Democracia: una realidad minimalista

Democracia: una realidad minimalista

La etapa histórica de transición en México permitió la transformación del Estado a partir de múltiples reformas, que no sólo atendieron el tema electoral, aunque comúnmente se suele reducir esta etapa de cambios a este apartado: en 1977 en que inició la etapa de manera formal, no había en México las instituciones que hoy tenemos, tanto políticas, como jurídicas; no sólo se creó en los primeros veinte años de dicha etapa el IFE, también nacieron la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el Banco Central ganó autonomía, el Poder Judicial y el Legislativo sufrieron importantes cambios en su estructura que los hacen totalmente diferentes. La arquitectura institucional del Estado mexicano se ha enriquecido además con la creación de los Órganos Constitucionales Autónomos, que atienden temas específicos que antes estaban en la esfera del Poder Ejecutivo y que hoy se encuentran en la órbita de los Tres Poderes, sin estar sobre éstos, pero tampoco, sin sujetarse a sus mandatos.

Qué duda cabe de que hemos avanzado en la conquista de derechos, tanto fáctica como formalmente. Las elecciones han evolucionado de ser un mero trámite de legitimidad, a verdaderos instrumentos de deliberación, confrontación de propuestas y politización de la sociedad. Las seis libertades básicas de Dahl están cumplidas, cuando menos de manera formal, y fácticamente de forma parcial. Las “Reglas del juego” de Bobbio, están hoy incrustadas en nuestra Constitución de manera pormenorizada.

Sin embargo, atendimos el procedimiento, o las recetas que otros países habían utilizado y que les habían dado resultado (España, Portugal, algunos países de Europa del Este), y obviamos los siglos de desarrollo económico y social que antecedieron a la conquista y puesta en práctica de estos derechos civiles y políticos.

El resultado: un desequilibrio de resultados. Democracia formal, sí; sustancial no. Los votos cuentan y cuentan lo mismo; todo mexicano con edad para votar puede hacerlo; las reglas son claras; hay equidad en la distribución de los recursos públicos que se reparten por medio de la autoridad electoral para hacer proselitismo; hay posibilidad de registrar partidos políticos para participar en las elecciones; la Constitución tiene candados para evitar que las mayorías (simples en este caso) arroyen a las minorías.

Sin embargo también hay atroz desigualdad. Una estorbosa, dolosa y maldita corrupción por todas partes. Un desinterés creciente. Una decepción limitante.

¿Por qué? Porque fracasó el modelo surgido de la Revolución luego del milagro mexicano, desplomándose el crecimiento continuo en 1971 y sin concluir la primera tarea, decidimos enfocarnos a la segunda: instaurar la democracia en una sociedad desigual, olvidándonos u obviando lo dicho siglos antes por Montesquieu y Toqueville: para que la democracia funcione es necesario que nadie esté dispuesto, ni en la necesidad de vender su voto, frente a quienes (que sin duda los habrá) quieran comprarlo; y la condición material que permite la su éxito: la igualdad social.

Ferrajoli ha concluido desde hace algunos años, que la democracia procedimental de O´Donnell y Schmitter, es una definición minimalista, que sólo abarca las características formales y no sustanciales que debe contener la democracia, que a su vez Bovero ha denominado como precondiciones de la democracia, es decir, el debido cumplimiento de los derechos sociales, necesarios y sine qua non los derechos civiles y políticos pueden funcionar, como son la educación, renta básica, vivienda, etc.

Luego entonces ¿Tenemos democracia en México? Sí, es innegable ¿Esto es una verdadera democracia? Depende de qué entendamos por el término, pero en sentido procedimental, también ¿Funciona la democracia en México? No del todo, por dos razones de origen: primero, la desigualdad que parece no reducirse, sino incrementar; y porqué como diría Carlos Fuentes, en La Silla del Águila: “(…) de los aztecas al PRI, con esa pelota nunca hemos jugado aquí”, aún debemos entender hasta dónde llega la democracia: la pobreza, la desigualdad y la marginación, no se resuelven per se con democracia, incluso, deberían venir antes.

A los mexicanos nos queda utilizar la democracia para abatir estos pendientes y otros, como la corrupción. Pero debe entenderse, estos retos nos corresponden a todos, de manera responsable e inteligente, utilizando la democracia y las instituciones que nos hemos dado a favor, no desprestigiándolas (aunque nos beneficiemos de ellas) e impugnando los avances en una penosa melancolía por un pasado que no podrá volver a ser.

A las derechas, centros e izquierdas: este México es de todos, es responsabilidad de todos, tarea de todos, propiedad de todos. Y todos, somos todos.

Caminemos juntos con diferencias, utilicemos la pluralidad a favor. Pasar de la realidad minimalista (a la que estamos atados por siglos de historia e incluso tradiciones) en la que nos encontramos, no es una tarea sencilla, ni que vayamos a cumplir en un par de décadas, depende de un compromiso de largo alcance, al que sólo llegaremos con respeto, civilidad, conciliación, deliberación y visión de futuro colectiva.

En treinta años logramos instaurar la democracia (procedimental) entre nosotros, con el empuje de todos. Quizá en treinta logremos, con las mismas dificultades, pero a partir de las mismas instituciones y medidas, podamos inaugurar la democracia (sustantiva) en México. ■

 

@CarlosETorres_

www.carlosetorres.blogspot.com

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