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2015, el año de vida

2015, el año de vida

 

El 21 de septiembre un comando entró a la parroquia de San Miguel Totolapan, Guerrero, y se llevó al sacerdote Ascencio Acuña Osorio y dos días después su cuerpo apareció flotando en el cauce del río Balsas a la altura de la comunidad de Las Tinajas.

En una acción similar, el lunes 22 el cura Gregorio López fue levantado por un grupo armado y el religioso apareció, días más tarde, muerto.

Ambos sacerdotes salieron de la diócesis de Ciudad Altamirano, ambos condenaron en distintos momentos los ataques, enfrentamientos, cobro de cuotas, asesinatos y levantones de parte del crimen organizado en el triángulo de la muerte: Arcelia-Iguala-San Miguel Totolapan.

Los dos religiosos, jóvenes y comprometidos con sus feligreses, eran incómodos a los intereses de Los Templarios, La Familia o Guerreros Unidos, todos de la misma ralea y un mismo objetivo: acabar con quien les estorba, hacer alianzas con quien sea necesario para seguir aceitando la fábrica del crimen organizado.

Y no hay que olvidar que “crimen organizado”, en México, no excluye a la clase política.

En la Sierra, Tierra Caliente o Costa de Guerrero da lo mismo ser cura, estudiante, comunero, empleado, pequeño comerciante o niño, presidente municipal o policía, todos pueden tener el mismo destino: ser sicario para el narco, irse a la pizca de enervantes o simplemente callar y pasar a ser cómplice de “la maña”; no hacerlo implica aparecer en un río flotando, asesinado con signos de tortura o simplemente desaparecido.

No son los estudiantes de Ayotzinapa, algunos asesinados u otros desparecidos, ni los sacerdotes levantados lo único que preocupa y duele, es todo el sistema mexicano corrupto y cómplice de grupos que, en su búsqueda de poder, control y dinero, se unen sin importar la vida de nadie.

No es el grupo político de Enrique Peña Nieto, los Guerreros Unidos, Templarios, Zetas, Familia u otro nombre que identifique a algún grupo criminal; tampoco es el grupo político de Carlos Salinas de Gortari, de Ernesto Zedillo, de políticos locales y limitados del PRD o algunos corruptos del PAN, son todos que en su ambición se entrelazan, hacen pactos, acuerdos, alianzas cómplices de muerte.

Guerrero, Michoacán, Estado de México, Tamaulipas, Veracruz, Durango, Baja California, no importa la entidad, en todos esos sitios están los políticos aliándose con los del dinero, no importa si lo obtuvieron del crimen organizado llamado narcotráfico o si lo lograron robando a ahorradores, son la misma estirpe de poder, corrupción y muerte.

Los mexicanos, en su mayoría, creen que nunca les alcanzará el dolor; incluso una parte de la sociedad considera que si trabaja, cumple con su familia y paga sus impuestos, no los tocará la desgracia, aunque no se han dado cuenta que ya son parte de ella y que sólo es cosa de tiempo para que el dolor roce sus corazones.

Esto último, a menos que la ciudadanía reaccione, salga a la calle, se organice y arrebate el poder a los políticos para crear nuevas formas de convivencia.

2014 fue año de muerte sí, desparecidos, fosas y persecución a defensores de derechos humanos, pero también lo fue el año de Acteal, el de Aguas Blancas, el del Fobaproa, el 68, el 71… Fueron años de abuso y muerte en México.

Sin embargo, este 2015 tiene que ser un año de vida, de dejar de sobrevivir, dejar de ser humillados y pisoteados por aquellos acomplejados que con un poco de poder arrebatan la vida a otros. Sólo la sociedad organizada puede cambiar el precipicio al que se ha arrinconado a México.

No basta con manifestaciones, se requieren acciones, denuncias en el extranjero y sobre todo atreverse a dejar el confort de la aparente tranquilidad. No queremos más muertos ni perseguidos; ¿qué haremos para evitarlo? Pensemos y actuemos en consecuencia. ■

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