Zacatecas: De la ira de los ricos a la nación del najayote

Zacatecas: De la ira de los ricos a la nación del najayote
  • Historia y poder

El vasto dominio del despotismo nunca ha terminado en nuestro hermoso terruño, desde temprana edad, los caciques indígenas imponían severos castigos, guerras de castas, búsqueda de una vida más cómoda, a costa del sacrificio humano, el hurto vil y descarado, la masacre si la cuestión lo pedía a sus muy genuinos intereses.

Crónica de la estación: nuestros males no vienen del todo del bautizo sangriento que impuso la disculpa de que “crímenes son del tiempo que no de España” y ni de la ignorancia a la que durante cientos de años se le impuso a las grandes muchedumbres para que no exigieran lo que legítimamente les pertenecía: la paz y la concordia entre hermanos y no el abuso constante, la explotación asalariada, la cumbre del despotismo ilustrado en aras de salir hacia adelante.

Don Elías Amador, nuestro máximo historiador zacatecano data de cuán aguerridos eran los antiguos caxcanes, huachichiles, zacatecos de la cultura tolteca-chichimeca en este territorio  del Tuitlán, en que la constante era la pelea, la sangre a raudales manchando las nopaleras, y si bien, las grandes masas indígenas querían la paz, el gen humano de la sobrevivencia imponía siempre la experta suspicacia que renovara el afán de ser el hombre lobo del hombre.

Son también numerosos los personajes de la alta alcurnia en que no vacilaban en imponer los más duros castigos a quien se saliera del corral de la ignominia, por lo cual se impuso en la constante el imperio de los camposantos y de las cárceles, pues ante todo se castigaba, la sublevación en masa, la revolución o la guerra liberadora y la vagancia, el vicio callejero, el hurto y el latrocinio, el aborto y el crimen a mansalva y una larga lista en que indebidamente ambos bandos, ricos y pobres, caían sin recato alguno.

Con un dejo de desprecio, se le llamó a las grandes masas de desposeídos con el mote de najayotes, sin que menoscabaran nunca su fuerza de trabajo ni su ardor por mantener a sus familias, pero siempre era sinónimo del lépero maleducado, de la chusma hambrienta y decidida a hurtar para comer o para mitigar su dolor con el vicio de la bebida y la mariguana.

Ambos lados de una misma moneda reluciente: por un lado, los señoritos curros que se sentían destinados por dios a mandatar los designios de miles y por cientos de años y por el otro, la plebe consiente de que poco se podía hacer mientras tuviera hambre y frío, desunión y hartazgo en el pleitazo de vecinos, partidos, sindicatos o uniones fraternales del gremio que emergía.

Nombres quiere el listado: pero la historia quizá perdone más nunca olvide de quien de manera agresiva y criminal mandó se matara de manera artera a líderes sociales, a abogados valientes que levantaron la voz protestando por el despojo, a los que en medio de todas las tormentas mantuvieron su fe y su creencia de que vendrían nuevas etapas si peleaban con denuedo.

Ahí está la buena fama de la zacatecana Carmen de la Piedra Elías y su valentía al apoyar a los insurgentes de la guerra de Independencia, al mismísimo Víctor Rosales y su popularidad de arrojado y decidido en dicha guerra que decayó en todos los sentidos pero que mantuvo enorme el caudal de la sangre zacatecana como única en un país ensombrecido por la maldad y la discordia.

Por el lado de los amos zacatecanos quedarán como una mancha en la Historia por su desprecio a la dignidad y al decoro: ¡me callo por pudor! Miguel Marín, traficante de esclavos y ejecutor de vidas inocentes, Pedro Mendozas, déspota iletrado pero sediento de oro a costa de la sangre juvenil sacrificada y una larga lista de los riquillos que en Zacatecas hicieron su valía y su fama negra. Luego la desmenuzó. Ahora recuerdo cosas buenas, Juchipila, por ejemplo, 35 mil años de presencia humana.

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