¿Cómo podríamos evitar, en Zacatecas, que… “el olvido corra más rápido que la memoria”?

¿Cómo podríamos  evitar, en Zacatecas, que… “el olvido corra más rápido que la memoria”?

Un crimen ha cegado, la noche del miércoles pasado, la vida de Armando Haro Márquez. El viernes 5, le realizaron un homenaje, en la Sixtina, acompañando a su familia, sus amigos de la comunidad artística, y académica. La poesía que cargaba el relato que nos han hecho, después, acerca de la despedida póstuma que le dieron, nos ha conmovido. Forma parte de la vida privada a que tiene derecho su familia y sus amigos. No obstante la forma poética, con que el dolor, el amor, (la philia, el afecto, del que el amor filial y fraterno, es una forma), y la palabra, han podido encontrarse, merece ser comentada. Incluso, a quienes no estuvimos presentes, nos ha tocado con una de sus alas.

En otro evento, esa tarde/noche, 43 cuadros al óleo, con los retratos de los normalistas desaparecidos de  Aytozinapa, eran montados en sus caballetes en la plazuela Goitia, como parte de una marcha convocada para mantener viva la demanda: “vivos se los llevaron, vivos los queremos”, una demanda acusada ya de estar basada en falsas ilusiones, por aquellos que no pueden, ni quieren, comprender el desgarramiento anímico, a que, de ese modo, se les condena. Somos testigos de una revictimización -reiterada, una y otra vez- contra padres, familiares y compañeros de los 43 estudiantes, y de los otros 6 que murieron asesinados. Es difícil no advertir un propósito explícito de hacernos caer en la desmemoria, tras las palabras que piden “resignación”, esgrimida como única  razón de estado.

Las malas y tristes noticias que se acumulan sin cesar, parecen -de pronto- adherirse a un nuevo orden de sentido, condensándose alrededor de una voluntad y de una imaginación estética, ética y política, que dice, y vuelve a decir, ¡basta ya! Aunque se trata de dos acciones criminales, tan diferentes entre sí, la exigencia de justicia es un imperativo insoslayable para ambos. Cada uno seguirá, como es normal, cauces distintos. Solamente me atrevo a entretejerlos, aquí, con punto más fino, desde la consternación generada  por la noticia. Y, también, en la medida en que un poema y uno de sus versos, que dice el modo en que se encuentran…“poética y política en contrapunto expansivo en el Big Bang del alma”, fueron, extrañamente, el único tema que recuerdo, de la última conversación que tuve con Armando, hace ya largo tiempo.

A la luz de tan dolorosos acontecimientos, alejados entre sí, uno que gravita más en la esfera de la vida privada, y el otro, que forma parte de un nuevo ciclo de protestas:

¿Cómo podríamos evitar, entonces, que, en Zacatecas… “el olvido corra más rápido que la memoria”?

Todo eso que sabíamos, y nos costaba, o nos cuesta todavía trabajo reconocer, Ayotzinapa lo ha revelado, provocando que la venda cayera de nuestros ojos, se trata de un verdadero abismo de inhumanidad, de ahí la tendencia a aceptar como frases-pantalla, mecanismos de defensa, las pseudo-explicaciones con que desde la otra orilla, se les estigmatiza, o criminaliza: “formaban parte de un cártel”, o, “en algo andarían metidos”. Para no entrar, ahora, a analizar otras infames campañas de rumores con que, aquí en Zacatecas, se “revictimiza”, “desde arriba” y también “desde abajo”, a los familiares de desaparecidos, hasta prácticamente “despellejarlos simbólicamente” si se me permite la expresión.

Pensando, desde el presente, cuando asistimos a algo más, mucho más denso, que al “retorno de lo siniestro”, habría que recordar que en México, las desapariciones forzadas, alrededor de mil doscientas, cometidas, durante la mal llamada “guerra sucia”, por grupos paramilitares, y/o por el Ejército. Las mismas representan el inicio de una cadena de impunidad, que ha vuelto a crecer –exponencialmente- en los últimos años.

Invitado por la agrupación Morena, hablé sobre Desapariciones Forzadas, insistiendo excesivamente en aspectos técnicos –jurídicos- elaborados por las organizaciones defensoras de derechos humanos que participan en la campaña a favor de una Ley General contra las Desapariciones Forzadas. Las aportaciones de los asistentes, convertidas en un diálogo franco sobre un tema complejo, revelaron otras aristas más políticas, que yo mismo no había tomado en cuenta a la hora de preparar el recorrido a seguir. La ley es una respuesta jurídica que necesitamos imponer, controlando su elaboración, y su implementación desde abajo, porque nos permitiría ayudar, efectivamente, a poner fin a la impunidad y el olvido.

Las experiencias relatadas aquí, conjugan desde el dolor, nuevas actitudes estéticas, técnicas (jurídicas), éticas y políticas, que pueden ayudarnos a responder a la pregunta incial. No debemos permitir que nos impongan una desmemoria programada, y sólo lo podemos hacer si como sociedad nos negamos a acunarnos con ese olvido narcoléptico del presente perpetuo. Necesitamos reinventar lo que somos como sociedad, reelaborando nuestra herencia y aquello que queremos ser. ■

 

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