La violencia y la paz

La violencia  y la paz

La sociedad capitalista contemporánea, se ha construido gracias a una serie ininterrumpida de actos violentos. Basta con revisar la historia. Ahí están el “Descubrimiento” de América, la venta de esclavos y el exterminio de indígenas; la conquista y colonización del continente; la guerra de Independencia, el quebranto de la mitad del territorio, la Revolución de 1910 y la contrarrevolución neoliberal iniciada en México en los años 80…

No es sin embargo la violencia, la causa de la situación actual. La violencia-señalaba Engels en un viejo debate con Dühring- está condicionada por el proceso económico, por lo que no puede ser vista como causa pura ni tampoco aislada de su contexto.

Ligada al Estado, lejos está de conciliar las contradicciones de clase como lo aseguran las tesis del liberalismo: El Estado administra y organiza la violencia en favor de una clase y para la opresión de otra. Véase en el caso mexicano lo realizado en los últimos años: La venta de los bienes de la nación; las reformas estructurales; las leyes laborales y códigos civiles; el abandono del campo; la opresión de la mujer; la represión y tortura de jóvenes, luchadores sociales y periodistas; el cierre de centros de trabajo…Todo eso es violencia y no cualquier tipo de violencia. Es la violencia ejercida desde el poder contra 70 millones de mexicanos pobres. Adjuntos están los acontecimientos 2 de octubre del 68; 10 de junio del 71; la respuesta militar a los zapatistas; los casos de Aguas Blancas, Atenco, Zongolica, Tlatlaya, Michoacán, Ayotzinapa, etc….

Los precedentes son condición indispensable para comprender la situación actual. Su revisión y estudio, debe llevarnos a pensar que, aunque la actual forma de dominación que resistimos es feroz e inhumana, es igualmente histórica, es decir, transitoria y perecedera; pero sobre todo, a entender que los profundos cambios sociales ocurridos durante la Independencia, la Reforma o la Revolución Mexicana, son producto de la acción práctica y violenta de las masas cuando éstas se decidieron a irrumpir en el escenario político.

Este conjunto de hechos debiera llevarnos a tomar partido en un momento en que la sociedad mexicana se debate ante una nueva situación política. Más allá de las perspectivas voluntaristas o espontáneas, vemos cómo en la resistencia de los pueblos, de la CNTE, SME o por Ayotzinapa… la conciencia de estos movimientos ha dado un salto enorme al advertir que se enfrentan a los crímenes de un Estado al servicio de la oligarquía, en tanto que los reformistas y partidos “institucionalizados”, buscan el “justo equilibrio” entre las fuerzas represivas y la resistencia popular mexicana. Los “neutrales” no ven o no quieren ver, que el Estado mexicano –resguardado por instrumentos castrenses– ha trasgredido la Constitución y mancillado los derechos humanos.

Con todo, no siempre será la violencia la “maldad absoluta” de que hablara Dühring como tampoco un recurso exclusivo del Estado. Habrá que revisar  entonces el papel que desempeña cuando se trata de una revolución popular contra la tiranía. Es decir, analizar el papel de la violencia en la historia justamente contra quienes la ejercen y sin la cual los pueblos no hubieran podido librarse de sus opresores. Trotsky que pensaba que “todas las revoluciones son imposibles… hasta que se vuelven inevitables”, insistió a lo largo de su vida en la importancia del papel liberador de la violencia revolucionaria y alertó cómo la propaganda pacifista mantiene a la clase obrera en la esclavitud reblandeciendo su voluntad de lucha mientras que, la violencia de la clase en el poder, está “armada hasta los dientes”.

Hoy en día la violencia popular armada no es comprendida por la mayoría de la población mexicana, por lo que “sería una aventura sangrienta con la que sueñan algunos irresponsables que no tienen paciencia para construir una nueva relación de fuerzas y una dirección unitaria…”. (Guillermo Almeyra).

La paz tan anhelada por los mexicanos, llegará hasta que las fuerzas unidas del pueblo y la clase obrera conquisten el poder; sólo ellas serán capaces de aplicar una política de conciliación efectiva y no de palabra. La paz será para entonces la gran victoria.

 

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