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Sirvientas en Zacatecas luchando por sus derechos

Sirvientas en Zacatecas luchando por sus derechos

■ Historia y poder

Sin duda alguna en mis incursiones a los archivos y bibliotecas de nuestra ciudad me asombran los datos en que las sirvientas o domésticas han tenido un papel relevante en la vida civil de nuestros siglos acumulados y uno no deja de admirarse por lo sufrido de su condición, su maltrato constante, su número olvidado en la lista de dios y las proclamas libertarias.

Pero todo lo apuntamos fehacientemente en los registros en que nuestra ciudad creció y desde los informes de los gobernadores antiguos hasta en los más mínimos reportes de nuestras municipalidades en que eran  registradas en una ley laboral que trataba de impedir el maltrato, la disminución de sus derechos o su eliminación mediante sus bajísimos salarios y su condición de semi-esclavas.

Desde siempre se consideró a las sirvientas zacatecanas como uno de los niveles más bajos en la escala del salario y muchos amos españoles las utilizaban dentro de toda una gran gama de quehaceres por demás sufribles, pues a toda hora debían estar dispuestas a las exigencias de sus esposas, muchas de las sirvientas o domésticas eran esclavas negras, indígenas naturales y un buen número de ellas también provenientes de las etnias tlaxcaltecas que inundaron nuestro territorio “para dar ejemplo de civilidad a nuestras hordas chichimecas naturales”.

Al paso de los años se les pedía un fiador que respondiera por ellas, es así que hacia 1892 había un registro de 281 sirvientas en nuestra ciudad y que dicho  fiador “viviera dentro del municipio” para que en caso de robo, enfermedad o huida, respondiese ante la falta y vi casos en que muchas de ellas eran acusadas de superchería, aborto, infanticidio, robos a los patronos y algunas de ellas que cansadas de los maltratos se metían a la prostitución como último remedio para el sustento.

En el año de 1856 las sirvientas Josefa de León, Romana Jara y Cipriana Romero dieron el domicilio en el Callejón Lujano en donde las autoridades municipales podían mandar oficios de enterados o de notificaciones acerca de una petición que ellas mismas hicieron: el cese a los maltratos, el pago puntual de sus jornales y que cuando menos” se les dejara salir un día a la semana a pasear por la alameda” o visitar a sus familiares.

En testamentos de los curros zacatecanos muchas eran mencionadas en calidad de esclavas o con deudas a las que se les debía cobrar por generaciones; el abuso sexual, los latigazos y azotes era el común denominador y su edad permitida: desde los 12 años hasta los 70, todas con registro, todas en una condición por demás humilde en la que tenia diversas obligaciones elementales: el tendido de camas, barrer y fregar pisos, preparara los alimentos, lavar la ropa, atender a enfermos y un sinnúmero de actividades agotadoras.

Por ello las autoridades municipales de 1865 instalaron un código a manera de ley laboral en la que se exigía a los patronos el cuidado y esmero para alentar el trabajo “en casas” de las muy numerosas demandantes que al tener necesidad también se empleaban en panaderías, negocios de comida, mesones, establecimientos comerciales, minas, carnicerías o en lo que fuera.

Algunas de ellas también fueron víctimas del asedio y el rapto a la hora en que las mansiones de ricos eran saqueadas por las muchedumbres hambrientas y en los caos de las rebeliones. En la actualidad se prevé que hay alrededor de unas 2000 sirvientas que están en situación precaria y que poco se sabe de su situación de mejoría laboral. Saludos a todas ellas. ■

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