El canto del Fénix

El canto del Fénix

Obras mejores que sus obreros

Octavio Paz, de quien en 2014 celebramos cien años de su nacimiento, refirió que sabemos que estamos ante un nuevo poema cuando advertimos que algo más ha nacido en el universo. Todo texto (ateniéndonos a la definición clásica de que texto es todo aquello que puede ser leído) tiene, pues, más que su esencia, su personalidad bastante definida, su carácter. Es decir, su alma.

Cada texto por nosotros generado (fotografía, cápsula radiofónica, escrito, pintura, pieza musical) es un hijo. Ya sé que esto tiene poco de original: vaya cliché éste de enunciar que nuestra pluma o lente o pincel es partero de una criatura de nuestro pensamiento que dejamos sobre el papel o el lienzo o la partitura o la cinta magnética.

Con todo, ese hijo más reciente puede ser mejor, bastante mejor que su padre o madre autor. Independientemente del género, dicho texto puede aventajar en mucho la cotidianidad de su creador, y no sólo eso, sino que también, por lo mismo, por superar el hijo al papá, la obra al obrero, el pequeño puede mirar a su padre y avergonzarse de él y renegar y rechazarlo.

Imaginemos la escena: el producto voltea y queda viendo al creador. Entonces prorrumpe: “¿Qué? ¿Eres tú quien me ha generado? Por Dios, me merezco un autor veinte veces mejor”. Lo peor del acto es que el texto puede tener razón y hasta sería más decente el hecho de que le borremos el ominoso nombre de quien lo ha producido.

Vicente Huidobro, vanguardista chileno, escribió en su texto Ars poética que el poeta es un pequeño dios. Aplico el verso a cualquier creador de textos y agrego que la diferencia entre nosotros y el Supremo Creador es que, como lo refiere Tomás de Aquino, tomado por él a Platón, nosotros los humanos somos sólo reflejos imperfectos del Hacedor universal, en tanto que nuestras obras sí pueden superarnos con bastantes creces.

Desde la adolescencia cultivo la amistad con un escritor y músico, buen compositor, a quien admiro. Hace años me mostró un cuento suyo sobre un joven excelente “rezador” de Viacrucis a quien adoraban las mujeres de su barrio porque las hacía llorar con tanto fervor que mostraba. El giro de la historia es que el joven era en realidad sicario y vendedor de cocaína. En su momento el tema del cuento me pareció irrelevante pero hoy me ayuda a sostener mi argumento: podemos ser hombres y mujeres ruines, despreciables por la mitad de quienes componen nuestro entorno o incluso por nosotros mismos… y aun así nuestras obras pueden ser no sólo relevantes y edificantes sino incluso decisivas para el panorama cultural y su actualidad. También a la inversa: podemos odiar por su escasa calidad moral a cualquier persona y sin saberlo nos servimos de obras suyas que en mucho auxilian a los integrantes de nuestra comunidad.

Seamos conscientes de que las obras pueden ser mucho mejores que sus obreros y eso no está mal, sino por el contrario: es parte de nuestro destino y nuestra grandeza, llena de contrastes para que se aprecie mejor la luz que nace de nosotros, que se origina entre nuestras sombras. ■

 

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