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Tres situaciones inexplicables

Tres situaciones inexplicables

“Se escuchan murmullos. No distingo lo que dicen, sólo susurros.” Después el silencio de la noche que se volvía apacible conforme el frío aumentaba en las colindancias del desierto. Así, innumerables veces, desde niña, pegaba su oreja a la pared que separa el caserón de aquello que fungía como fábrica de ropa deportiva, con la intención de entender de qué iban las conversaciones y a la sazón contarle a doña Chayo de lo que hablaban los vecinos que, en resumidas cuentas, seguramente serían el tío Blas o alguno de sus dos primos. Tía Ana no acostumbraba a visitar la fábrica a esas horas; tampoco Analía, la prima. Los muchachos quizá, enrolados en tropelías de púberes con amigos o alguna novia provisional; el tío también podría estar allí, entretenido en juntas de trabajo con clientes. Durante años, Malinka no entendió tal obsesión de la abuela por querer saber el contenido de esas pláticas que, por más esfuerzo de su parte, llegaban a su oído diluidas en meros cuchicheos. Pese a que le parecía un acto de mala educación inmiscuirse en asuntos ajenos, aun tratándose de una sencilla entretención para tener un tema entre tamaña aburrición del pueblo, acataba las órdenes y en verdad se empeñaba, desde su inocencia, por entender qué decían al otro lado del muro. Siendo adolescente, un día le plantó cara a la viejecita para hacerle saber que no estaría dispuesta a meterse en asuntos que no eran de su incumbencia, menos si era algo relacionado con Blas o los primos. “Va, no son ellos los que hablan. Las voces son de mis padres muertos. Lo que quiero es que te digan dónde enterraron el dinero.”

“Ella está pidiendo estar conmigo, pero no es tiempo todavía. Tendrá su lugar a mi lado por el sufrimiento y el dolor que su enfermedad le provee.” Así fue el mensaje, con un registro tan lejano que antecedía a la voz de la mujer sentada frente a mí, y si acaso era de este mundo, conservaba un origen incomprensible, petrificado por mil glaciaciones que la memoria del hombre no ha sido capaz de nombrar. Sin aviso previo, recitaba, de manera textual, mis adentros personales —lo que anhelo, lo que amo y pienso, lo que soy—. Semejante desnudez nunca la había sentido; estaba expuesto ante alguien sin mediar antecedente alguno, sin otra cosa que mi consciencia. Entonces vino la descripción detallada de Teresa, la tía que se preocupó, cuando yo era niño, en enderezar mi pésima ortografía a través de la lectura de libros y el estudio de la gramática castellana. Luego, el paliativo: no iba a morir de momento y tenía su lugar en la Gloria del Señor. Dos años después de esa singular entrevista, viajábamos Malinka y yo por la autopista Arco Norte. Pensábamos pernoctar en Querétaro pero los festejos del bicentenario de la Independencia tenían la ocupación hotelera sin habitaciones disponibles. En San Luis Potosí, la situación fue la misma. Queríamos parar y dormir, pero nos vimos precisados a continuar el trayecto a Zacatecas cuando el reloj marcaba casi las once de la noche. Nos sorprendió que la carretera tuviera la oscuridad y la quietud de un paisaje lunar: el camino desolado me obligó a pensar en la orfandad del ser humano. Antes de llegar a casa, cenamos en un puesto ambulante de hamburguesas y nos fuimos a la cama a la una de la madrugada. A nadie anunciamos de nuestro regreso y mis padres pensaron que seguíamos de viaje, por eso intentaron comunicarse únicamente por celular, pero tanto el mío como el de Malinka habían sido olvidados en la Tiguan. Apenas habíamos caído en un sueño profundo cuando un golpe seco retumbó por toda la casa: el cuadro de un grabado de gran formato se había precipitado al vacío y estaba a los pies de la escalera que da a nuestra habitación, dejando cristales por doquier. Reparé en la hora y ésta sería la misma que se registró en el mensaje donde mi madre me ponía sobre aviso del descanso eterno de la tía Teresa.

“Jamás he tenido miedo. Sólo una vez y sucedió ante la presencia de una aparición.” El padre de Malinka, don Carlos, trabajó por varios lustros en la erradicación del gusano barrenador en una comisión conformada por México y Estados Unidos. Su profesión de veterinario en sanidad animal le hizo conocer la mayor parte del país e involucrarse en escenarios que serían inverosímiles de no haberlos presenciado. Recuerda que en una ocasión decidió no quedarse en Yahualica. Al terminar de cenar, subió a su camioneta y se encaminó a Nochistlán. No era tarde porque apenas anochecía. Había avanzado unos cuantos kilómetros cuando sintió que un bulto se acomodó a su lado, en pleno movimiento. No quiso, o no pudo, quitar la mirada de la línea que dividía el asfalto, pero su campo visual le permitió de reojo divisar el cuerpo que, inexplicablemente, a su diestra había encontrado reposo. Supo que, al menos, se trataba de una mujer y vestía con la clásica indumentaria negra, envuelta en un reboso. La aterradora realidad no le consintió contabilizar el tiempo, que le pareció infinito. Reaccionó con el impulso de aumentar la velocidad del vehículo hasta que, antes de llegar a Nochistlán, alcanzó a una camioneta grande, de redilas, que transportaba en su caja a un grupo de gente. Conforme acortó la distancia, la presencia desapareció igual como llegó. Asimismo, el terror se fue disipando y su cuerpo cesó de sudar frío. ■

 

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