Se había tardado

Se había  tardado

Se fue. Se había tardado. En medio de la vorágine de un país agitado y despierto a raíz de los seis muertos de Iguala y los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos, que ha detonado que amplios sectores en las redes sociales en respaldo a las protestas y movilizaciones estudiantiles, se pronuncien reclamando justicia y demandando la renuncia de Peña Nieto como ocupante de la silla presidencial, quien fuera el líder moral del partido que fundó, terminó por presentar su renuncia. Lo hizo el mismo día por la noche luego de que horas antes se había reunido con el que funge como presidente nacional del PRD. Tras el diálogo infructuoso en donde no escuchó ninguna respuesta de lo que quería saber y la negativa a que los actuales dirigentes dimitieran de sus puestos, optó por tomar la decisión que seguramente ya tenía muy bien pensada. Fundador del partido del símbolo del Sol Azteca el 5 de mayo del mítico 1989, permaneció en el durante un cuarto de siglo. Se dijo robado en las elecciones del año anterior, cuando el entonces secretario de gobernación Manuel Bartlett, hoy destacado tribuno del PT, arguyera la caída del sistema. Que no fue sino una maniobra para retardar los resultados para manipular los votos y presentar a Salinas como ganador de esos cuestionados y muy criticados comicios. Habiendo sido registrado por la coalición variopinta que había encabezado el parapeto y fantasmal PARM, uno de los tantos partidos paraestatales y paleros que había por ese tiempo. A su candidatura que comenzaba a tomar vuelo y gran aceptación terminaron sumándose las llamadas izquierdas entre ellas el PFCRN, llamado por la raza como el ferrocarril. Este partido fundado como el PT a la sombra de los gobiernos priístas, siendo ambos hijos putativos, se caracterizó por las frivolidades y corruptelas de su líder fundador, Manuel Aguilar Talamantes. Famoso por sus tranzas y “cochupos” con la parte oficial. De ese ferrocarril y de Talamantes como su tutor provienen los chuchos, el grupo dueño de la corriente hegemónica y con mayor capacidad organizativa en la estructura territorial. Una corriente que al amparo del Pacto por México, bajo el señuelo del cogobierno ha llevado al partido a la pérdida de identidad, al extravío del rumbo y los principios con los que había nacido. De estas prácticas es de las que renegaba Cuauhtémoc Cárdenas y son los motivos que lo orillaron a tomar la decisión de irse de ese instituto. Su despedida confirmó lo que ya se esperaba como una renuncia anunciada. Considerado como un líder carismático, el carisma le venía del apellido y por haber sido hijo de uno de los mejores presidentes que ha tenido este país. Querido y popular por ser el que llevó a la práctica las conquistas de la Revolución Mexicana con un amplio programa social que buscaron el desarrollo y bienestar de los mexicanos. La seriedad heredada de su padre lo hacía respetable y lo diferenciaba de los políticos chicharroneros demagogos del PRI. No era carismático, pues sus discursos escritos o recitados con corrección salidos de su voz monótona y cansina, carecían de la chispa que despierta las pasiones e incendia el ánimo de las masas. Sin embargo su renuncia al partidazo previa creación de la Corriente Democrática, el robo que le hicieron de la elección, su trayectoria política que lo diferenciaban del promedio de los políticos y el haber sido el principal promotor y fundador de un nuevo partido, terminaron por hacer de él toda una personalidad y en alguna medida un caudillo. No obstante llegó a ser parte del sistema ocupando cargos en el régimen priísta, gobernador de Michoacán, el principal. Aunque la historia lo registrara como el primer jefe de gobierno electo por la ciudadanía que tuvo la Ciudad de México, no alcanzó la notoriedad de López Obrador que lo sucedería. Sería justamente el tabasqueño quien vino a desplazarlo, primero entre los cuadros dirigentes del PRD. Con este último fue cuando el partido más creció en términos de militantes y clientela electoral, cargos de elección popular y estructura territorial. Con la presencia de un Obrador en escena y con la convicción de ser candidato presidencial, más tesonero, recorriendo el país al derecho y al revés, Cuauhtémoc vio que su estrella se apagaba y aunque se le siguió viendo como al líder moral, paso a un segundo término. Opinaba y fijaba sus posturas. Se le escuchaba pero no se le hacía caso. De esta forma las diferencias que tuvo con los burócratas de la Nueva Izquierda terminaron orillándolo a abandonar las filas del que fuera su partido.

Terco y obsesionado, creyéndose quizá un predestinado y con el discurso de un trasnochado nacionalismo muy alejado de la modernidad y las condiciones objetivas del presente, aspiró a la Presidencia de la República hasta en tres ocasiones (López sigue sus pasos), sin llegar a cumplir con el sueño y el deseo que lo movieron media vida. Fue de esos porfiados en ocupar la silla que había ocupado su padre, sin haber podido cazar el venado. El sistema político y los poderes fácticos se lo impidieron. Pero también la ausencia de una sociedad más organizada y la falta de un partido a la altura de las necesidades y reclamos de la ciudadanía que lo respaldara y cobijara. El que él fundó tampoco dio el ancho.

El futuro del PRD no depende aunque en algo va influir, de la renuncia del hijo del “Tata Cárdenas”. Con todo y que muchos lo emulen y pudiera darse una desbandada. El PRD en las próximas elecciones cosechará lo que ha sembrado. Su desprestigio se acrecentará con el caso de Iguala y su estela de corrupción e impunidad; y la pérdida de identidad se hará manifiesta. Si desea salvarse del naufragio que se le avecina, no le queda que refundarse en serio y volver a la sociedad de la que se ha alejado encabezando sus mejores causas. Dejar a ser grilla centavera y hacer más política.

En la escuela primaria de nuestros maestros y libros de texto de Historia aprendimos que la palabra Cuauhtémoc significa en  dialecto azteca, águila que cae. Con la salida de Cárdenas del PRD bien podría cambiar el significado por el del águila que cayó. ■

 

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