La impotencia de la ONU ante la economía de la muerte

La impotencia de la ONU ante la economía de la muerte

¿Qué tanto la ONU puede tener efectividad si no tiene forma de hacer vinculantes sus resoluciones? No tiene la fuerza de un Estado planetario que pudiera reprender a los países que incumplan los protocolos. La primera gran discusión ha sido sobre cambio climático, pero lo mismo vale para crisis humanitarias por la migración, los refugiados por conflictos bélicos o las emergencias por enfermedades contagiosas.

En el caso del cambio climático, es paradigmática la conducta asumida en el tema: hace 20 años se decía que la llamada “forma de vida americana” que consume la mayor cantidad de energía por persona era no-generalizable a los 7 mil millones de habitantes del planeta porque eso implicaba que tuviéramos 8 planetas-tierra para sostener ese modo de vida. Por tanto, se declaró la inviabilidad ecológica de ese modo de desarrollo, y con ello, se asumieron compromisos para que construyeran formas alternativas a dicho desarrollo. Sin embargo, a la vuelta de unos pocos años, vemos que mil 200 millones de chinos se incorporaron a ese modo de consumo y ahora es de las naciones más contaminantes del planeta. Es una economía emergente que creció por arriba de 10 por ciento anual, pero el crecimiento económico se convirtió en factor de calentamiento global; en suma: la absoluta contradicción entre crecimiento económico y sustentabilidad.

Así las cosas, caímos en la cuenta que la única vía para salvar al planeta de las consecuencias nefastas de ese modelo de crecimiento era cambiando nada más y nada menos que el proyecto civilizatorio. Y surge la pregunta: ¿la ONU ha caminado en ese sentido? Los protocolos de disminución de Gases Efecto Invernadero (GEI) son incumplidos con el argumento de que hacerlo significa disminuir el crecimiento de las naciones desarrolladas, porque están basadas en energías fósiles.

Las energías fósiles son aún 80 por ciento de la energía que mueve las economías. Y no hay fuerza mundial organizada que obligue a los países desarrollados a disminuir sus emisiones. Aunque los estudios conocidos muestran la contundencia del origen humano del cambio climático, las grandes multinacionales siguen afirmando que sus “científicos” les dicen que el calentamiento global no tiene causas humanas, para neutralizarlos señalamientos sobre ellas. Y como estas multinacionales están detrás de los gobiernos de los países ricos, la ONU resulta nulificada en sus intentos de ser efectiva. Además, como la inversión que se requiere para impulsar las energías limpias es gigantesca, no están dispuestos a sacrificar sus tasas de ganancias. El proyecto civilizatorio del capitalismo salvaje está llevando al planeta al precipicio: es la economía de la muerte que se expande, mientras la ONU hace llamados impotentes para detener su funesta acción. Ya nos dirigimos a 2050: fecha apocalíptica de la cual no habrá camino de regreso, nos lo dicen los científicos y los activistas ambientalistas con insistencia, pero los 120 países reunidos en Nueva York no pueden parar o cambiar el rumbo de la estructura económica que devora el milagro de la vida.

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