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“Es la desigualdad, estúpido (s)”

“Es la desigualdad, estúpido (s)”

“¿Pueden los libros causar revoluciones?” Es inevitable no plantearse la pregunta, así a bocajarro, al recorrer las páginas de El Capital en el siglo XXI, y constatar, además, que la ola expansiva de reacciones que desató sus ediciones en francés e inglés desde 2013, se reproduce a semanas de que el Fondo de Cultura publicara la versión en castellano. “Revolucionario” es, de acuerdo a los editores de The Washington Post, uno de los 10 términos de uso más común para referirse al texto, autoría del economista -e historiador por derecho propio-, Thomas Piketty. ¿Cuál es la razón de que a esas 663 páginas se les reconozca una carga explosiva?

Primero, una acotación sobre la dimensión “revolucionario”. Para consuelo de muchos, tristeza de otros y obviedad para unos más, no hay registro alguno de multitudes protestando pacíficamente con frases de El Capital en mantas o cartulinas, mientras, diminutas hordas de encapuchados lanzan ejemplares a la cristalería de bancos, oficinas gubernamentales o tiendas transnacionales. Tampoco, ningún grupo parlamentario ha planteado “regular” la libre circulación del libro, invocando la posible violación de algún sacrosanto derecho. Bueno, ni siquiera ha sido necesario que Derbez salga en cadena nacional a pedir tranquilidad o que Loret de Mola grabe algún lacrimógeno video en Youtube para expresar su consternación. Como señala Chartier en Los orígenes culturales de la Revolución Francesa -de quien parafraseamos la pregunta inicial-, suelen ser las revoluciones, una vez consumadas, las que buscan a los libros para explicarse, y no los libros las que las encienden.

Así, acotado, el terremoto de reacciones tiene su epicentro en el mundillo académico. De entrada, El Capital es un jalón de orejas a economistas e historiadores: a los primeros les pide superar su “pasión infantil por las matemáticas y las especulaciones puramente teóricas”; a los segundos, les recuerda que “salarios, ingresos, precios y patrimonios” son nutrientes para las representaciones “que acaban por moldear los cambios económicos y sociales”. No obstante, la sacudida no para ahí: a contracorriente de la famosa frase del filósofo zacatecano Juan de Muro -inmortalizada en Dijera mi Compadre-, “pleito de curros no prospera”, el trasfondo de los debates en torno a la obra de Piketty trasciende las aulas, las pomposas reseñas en revistas indexadas y las mesas con vino y canapés; desentraña un tema que nos toca a todos: las raíces de la desigualdad.

El planteamiento se sostiene en dos ideas: 1) la desigualdad en los ingresos entre el ciudadano promedio de los países desarrollados y los poseedores de las grandes fortunas, es hoy casi tan grande como a finales del siglo 19; esto significa un tremendo traspié, después de que las distancias se habían reducido en lo que Hobsbawm llamó el corto siglo 20, y 2) la mayoría de quienes ocupan los principales puestos en la economía mundial, lo hacen como resultado no de su talento, sino por pertenecer a una dinastía familiar que ha gozado durante décadas de altos ingresos, en una lógica social que parece más propia del Antiguo Régimen, que de una modernidad y un capitalismo que, supuestamente, deberían ponderar la “meritocracia” individual; es lo que el premio Nobel de Economía Paul Krugman llama “capitalismo patrimonial”.

Piketty realiza una minuciosa reconstrucción histórica de la distribución de los ingresos durante dos siglos y medio en cinco países desarrollados: Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Francia y Japón. Sin embargo, no es hacia el pasado a donde apuntan sus conclusiones, sino hacia el futuro: ante un escenario de bajo crecimiento económico como el que seguirá padeciendo el globo, la desigualdad -la distancia entre los más ricos y el resto de los mortales-, crecerá aún más, al padecer el lastre de la distribución inicial de la riqueza. Piketty propone como salida un “impuesto mundial y progresivo sobre el capital” –bautizado mediáticamente como “impuesto a la riqueza”-, que garantice la prevalencia del interés general sobre los intereses privados. Plantea, para ello, frenar en seco el desmantelamiento del Estado social y apostar por su modernización, como vía para combatir el cáncer de la desigualdad; una bofetada para quienes encerrados en una burbuja de soberbia creen ciegamente en la eficacia del mercado.

Aunque México no forma parte del análisis, el libro tiene una importancia esencial para todos: habitamos el segundo país con mayor desigualdad económica de la OCDE, con grados de miseria que lastiman. Si como mexicanos el tema nos toca, como zacatecanos nos envuelve: de acuerdo a Coneval nuestro estado supera la media de pobreza que registra el país y tres de cada diez zacatecanos tienen ingresos inferiores a la línea de bienestar mínimo: no les alcanza siquiera para los alimentos que componen la canasta básica; en la misma tierra de cuyo subsuelo se extrae 41% de la plata y 22% del oro del país.

¿Somos testigos de una profunda coyuntura crítica? ¿Queremos desarrollo y caminar a paso firme hacia el futuro? Entonces, discutamos, de inicio, lo que verdaderamente importa; y sí, permítase la paráfrasis aunque sea tomada de un eslogan de campaña de Bill Clinton, “es la desigualdad, estúpido (s)”.

 

*Doctorando en El Colegio de México

Twitter: @VeremundoC

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