Lectura del (último) decálogo de Peña Nieto: retrato de escenarios sombríos

Lectura del (último) decálogo de Peña Nieto: retrato de escenarios sombríos

Parece no haber salidas: unas calles llevan al precipicio y otras a muros enormes. Una clase política parasitaria que vive de la succión del Estado no va a aportar soluciones. Es como pensar que las amibas o solitarias restablecerán la salud al organismo que tienen invadido. Son parte de la enfermedad, no de la cura. El decálogo de Peña Nieto es una estrategia que no va dirigida a la solución de los grandes problemas nacionales, sino a superar la emergencia de la mala imagen de Gobierno Federal en el extranjero. Es decir, no es un plan estratégico de gobierno, sino una astucia mediática. Es probable que los asesores que construyeron el video de la Gaviota hayan diseñado el montaje de palacio de gobierno en el anuncio de este último decálogo. Quienes están haciendo las estrategias no son asesores de políticas públicas, sino consejeros de imagen y mercadólogos de la comunicación. Su objetivo no es rescatar al país de los poderes fácticos, ni disminuir la pobreza o generar el crecimiento con equidad; sino rescatar la popularidad del Presidente que se desplomó en las últimas semanas y cómo la imagen del Presidente impacta en las expectativas de voto del PRI y el Verde en las próximas elecciones, es esto último el centro de su preocupación. Y como en el medio político oficial “popularidad” es un tema de medios de comunicación, entonces, después de hacer el video de la primera dama, se dieron a la tarea de diseñar un evento con el objetivo de hacer creer a la ciudadanía dos cosas: (a) que ellos no son el problema, y por tanto que la fuerza antagonista al movimiento social que se ha generado no es Gobierno Federal; en otras palabras: a partir de una maniobra mediática eliminar de la opinión pública su calidad de antagonistas; y (b) salvar los riesgos que esta coyuntura pone sobre los resultados de las elecciones intermedias de 2015. Así las cosas, el mensaje no-dicho, sino el mensaje-mostrado en el discurso del señor Peña Nieto es el siguiente: no habrá cambios en la sustancia del proyecto de gobierno, sino únicamente algunos ajustes que permitan hacer funcional el manejo político del país. Resolver realmente los problemas desde sus causas significaría hacer cambios sustantivos, y esto último a su vez, implicaría una restructuración integral del Estado. Pero reformar al Estado en este sentido, es sinónimo de quitar el poder a los grupos de interés que sostienen a Peña. En palabras más claras: reformar al Estado supone desmontar las bases fácticas de su poder. No lo va a hacer. Lo que sí harán es tratar de mermar  los efectos que les resulten negativos para su continuidad en el poder. Cuando el señor Nieto dijo que había quienes querían destruir su “proyecto de nación”; lo que quiso decir fue “quienes quieren destruir su proyecto político”, y para saber lo que esto significa realmente, se debe hacer una pregunta adicional: ¿en qué consiste su “proyecto político”? Pues es la apropiación de la renta nacional por parte de los grupos y fuerzas que llevaron a Peña a la presidencia. En palabras planas: si extraemos los beneficiarios concretos (con nombre y apellido corporativo) de las 11 reformas aprobadas hace unos meses, se nos revela la estructura y proyecto  político que está detrás del gobierno actual.

Por tanto, los mexicanos estamos ante dos ímpetus de apropiación de la renta pública y el patrimonio común: (1) el de las fuerzas económicas que se han adueñado de la dirección esencial del Estado; y (2) el crecido crimen organizado, que ya no sólo se apropia de la renta social vía la extorsión, sino de la pública a partir del asalto al poder por la vía privilegiada del control de los territorios municipales. Ambos son poderes fácticos que ocupan el Estado; la pregunta es, ¿cómo se van a relacionar ambos poderes económicos en su ocupación del Estado? ¿Se van a oponer, a complementar o a suplementar? En este escenario, la sociedad está excluida y toda la estructura de representación política devastada. Los partidos políticos consiguen votos sin construir representación, juntan votos-vasallos y con eso aseguran la continuidad del núcleo duro de sus dirigencias. Los diversos partidos PRI, PAN, Verde y PRD, estarán construyendo acuerdos porque responden a los mismos patrones. El ex –partido de izquierda (PRD) es ahora más que nunca un partido em-Peñado en hacer pactos con el Ejecutivo para compensar la disminución de votos que se prevé sufra en las próximas elecciones: su agonía lo llevará a replegarse al Poder Ejecutivo y a fortalecer sus alianzas con el PRI o el PAN, según sea el caso.

Así las cosas, parece que estamos ante caminos sin salida. La única posibilidad de librar a este país de la devoradora fáctica adueñada del Estado, es construir un contrapoder nacional con poder constituyente. Y la posibilidad de hacer tal cosa está en la articulación de las fuerzas sociales que los movimientos actuales muestran. Pero esto último se ve muy complicado: implica dos condiciones que parecen imposibles: (1) formación de movimientos que no pierdan su autonomía y que compartan la narrativa; y al mismo tiempo, (2) relacionados con una fuerza política que desde dentro del sistema de partidos empuje hacia una Asamblea Nacional Constituyente. Este papel lo podría hacer Morena. Y dicha articulación podría llevar a la recuperación del Estado y al combate de la apropiación privada de las rentas. Sin embargo, es algo muy difícil porque del lado de las fuerzas sociales no hay la confianza requerida hacia los Morenos, y de parte de estos últimos, la tentación de instrumentar el movimiento social puede ser mucha. Uf. Pero sigue habiendo una posibilidad. El trabajo de imaginar salidas a este laberinto cretense es ahora mismo vital; y como a Edipo frente a la esfinge,  en la respuesta a este enigma nos va la vida. ■

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