Subjetivaciones rockeras / De subjetivaciones y comprobaciones científicas

Subjetivaciones rockeras / De subjetivaciones y comprobaciones científicas

De todos nosotros es sabido que el rock, desde sus orígenes, ha sido vapuleado, sobre todo por aquellos que lo desconocen y se niegan de manera rotunda (desde su derecho de hacerlo) a conocerlo un poco más a detalle. Siempre he creído que suponer o creer desde la ignorancia puede ser válido, lo que no se vale es afirmar desde el desconocimiento total, es decir, reprobar o rechazar algo de antemano, sin conocerlo, lo único que deja al descubierto es una serie de prejuicios y una marcada intolerancia, y eso definitivamente no abona en nada positivo. Total, si no me gusta el rock, o cualquier otro estilo musical, y no me afecta en lo más mínimo, creo que lo más prudente y sano es ignorarlo. La anterior es una reflexión que tuve tras escuchar una serie de comentarios acerca de la música, que por ser respetables no significa que los comparta.

La expresión musical, como todos lo sabemos, es una manifestación artística (y no me pienso meter en el detalle de que si es de las altas, bajas, bellas o populares), y en ese sentido puede ser objeto de una reflexión y análisis estético, debido a que su punto focal, como el del resto de los ejercicios artísticos, es el de los sentidos. Esto conlleva, desde mi particular punto de vista, a suponer que si bien se pueden formular juicios estéticos, en la inmensa mayoría de los casos éstos no dejan de responder a una valoración personal, son la manifestación de aquello que acontece en nuestro interior cuando confrontamos detenidamente una obra artística (de la naturaleza que sea), y en ese sentido no dejan de ser subjetivos. De hecho, lo que este servidor opina sobre grupos, temas, movimientos, etcétera, no deja de ser una serie de valoraciones muy particulares acerca de lo que me gusta o me disgusta, sujeta a ser compartida o rechazada, enriquecida o cuestionada, de allí el título de mi participación.

Por lo anterior, cuando alguien dice, en la sintonía de los músico-terapeutas, que un determinado género o estilo musical provoca tal o cual reacción, me parece que lo que escuchamos es una serie de afirmaciones muy aventuradas, incluso si esas aseveraciones están, como luego nos suelen decir, “científicamente comprobadas”. Y esto lo digo por lo siguiente: hay personas que no toman café ni por equivocación, ya sea por falta de costumbre, porque no les gusta o por las reacciones fisiológicas que puede provocar en ellas, sin embargo, eso no significa que esas reacciones sean generales y que todos invariablemente las tengamos, ya que habrá otros (como su servidor) que sienten que si no toman una o varias tazas de café durante el día, andarán como sonámbulos; a algunos les quitará el sueño, a otros se los inducirá. Si eso pasa con una sustancia física que actúa de manera directa en el cuerpo, ¿qué será con las manifestaciones artísticas, que son en su mayoría intangibles?

No vamos a negar que pueden llegar a darse coincidencias muy amplias sobre el hecho de que algunos estilos en realidad tienen muy poco de positivos o que son en definitiva nefastos y de que hubiera sido mejor que no existieran, sin embargo, incluso esas suposiciones, por extendidas que sean, no dejan de ser meramente personales; de hecho, yo no me atrevería a pensar que todos los que escuchan narco-corridos sean narcotraficantes o tengan esa tendencia, o que todos los que disfrutan del reguetón sean proclives a tener relaciones sexuales como los perros (de hecho, por eso su baile se llama perreo ¿o no?) o a tomar actitudes misóginas y a ver a las mujeres como a papel sanitario; pensar que así sucede con todos los que escuchan esos estilos musicales es un prejuicio que, como una ficha de dominó, puede llevarme a tomar una postura intolerante y, posteriormente, a otras actitudes en consecuencia.

Habrá quien piense que la música de Richard Wagner contiene un trasfondo racista, pero independientemente de que lo tenga o no, habrá otros que al escuchar sus obras se sientan transportados a la gloria. Lo mismo sucede con todos los estilos musicales y, por qué no decirlo, artísticos. Sé que hay muchas personas que del rock no soportan el metal, mucho menos otros géneros como el black o el grind-core, y que al escucharlos se sientan alteradas y se pongan casi de inmediato de malas, no obstante, están los que sí los disfrutan, o disfrutamos, y a nosotros está lejos de que nos puedan alterar, además, el hecho de que yo escuche y disfrute de esas expresiones sonoras, no me convierte de facto en un drogadicto o en un satanista, y que por consiguiente, me den ganas de ir a quemar iglesias y a practicar rituales satánicos, nada me parece más absurdo; tampoco puedo negar que haya quienes sí tengan ciertas tendencias a la catarsis, pero eso no nos permite generalizar.

Tratar de definir, aunque sea “científicamente”, los efectos que provoca un estilo musical determinado me parece que va en la dinámica positivista y desgastada de tratar de encontrarle una función o utilidad al arte, con todos los peligros que ello conlleva. No dudo ni tantito que haya otros géneros musicales que de forma definitiva, en la inmensa mayoría de los casos, expandan nuestra sensibilidad, nuestra capacidad receptiva e incluso, por qué no, nuestra inteligencia, entre otros muchos “beneficios”, y que, de hecho, tales efectos también tengan una comprobación científica, incluso que tales efectos provoquen reacciones somáticas sorprendentes, no obstante, ni en esos casos creo que sea conveniente la generalización. La música, invariablemente, provoca efectos, pero pienso que tales efectos no son siempre los mismos incluso en un mismo individuo, la canción que ayer me gustaba y me iluminaba el día, por bella que sea, mañana me lo puede arruinar; creo que muy pocas personas adultas siguen disfrutando con la misma intensidad la música de que niños les gustaba. Por último, pienso que debemos estar atentos en no confundir -especialmente en temas como el del arte- una opinión personal con una ley universal, ya que incluso éstas tienen sus excepciones. En fin, son tan sólo subjetivaciones.

 

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