PREMONICIÓN. SOLEDAD. LAGRIMAS AL CIELO

PREMONICIÓN. SOLEDAD. LAGRIMAS AL CIELO

En el sonido ambiente la canción “lágrimas al cielo” de Eric Clapton. Al fondo del restaurante una mujer llora y se enjuga las lágrimas con la servilleta. Su mirada fija al frente. Sin ver nada, perdida. Escurren más lágrimas y las limpia con sus dedos. Está triste. Es joven. Sola.

Cuando eso pasa, a quien le importan las noticias de hoy, de ayer. A quién diablos le importan las cosas importantes del estado o del país o del mundo. Solo con la soledad de los recuerdos lo mejor son las lágrimas. Eso que no se puede superar ni con el alcohol solo las lágrimas lo remedian. Apaciguan, aquietan el interior.

Dicen que hay dolencias de diversos tipos y calibres. Que no son iguales todas, sostienen los que saben. Muchos dicen que el pasado puede doler, pero otros que el presente también y mucho.

Mi madre hace días en su casa de la ciudad de México nos convidó a que cuando tuviéramos tiempo nos viéramos para conversar con ella. Para eso aprovechó que estábamos presentes Pedro, Eloy y yo.

El día llegó y fue el pasado sábado cuando pasé por ella a su casa. Vive cerca de mi domicilio. La cita era a las 15 horas en un restaurante conocido en la colonia Condesa. La especialidad de ese lugar es el buen vino de mesa y los cortes de carne.

A mi madre la apoyé al subir y al descender del vehículo también. Ella cumplirá 84 años ahora en noviembre. Lúcida mentalmente no tiene empacho en abordar de frente y hablar claro cuando se necesita. Ella dice que está ya muy vieja que para qué se esconde al hablar claramente.

Con esta filosofía nos sentamos a esperar la llegada de los dos hermanos que acordaron llegar al sitio. Debo decir que somos cuatro varones de once hermanos y hermanas que vivimos. Rodolfo el hermano menor no fue convocado por la señora.

Al estar los cuatro a la mesa nos dispusimos a ordenar bebidas para iniciar la conversación. La madre pidió un tequila doble con sangrita y limón para acompañarla; Pedro y Eloy pidieron una botella de vino tinto uruguayo. Ellos dijeron que es de los mejores. Yo ignoro de vinos y esas cosas de la catadura y demás ritos.

Tomé agua mineral. Desde hace casi siete años no pruebo una gota de alcohol o algo semejante. Cuestión que me prometí a mí mismo y luego para que supiera Ema, mi compañera, un par de años antes de morir.

Transcurrieron un par de horas, entre anécdotas del rancho y Fresnillo, luego nuestra llegada a la ciudad de México. Las penurias de ellos al venir a la capital del país en búsqueda de cura para las enfermedades que padecía en esos años, doña Socorro.

Llego el tiempo de hablar del propósito central de la invitación a comer.

“Hijos, los quiero ver juntos y los quise juntar para hablar con ustedes. Miren yo ya estoy vieja y no tardo en estirar la pata, en morirme…y si quiero irme sabiendo qué piensan ustedes de mi forma de ser y comportarme con ustedes.

“Yo fui una persona que no estudió y no tuvo preparación para ser, tal vez, una buena madre con todos mis hijos. Principalmente con ustedes los grandes.

“Quiero que me perdonen  porque la mala madre que fue con ustedes, por los golpes que les di, según yo para educarlos…pero tal vez ustedes lo vieron y lo ven mal ahora. Fui una mala madre porque no le di lo que ustedes se merecían. Su papá y yo les dimos los que tuvimos. No tuvimos riquezas y eso fue lo que pudimos darles.

Mientras hablaba, cuando menos a Eloy y a mi si nos desanudó la garganta y lloramos. Pedro la observaba sin decir nada. Estaba a su lado derecho.

No terminaba de completar su idea, y la interrumpí. Yo creo que es la mejor madre que hemos tenido, no hay otra y si vino un golpe a tiempo fue para reencausarnos y hacernos saber que algo andaba mal y deberíamos caminar por la senda de los valores y la moral que se no había inculcado. Le dije que no hablara de sí misma así…que la amaba y que yo la quería así como era y había sido.

Tomé y besé sus manos artríticas testigas ambulantes del enorme trabajo desarrollado durante su vida.

Eloy acompañó mi dicho y afirmó con sus palabras que era la madre mejor del mundo, nuestro mundo.

Luego soltó sin avisar: “No tardo en morirme y por esos quería que ustedes me perdonaran de mi forma en que los traté”.

Pedro rompió su compostura y lloró.

“Fui lo que pude ser y ustedes puede decir que fui mala madre, pero así fueron las cosas y a veces me siento mal…”. Doña Socorro no soportó más y lloró también.

Pedro la tomó por el hombro y le dijo: “Jefa no se preocupe, si se muere sepa usted que nosotros la queremos como es y así nos fue bien.”

Cambiamos la plática para no inundar con nuestras lágrimas ese lugar público donde y comenzaban a llegar otros clientes.

Mamá recordó cuando Elodia, la hermana que me seguía en edad, se murió y que previo a eso, ella y papá pasaron calamidades de todo tipo en San Luis de Abrego y que tuvieron que salir del rancho e irse a San Marcos a lavar y a trabajar en casas ajenas.

Elodia era la más pequeña de los hermanos y comenzó a estar enferma. Esa era otra de las razones por la que nos mudamos.

“Un día que me fui a lavar al sauce y dejé a mi chiquita con tus hermanas las grandes para que la cuidaran. Al regresar la fui a ver y ella me estiraba sus manitas en señal de que quería que la agarrara…yo la toqué en su frente y tenía la calentura muy alta. Resollaba su pechito muy feo y le pregunté: mi chiquita no te mueras yo te amo…ella movió su cabecita como diciendo que no. Su papá no tenía trabajo y andaba de mediero. Eso, hijos, no más de acordarme me rompe el alma aún a esta edad…”.

El habernos salido de allá, fue lo mejor que pudimos hacer. Mucha gente de por allá me decían cuando ya nos íbamos a Fresnillo: mmmmhh, ajá, ya parece que de esos muchachillos va a sacar licenciados…y miren donde andan ustedes. La mayoría terminó la universidad y todos bien”.

Su presunción de pronta muerte nos hizo añicos la dureza. A mis adentros me he comenzado a preparar para una eventual partida sin retorno de mi madre.

En otro orden de ideas, y como si todo se juntara y el tiempo y las circunstancias lo predestinaran, el miércoles dirigí un último mensaje por iPhone a una mujer que amé, amo y amaré. Enviudé hace cinco años.  Ella se casó, muy a pesar de que habíamos prometido no decir adiós.

 

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