Zacatecas: ante la devastación el gozo de ser

Zacatecas: ante la devastación el gozo de ser

■ Historia y poder

El hampa de la politiquería zacatecana ha devastado las relaciones cordiales y las ha vuelto sujeto de consumo y desperdicio y un artículo en donde se procede a la etiqueta, al precio y también al desprecio y la ignominia.

No obstante, las generaciones nunca olvidaron los detalles en que la vida cotidiana de los zacatecanos estuvo marcada por innumerables fechas en las que siempre le resultó la fama de ser una ciudad a la altura del mundo, épocas inolvidables en que ni Monterrey, ni Puebla o Guadalajara, se le asemejaban por lo vertiginoso de su ritmo comercial e intelectual.

Las crónicas de los estudiosos de la historia zacatecana nos revelan una ciudad típica de las metrópolis del mundo; hacia 1680 era tal el bullicio de más de 60 mil almas en que las castas convivían y se las arreglaban para detestar el crimen, el alboroto o el vicio callejero y es de asombrarse por lo dinámico de su vida comercial que daban los frutos de sus minas en el mundo.

Pero también las malas noticias acorralan toda visión o ímpetu de festejo, hacia fines de 1779 y principios de 1780, siete mil niños zacatecanos murieron víctimas de la viruela, lo que consternó a la ciudad y tomó medidas con el famoso doctor Belmis, que tan generosamente dedicó años de su misión como médico en tierras zacatecanas.

Perturbadoras las escenas cotidianas en que las epidemias o los desastres agrícolas y mineros, dejaban a la ciudad con la mitad de su población, devastadoras las escenas donde el esclavismo fue una de las peores humillaciones y pecados para alcanzar el progreso, también desgarrador el azote cotidiano a quien robaba por hambre, la horca, el patíbulo o la ley fuga sin más ni más.

Llamando a emergencias: la ciudad bullía con cifras increíbles del consumo y el atavamiento de disfraces y vestimentas y las clases de la alta alcurnia combinaban el pudor y la lisonja presumiendo sus galas en toda ocasión, incluso en las corridas de toros en que se lidiaban hasta 20 vacunos o en la simple y vistosa visita a las numerosas pulperías y tiendas en que el bullicio y el colorido reflejaba lo auténtico de una ciudad que sentó las bases para el presente.

Se consumían en la ciudad de Zacatecas cada año 19,500 cargas de harina, 40,000 carneros, 100,000 gallinas, 6,500 puercos, 4,300 toros, 1,412 cargas de huevo, 53,000 arrobas de manteca de puerco, 7,000 cargas de piloncillo, 50 bultos de canela, 750 tercios de cacao provenientes de Chiapas, 53,000 kilos de azúcar, 1,300 botas de cebo negro, 1000 barriles de aguardiente y 250 de vinos de parras, 7,000 kilos de queso, 250 tercios de aceite, 7 barriles de almendra, 160 balones de papel, 1,200 cargas de sal de Colima y San Luis Potosí, además de pimientos, pescado seco, frijol, lenteja, garbanzo, arroz, según Joseph de Rivera, nuestro primer gran insigne historiador zacatecano.

Ante la devastación, el gozo de ser, una ciudad, un estado, que jamás tuvo el encono por seguir hacia adelante y dándole una imagen ante el país y el mundo que nunca han de olvidar las generaciones venideras.

Mientras tanto el hampa de la politiquería barata asume la condición bajuna de conspirar, defraudar y prepararse para nuevas elecciones. ■

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