El sureste mexicano expone su acervo artesanal en la Fenaza

El sureste mexicano expone su acervo artesanal en la Fenaza
  • Comerciantes de Chiapas llevan a la entidad la variedad que tienen en productos textiles
  • El trabajo que se realiza no es sencillo, toma su tiempo y esfuerzo, comparte López Meza

Cinco años atrás, las ventas en la Feria Nacional de Zacatecas eran entre 30 a 40 por ciento superiores a las que actualmente pueden lograrse, aun cuando se contrata una mayor área para la exhibición de artesanías. Con todo, todavía queda un margen para que el esfuerzo valga la pena, comenta Juan Gabriel López Meza.

“Para nosotros los primeros años fueron mucho mejores, ahorita las ventas han bajado un poquito pero siempre sale para los gastos y todo”.

El joven de 25 años es integrante de una familia tzetzal representada en dos generaciones, que desde Chiapas visita el estado desde hace un lustro para exponer en la Fenaza, productos textiles: blusas, huipiles, vestidos, bolsas y carteras, bordados o realizados en telar de cintura;  bisutería fabricada en semillas y fibras naturales, chaquira, azul turquesa y ámbar de Simojovel y alcancías, cajas y otros objetos de barro pintado y barnizado de Guerrero.

Seis integrantes: abuelo, abuela, padre, madre y dos nietos, de casi 50, 46, 25, 21, siete y dos años, viajan y colaboran juntos, para vender.

Tienen su hogar en San Cristóbal de las Casas, al que vuelven para apoyarse en un sistema de  relevos, apoyado en una especie de cooperativa a la que se integran dos agrupaciones: La Florecita y Mujeres Tejedoras, que en conjunto suman alrededor de 250 personas, en su mayoría mujeres, las cuales se dedican a la manufactura de piezas textiles, mientras que los varones promueven los productos, en una división de trabajo todavía tradicional.

“Las mujeres tienen miedo a salir o lo hacen en compañía del esposo. No es machismo pero es como que las mujeres se sienten más seguras así”, comenta Juan Gabriel.

Exponen en venta, las labores manuales que sus ancestros les enseñaron, ahora adaptándolas a nuevos diseños, porque los cortes rectos y los diseños sencillos, dice, que eran usanza, reclaman en otros contextos culturales y temporales nuevas variaciones. Así es como responden en su organización a la “competitividad” que reclama el mercado.

“Lo que nosotros estamos buscando es sacar blusas estiladas pero no perdiendo la esencia del tejido y el bordado”.

Lo que no cambia un ápice es el colorido diverso e intenso, y la laboriosidad con que se plasma en bordados el mundo indígena y el entorno natural del sureste mexicano.

Agrega el artesano que aunque su familia produce su propia artesanía, en su caso son depositarios del hacer del telar de cintura y el bordado en punto de cruz, no sería posible que únicamente sus piezas conformaran el muestrario necesario para la venta, por lo que además, han integrado piezas y vínculos con otros artesanos de otros estados de la República, como el caso de los de Guerrero.

“Ahorita venimos de San Luis, estamos acá, y quizás para noviembre tendremos otro evento”, comenta sobre la manera en la que recorren el país de feria en feria”.

Le gustaría, que la gente que se interesa por sus productos entendiera el trabajo que está detrás de estas piezas, destaca de entre ellas, la más alta de precio, un huipil de mil 200 pesos, para el que la mujer que lo hizo tuvo que invertir dos semanas de trabajo.

“Toda la artesanía que traemos es hecha a mano, salvo algunos casos en que metemos máquina. Pero mucha gente no la aprecia y piensa que es muy fácil”.

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