El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

En el mediodía de este martes y en medio de un hermoso patio, una rebanada de pastel de chocolate me vio dudar durante sólo una centésima de segundo: frente a mí Jovita Aguilar, amiga muy dilecta, me ofreció hablar horas más tarde sobre su hombre Fernando y el trabajo por él realizado durante dos largas décadas, entregado quizá más a la gráfica que a la dama Aguilar. La misma Jovita me ofrecía hablar sobre el grabador y sus grabados y también los grabados que en el Museo Zacatecano se presentan bajo el atinado nombre Lo Eterno Femenino.

Frente a Jovita digerí el mocca y recordé al Fausto, de Goethe y Margarita, claro, y a Simone de Beauvoir y su Segundo Sexo y a Frida Kahlo tomando avena caliente con Juana de Asbaje en alguna dimensión más decente que este México tan dolorido. Recordé a las mujeres que a los hombres, siempre suyos, casi nunca dueños de ellas,  nos hacen ganar perdiciones que son glorias. Recordé al escritor Dante Medina, jalisciense, y su novela Feminus, y recordé a James Ellroy y su obra A la caza de la mujer.

Recordé a Hera y Medusa y Casandra y Elena de Troya. Recordé a Afrodita pero también a Adelita. Recordé a Juana de Arco y María Félix, a Columba Domínguez y Dolores del Río, a Miroslava y Ana Luisa Peluffo. Recordé a Diana cazadora y Minerva entre una fuente, y la hermana envidiosa Morgana y la esposa infiel Ginebra, y a lady Macbeth empujando al mal y a Ofelia lanzándose al río. Recordé a Rita Hayworth y Elsa Aguirre, y Angélica María y Marilyn con un pastel entre sus manos.

Recordé a Agustín Lara, a José Alfredo y a Diego Rivera, y al enamorado que también he sido yo de casi todas las mujeres que conozco: sobre todo, porque vale la pena, las que están fuera de mi alcance.

Recordé mis serenatas a pie con guitarra y gabán azul encima, y también a Nabokov moldeando su lengua para pronunciar el nombre español de su nínfula, y a Ovidio y sus artes amatorias, y a los seductores anónimos que alguna vez han buscado depurar la intención de sus estrategias y persuasiones. Recordé a Neruda escribiendo alejandrinos a sus veinte años, a Sabines y Rulfo escribiendo cartas para sus amadas que después serían sus esposas, y a Nicolás Parra entrando a una fiesta y apuntando a su pareja para mantener a raya a los demás poetas que ya se embriagaban: “No es mi nieta: es mi mujer”.

Recordé al negro Álvaro Carrillo cambiando el nombre de la musa dentro de la misma canción que llevaba a todas las oaxaqueñas que podía. Recordé a Sabina escribiendo sobre amores que matan y nunca mueren, a Ismael Serrano cantando sobre la vendedora de boletos para el cine, a los perdedores que nos hundimos al tiempo en cerveza, vodka y tequila para chillar por una méndiga que ah cómo duele en los nudillos.

Recordé a la mujer, a la fiera Scarlett O’Hara sosteniendo la zanahoria marchita durante el ocaso, pero también recordé frente a sus lágrimas de determinación a Clark Gable y su mexicano gemelo falso Mauricio Garcés. Recordé a Antígona bella, al tiempo hija y nieta de su madre, al sepultar a su papá, el ciego Edipo; pero también tuve presente a Lisístrata imponiendo una huelga de sexo para acabar con una guerra. Recordé a Leo Dan cantando a Marissa, Celia, Estelita, Fanny, Mary y Raquel. Recordé a las mayores Fuensanta y Águeda en Jerez, pero también a las gráciles Fiametta y Beatriz en Italia.

Fernando Jiménez, un esforzado más de Ojocaliente, también ha sido un hombre enamorado y antes de que le nacieran las canas, y antes de que le naciera su niña Sofi, rondaba, por amor y por las tardes, en los límites de la escuela de Humanidades de la UAZ. Sé que por entonces ya era grabador y por entonces su obra la dedicaba ya a la semilla, madre, tierra, hermana, compañera, matriz, nutrición, red, madera, protón, montaña, óvulo, flor, armonía, medusa, germen, canto y enredadera que es la mujer.

Si es cierto que somos lo que hacemos, queda patente en sus grabados que Fernando es hijo, novio, esposo, cómplice, confidente, amante, hermano y papá de mujeres. Y esa pasión por la mujer que es grabado y el grabado que muestra a la mujer lo ha llevado tan lejos como es posible. Sólo así podemos entender ahora Lo Eterno Femenino hecho grabados.

Te reconocemos, maestro Fernando, como profeta de la mujer. Brindo ahora por la complicidad y el aprecio que tienen hacia ti tus compañeros, quienes nos exponen lo mejor de su obra. Brindo por las mujeres que vemos esta noche en estos grabados aparentemente tan distintos, pero unidos todos por el mismo cordón y el mismo ombligo: el de la admiración a la hembra y también al hombre que eres tú. Brindo por Lo Eterno Femenino, por ti, Fernando, y por las mujeres de tu vida. Por las mujeres de tu obra y por la obra que eres tú, producto de esas mujeres.

Que venga para todos ustedes y para mí la bendición femenina que transpiran los grabados que se exponen. Que venga más buenaventura para ti, Fernando, y para todos los que te queremos.

 

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