El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

Aunque la realidadactual nos muestra que cualquiera puede tener el mando, en realidad no cualquiera sabe tener el mando. Posibilidad y sapiencia provienen de verbos distintos que en la práctica revisten consecuencias bastante opuestas. Ya los romanos lo dejaron dicho con claridad: No puede mandar quien no sabe obedecer; quien no sabe tener imperio sobre sí, para empezar. Y Platón y Aristóteles lo declararon antes que los aguerridos habitantes del Lacio.

Ante todo, llama mi atención esa mediocridad tozuda con que ahora muchos funcionarios (gubernamentales, académicos, de empresa e incluso de asociaciones civiles o religiosas) de alto y medio pelo busca lucirse montando en su trinche tortuga, levantan el ego de su camisa o blusa y enaltecen su ego de tres centavos, la autoestima deteriorada que ahora sí quiere darse gusto. Para empezar, sólo como aperitivo de cíclope, se cuelgan el nombre del superior aunque en el fondo les importa un rábano ser leales, leen absurdas cartillas, exigen lealtades, ponen murallas, disfrazan afanes, establecen su coto, pobre cotito, exprimen ubres y hasta barros y espinillas.

Los armadillos torpes creen que acelerarán el ritmo en su carrera de puntapiés acompañados de puñaladas traperas y llegarán al pináculo con lo poco que creyeron aprender de las películas sobre los Corleone (Keep your friends close, but your enemies closer) y cualquier libro sobre 48 leyes del poder. Creen a pies juntillas eso de que la mejor defensa es el ataque, por eso le entran al asunto de la chingadera: chingan un día sí y al otro también joden. “Primero mis dientes, después mis parientes. Yo puedo presumir que afortunadamente no tengo amigos. Otros roban más que yo. El poder es para usarlo”.

Luego viene el arcoíris pleno de mochadas y contramochadas, el gran tianguis de “paros” convenencieros, la memoriosa acumulación de favores, los que me debes, los que te debo, los que me has de pagar cuando lleguen las campañas o quieran chingarme, me vas a pasar el diez por ciento, el quince en esta movida porque no a cualquiera se la asignan.

Y qué decir de las pobremente gloriosas máximas cliché: “Antes de que me empujen al vacío, mejor me lanzo para no darles el gusto”, “Si llegan a fregarme te llevaré entre las patas”, “Ni te imaginas en qué niveles ando”.

Saber tener el mando es en realidad una realidad muy alta, muy superior a esas grillas naranjas, verdes, amarillas, maduras y sobre todo inmaduras: pleitos de preescolar, leyes del hielo en escritorios contiguos, berrinches estúpidos dictados por la envidia, la venganza o los impulsos y favores sexuales.

Saber tener el mando va más allá del discurso dominguero, confeccionado con agujas especializadas y ya no cotidianos alfileres del cuarto de guerra. Trasciende el rollo triunfalista o ahora, moda de modas, el motivacional, al estilo de las más cursis películas gringas donde hay música de fondo y la exhortación tan facilona como dramática.

Saber tener el mando es, por encima de todo, lo que necesita la gran comunidad en la que vivo. ¿En qué beneficia a las familias de mi entorno el que un político le dé en la madre a otro? Enroques, enfoques, embrollos, escollos, repollos, cabellos, macabeos acuartelados para hacer barbacoa del otro en cuanto se deje.

Ojalá que el estado en el que vivo, el país en el que vivo, tuviera verdaderos estadistas y no meros gobernantes. Ojalá que los burócratas realmente conformaran el equipo que se dice que conforman. Ojalá que los empresarios emprendieran más y mejor. Ojalá que los estudiantes dejaran de estudiar para empezar a analizar y transformar positivamente. Ojalá que los profesores realmente nos comprometiéramos a prepararnos mejor, de verdad, en vez de roer del modo más mediocre el pobre huesito. Ojalá que los papás realmente contribuyéramos a la seguridad pública mediante la educación a nuestros hijos. Ojalá que nuestras plumas realmente movieran a la reflexión y la acción. Ojalá que todos supiéramos, de veras, saber tener el mando.

Ojalá que tanto idealismo sirva de algo hoy.

 

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