El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

La paciencia, ese árbol odioso, es también muy necesario. Que se larguen a la porra los automáticos, los magos, los ilusionistas, los estúpidos que insisten en mostrar que todo llega peladito. Que se larguen los vendedores de milagros, de abonos prometedores, de discursos ligeros. El camino nunca estará libre de fisuras ni salientes. La jornada implica friega, demanda un riego de sudor y pasos que aminoran su ritmo. El árbol, pues, debe seguir su crecimiento en el centro, rodeado por el resto de tus cultivos.

La paciencia es árbol de frutos muy acerbos, púrpuras, fibrosos pero sin néctar. Puedes golpear a la puerta durante toda la noche: ni la frecuencia ni la fuerza te traerán más pronto la madrugada. No se arrastran las grandes columnas, los pórticos que sellan al sedimento de los siglos. No se desentierran los cimientos para que sostengan nuevas realidades, panoramas que precisan sus propios fundamentos. La savia es sustancia lenta y hasta el sol tarda en calentar el suelo.

Las ramas de este árbol no son bellas, ni lozanas, ni ejemplares. Su coloración grisácea recuerda más a las patas de cuervos asesinados, a las orugas sin color y en extremo delgadas, a las tripas de cenzontles reventados por ruedas de carreta. No hay simetría en las derivaciones de estas ramas, en sus nuevos brotes. No hay en ellas proporción áurea ni patrón oculto.

Las hojas del árbol de la paciencia son más cónicas que planas, más espinosas que suaves. No sirven para un té ni para hacer con ellas chiqueadores. No son astringentes ni curan cefaleas. No ayudan siquiera a hacer o deshacer un encantamiento.

El tronco es lo más anodino que podemos encontrar. Si se le pellizca no brota nada lechoso, ni dulce, ni siquiera visible. El viento sacude a esa extremidad a su antojo, no hay grandes esperanzas para conservar. El tronco sólo es mínimo sostén para el follaje, mero pretexto que jamás llega a ser notado. No hay promesa ni esperanza ni desafío con recompensa multiplicadora.

De la raíz, mejor ni hablemos. No la desenterremos, no tiene sentido, no valdría tanta pena. Si la paciencia no es redituable en un corto plazo, menos lo es su venerío profundo, su mapa de hilos enclenques. Tiene más valor material la tierra circundante.

Sin embargo la paciencia debe estar en medio del jardín. Alejemos la plaga del árbol, podemos con vigor aunque las hojas no lo agradezcan, empuñemos el azadón para hacer espacio a la vida en su parte inferior.

La paciencia debe ser cuidada, tolerada, incluso amada. Debe ser el eco del jardín que comenzó como un espacio: nada estéril, nada indigno, pero sí vacío.

La paciencia debe ser aquilatada para que gradualmente, sin saber ni cómo, en un instante vago podamos sentir aquilatada nuestra obra.

La paciencia debe ser vigilada sin presiones, sin fertilizantes, sin injertos. Es el único árbol que se antepone en importancia a ése de la ciencia del bien y del mal.

La paciencia es el único árbol sin propósito aparente. Ya verás que un día, a fuerza de tanto comprenderlo, despertarás siendo él, y verás alrededor tuyo cómo florecen todos tus demás cultivos.

 

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