy hablando en términos hipotéticos, por lo que, de antemano, acepto que lo dicho con anterioridad dista mucho de ser verdadero.

Es mi obligación decir que, como lo indica el título con el que he bautizado a esta columna, todo lo aquí mencionado resulta de momentos de subjetivación, es decir, son conclusiones a las que su servidor ha llegado por diversas experiencias de vida, convicciones íntimas que me han llevado a ver al rock como uno de los fenómenos más trascendentales de las últimas décadas, por lo que jamás expondría esta serie de reflexiones con la intención de que sean aceptadas, aunque siempre es grato escuchar que algunas personas no sólo simpatizan con lo que aquí se comparte, sino que incluso coinciden. Cierto es, también, que la colaboración tampoco va dirigida a un público masivo, no tendría por qué ser de esa forma, sobre todo cuando se aborda, desde una perspectiva particular, una expresión artística que aún sigue siendo subestimada por algunos y ninguneada por otros. Lo que no puedo negar es que este espacio se ha propuesto, desde un inicio, hablar con libertad no sólo sobre el rock y sus diversas repercusiones culturales, sino también del complejo y fascinante fenómeno estético que representa la música en su acepción más abstracta.

No puedo decir que son muchas las cosas que, para bien o para mal, he aprendido de la cultura del rock, sería muy arrogante de mi parte hacer tal afirmación; lo que sí me atrevo a comentar es que he visto y entendido que si bien hay actitudes que me parecen reprobables, son más las que considero ejemplares. Creo que son pocos los géneros musicales que despiertan una energía tan peculiar en sus escuchas, me viene a la mente, por poner un ejemplo, el movimiento romántico, al que de una u otra manera veo, pese a la distancia temporal, como el antecedente directo del rock (quizá me equivoque), aunque con sus considerables y abismales diferencias. No obstante, en su momento, el rock pugnó, al igual que el romanticismo, por un mundo diferente, mejor, en el que el nivel de conciencia fuera superior al que vivimos. También he admirado del rock esa capacidad de honestidad e irreverencia que invita a cuestionar aspectos sociales que en muchos de los casos suelen soslayarse deliberadamente.

Sin duda, lo que más admiro del rock, además de su contundencia estética, es la libertad que profesa, que promueve, que alienta; libertad en todos los aspectos, desde los creativos, hasta los de expresión, y aquí me gustaría hacer un pequeño paréntesis, si se me permite, para decir que son asuntos distintos, aunque entrañablemente relacionados, la libertad de prensa y la libertad de expresión, ya que si bien la de prensa es un tipo de ejercicio bastante peculiar, que cuenta con características bien definidas, con un orden, lógica y preceptos propios, desde mi particular punto de vista, no deja de ser la parte más genuina, refinada y prestigiosa de ese otro derecho humano fundamental que es la libertad de expresión, a la que por naturaleza propia todos no sólo podemos, sino debemos acceder. Es decir, mientras que la libertad de prensa es un derecho de los periodistas, ganado a costa de muchos sacrificios, la libertad de expresión es un derecho de la sociedad en su conjunto que, para no variar, también ha sido adquirido a un costo bastante caro, derecho que el rock ha sabido utilizar con gran eficacia en muchas ocasiones, el ejemplo más cercano sobre la inteligente utilización de la libertad de expresión lo encontramos, a mi parecer, en el ex Caifán, Saúl Hernández.

De manera tal que si bien, el rock, sin ser aquella canción de protesta, aquel canto nuevo o la rola que canta algún determinado rolero, es el género musical rebelde por antonomasia. Hemos visto como a lo largo de sus aproximadamente seis décadas de historia, tanto los rockeros como sus melómanos han cuestionado y puesto el dedo en la llaga respecto a situaciones que son consideradas, a todas luces, injustas. Se ha propuesto hablar sobre fenómenos que resultan dolorosos, molestos o incómodos a la sociedad. Ha señalado al sistema incluso en sus aspectos más celosamente cuidados o resguardados, virtud que le ha valido en varias ocasiones el haber sido marginado, estigmatizado, censurado, y pese a todo, el rock sigue vigente, con sus cambios, sus variaciones y diversificación. Espero, de corazón, que esta expresión artístico-cultural siga con su dinamismo y fuerza, diciendo siempre lo que piensa respecto de la sociedad y sus circunstancias particulares, en especial en momentos como éste, en el que vemos dentro del proceso social contemporáneo, cómo, de modo repentino, una de las más prestigiosas periodistas de México, como lo es Carmen Aristegui, es prácticamente echada de su espacio informativo, en un acto que, desde mi aceptada ignorancia, creo que no merecía tal determinación. Las conjeturas no dejan de asaltar al pensamiento, pero, con honestidad, espero estar totalmente equivocado respecto de ellas. Quienes me conocen saben que una de mis pasiones es el periodismo, así que, de momento, mi humilde y sincera solidaridad con Aristegui y con su equipo, y larga vida al rocanrol.

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