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Redes, megáfonos de las voces quedas

Redes, megáfonos de las voces  quedas

Dos luchadores por la educación son noticias en estos días: por un lado Malala Yousafzai, cuya lucha se conoce y difunde lo mismo en CNN, que con Adela Micha en Televisa, y Omar García, quien es entrevistado por Telesur o Aristegui (también en CNN) por diversos medios alternativos, pero rara vez por las dos grandes cadenas televisivas.

Malala, Premio Nobel de la paz 2014, es una joven paquistaní de 17 años. Estudia en Inglaterra, desde 2012, luego de recibir un balazo en la cabeza en represalia por sus textos publicados en un blog de la BBC, en los que denunciaba, entre otras cosas, los intentos talibanes por cerrar instituciones educativas para niñas. Malala tuvo suerte, luego del atentado un helicóptero militar la trasladó hasta un hospital, recibió la atención médica que requería, se recuperó y se convirtió en una voz influyente.

Omar García es un poco mayor que Malala, en sus entrevistas dice ser un “alumno que ya está muerto” se siente viviendo tiempo extra luego sobrevivir al ataque a los estudiantes normalistas de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero. Piensa que un día cualquiera lo matan. Probablemente tenga razón, a pesar de toda la atención que su caso ha recibido, apenas el domingo pasado sus compañeros de lucha fueron atacados mientras organizaban un concierto como parte de las jornadas de protesta.

Para Malala, hoy en día no es difícil difundir su lucha, y quizá nunca lo fue tanto, desde los once años la BBC le brindó un espacio. Omar en cambio tiene menos, y menos importantes puertas abiertas, pero ha logrado dar voz a las familias de sus compañeros a través de su elocuencia en otros medios. Este fin de semana, por ejemplo, pudimos saber de la represión de policías federales ebrios a los familiares de los normalistas gracias a su cuenta de Twitter, donde tiene ya casi 15 mil seguidores.

Para quienes como Omar, no tienen un micrófono permanente, el Twitter y otras redes sociales se han convertido en la herramienta fundamental con la que se puede contactar a periodistas, informarles lo acontecido, hacerles llegar fotografías, vídeos, audios, evidencias en general. También son una especie de termómetro, mucho antes de que aparecieran las encuestas en los periódicos sabíamos ya que nadie había creído a la primera dama las explicaciones absurdas de su residencia de 86 millones de dólares, por citar un ejemplo.

Mucho se ha dicho que detrás del like y el retuit de las redes sociales está la apatía de siempre, o cuando mucho, una ilusión vacía de estar logrando un cambio. Desde luego, nadie podría pensar que la revolución termina en un tuit, pero tampoco podría dejar de reconocerse que con ese acto pequeño y trivial se ha logrado un contrapeso a la (des)información de algunos medios tradicionales.

Hoy además, en algunos espacios es perceptible que se está dando el paso siguiente, el de la organización.

Muestra de ello es el caso Sandino Bucio, estudiante de la Facultad de Filosofía de la UNAM levantado por cuatro hombres armados, hace unas semanas. La cercanía con instalaciones universitarias, el entrenamiento que da la circunstancia nacional, y el valor e inteligencia de quienes presenciaron este hecho, permitió la grabación de un video difundido masivamente a pesar de atravesarse un fin de semana. Horas después de ocurrido el incidente, cuando Bucio era ya noticia, fue presentado frente al Ministerio Público, y posteriormente liberado.

Mientras esperaba la salida de Sandino, su madre, Cristina Dovalí hablaba con periodistas y explicaba que gracias a la organización, hoy su hijo estaba vivo, localizado, y en unos minutos recobraría la libertad. Contaba su experiencia, hacía dos años ya que estaba en contacto permanente con los padres de los activistas con los que solía participar su hijo. Cada vez que había una toma de casetas, marchas, reuniones, etc, los padres estaban pendientes de la seguridad de sus hijos y en comunicación entre sí. De tal manera, que sucedido el levantón de Sandino, ella tardó solamente quince minutos en enterarse, y en saber las condiciones en las que se lo habían llevado (número de participantes, características del automóvil, etc.). El paso siguiente fue usar las redes sociales para hacer la presión social que obligó a su presentación y posterior liberación.

Nadie en su sano juicio diría que en las redes sociales empieza o termina la lucha, seguramente tampoco pensaba así El Ché Guevara cuando fundó la agencia Prensa Latina, pero el valor de las redes como megáfonos de las voces quedas, como herramientas de organización, no debe menospreciarse. Son mucho más que “masturbación masiva”, y lo saben los que han invertido en los bots que tumbaron los #Yamecansédel 1 al 6. ■

Ya van en el #Yamecansé7 y contando.

 

@luciamedinas

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