El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

Guardería

Por fin este jueves acomodé a Jimenita en guardería. Las instalaciones no son la gran cosa, pero al menos ya podré ir a trabajar con más tranquilidad. Además yo iré a dejarla y recogerla todos los días. Eso para mí ya es buena ganancia.

Vuelvo a pensarlo y me doy cuenta de que hice bien y que en realidad no me quedaba otra opción: Julia se ha montado en su macho de que seguirá trabajando en el despacho del contador González, de que no va a tirar a la basura su carrera comercial y los años que le dedicó. Ni hablar: la conocí luchona, empeñosa. Recuerdo cuando éramos novios e iba por ella a su hora de salida de la academia Excélsior. Hace más de cinco años de eso: yo me colocaba en un rincón, a un lado del cajero electrónico, el jardín y la escalinata de concreto, y me entretenía viendo la pelusa bajar por entre los rayos de sol que se colaban hacia la hierba.

En mis pláticas con Julia le auguraba un mejor futuro: si era necesario, podíamos mudarnos de Hermosillo y calarle en Arizona para tener una mejor calidad de vida. Yo ya pensaba en boda, sí, para qué lo negaba. “Estoy seguro que de nuestra relación saldrán sólo cosas buenas”, le decía y repetía hasta emborracharla.

Me casé con Julia y poco después del año después nos enteramos del embarazo. Yo quería niña, una Julita; mi esposa pensaba en niño, lo adivinaba al mirar sus ojos pero ella no quería aceptarlo. El cielo me favoreció, y fue fabuloso enterarme del sexo de la bebé por boca del ginecólogo en la cuarta o quinta consulta, frente a la pantalla albinegra donde él dibujaba el contorno de la cabecita y la longitud de la columna vertebral.

Fui el papá más sonriente con el nacimiento de mi Julita, aunque luego la mamá me rechazó el nombre y tuve que registrarla como Jimena. Es mi Jimenita preciosa, mi chiquirrina diamante, por la que han valido la pena los trámites para ahora meterla a esta guardería.

Como quiera, mi suegra ya no tendrá que batallar con mi bebé. Bastantes fueron estos tres meses de molestarla con el favor, cuando sus rodillas le duelen a cada rato. “Ya ni la friegas”, le decía yo a Julia hace unos días, “tu mamá no tiene porqué estar cuidándonos a Jimenita”. “Arregla lo de la guardería, pues”, contestaba.

Ya estuvo, gracias a Dios. Como dije, ahora seré yo quien la lleve y la traiga a mi chiquirrina ojos de café tostado. Julia insistía en que nos repartiéramos los días para que no vaya por la niña hasta las cinco de la tarde, pero yo quiero estar más tiempo con mi niña bonita, así que ya le dije a la mujer que yo me hago cargo. Además me dicen en la guardería que como a eso de las tres ponen a los niños a dormir la siesta.

La quiero mucho, daré yo mi vida entera por el futuro de Jimena. Quiero esforzarme más para darle lo que se merece, para llevarla a clases de ballet cuando cumpla siete años, para que vaya de mi brazo en su fiesta de quinceañera, para que encuentre un buen hombre al que la entregue el día de su boda, para tener nietos tan hermosos como ella.

Vaya, estoy delirando demasiado. Vivo en el futuro, en lo que pasará dentro de muchos años, y no quiero darme cuenta de que apenas comienza la vida de mi niña, de que apenas es 4 de junio de 2009.

Son las cinco de la tarde, me bajo de mi nube. Voy a casa a ver a mi niña y a darle a Julia la buena noticia de que ya acomodé a Jimenita, de que ya hay quien sepa cuidarla. Mañana será un gran día, me repito. Mañana viernes será el primer día de mi hija en la guardería ABC.

 

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