El Canto del Fénix

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Los niños de Las Morismas

Tienen seis u ocho meses y la boca puntiaguda. Tienen dos o tres años y llevan cubiertos los tobillos con un forro blanquecino de piel. Tienen el primer lustro pasado y caminan jalados por turcos o cristianos que marchan con igual ritmo. El toque de ternura, el más humano en la representación zacatecana de anacrónicas luchas de moros y cristianos, está en la presencia de los niños de Las Morismas.

Un infante de ojos cerrados cabecea entre brazos de su padre, un joven de 22 o 23 años con barba mal pintada y chongos artificiales. Un vivaracho minusválido de ojos inquietos y brazos que se mueven con energía viaja sobre una silla de ruedas. Una princesita cristiana de unos nueve años reparte recuerdos entre el público que aplaude al convite. Todos los uniformados llevan más de una hora desfilando por las calles de la capital de Zacatecas: aun así todavía les faltan las batallas a campo abierto.

Admiro a los participantes de las tradicionales Morismas de Bracho pero más a sus pequeños. Los veo desde una acera de la avenida Hidalgo: la manita blanquísima de un recién nacido, falanges apretadas en puño, asoman por encima del pecho de la mamá. Aprecio también al de cuatro o cinco años ataviado con un trajecito naranja con negro, turco que avanza con zozobra. Una niña carga un rifle reducido, otro infante aprieta una escopeta de plástico comprada en juguetería, otro niño de brazos parece exhibir el biberón cuyo contenido acaba de vaciar.

Veo en todo el conjunto una fe inquebrantable en el patrono Juan Bautista, una lealtad al legado paterno y un compromiso inquebrantable por cuidar la tradición y continuar sosteniéndola a través de las generaciones. Me dicen que el número de uniformados sobrepasa los 11 mil comprometidos, y entonces considero que en ese desfile deben estar al menos 500 infantes en los que se deposita desde ahora la riqueza de este final de agosto zacatecano que se repite con fervor enorme.

Los niños de Las Morismas son bebés que aún no saben caminar pero ya van disfrazados de miembros de infantería. Aún no saben hablar y algunos van disfrazados del predicador israelita que vestía pieles y comía chapulines. Aún no saben qué es un árabe pero despliegan magnificencia morisca en su vestuario y actitudes, las que aprenden de los mayores que los rodean.

Los de Las Morismas son también niños de ocho años que empujan cañones por los empedrados que terminan en ese extremo llamado Bracho. Son mejillas suaves en las que se recargan fusiles, manos inocentes que sostienen otros tipos de armas. Son la continuación de una fe que no se cuestiona y una militancia que a nada concede tregua.

 

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