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El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

María R. Murillo y el martirio en el lado “hereje” (Parte 3 de 3)

La despertaron varios gritos de Viva Cristo Rey. Sentía terribles escalofríos por todo el cuerpo. Se miró el par de hemorragias oscuras, una a cada lado de su torso. En medio de una luz que terminaba de estallar sobre el camino, divisó uno de sus senos colgado en un huizache, derramando sangre a cuentagotas. Buscando contener el horror, se volvió hacia el otro lado. Entonces, sobre un arbusto más grande, vio su otro seno, y unos metros a la izquierda reconoció al hombre que le hincó la rozadera, quien se restregaba las manos contra unas matas de salvia, para limpiarse.

Los disparos sonaron secos. Nadie gritó, nadie se persignó. Los otros cristeros, mano armada de Dios, ni siquiera voltearon a la salida de Huiscolco, donde quedaban exhibidos los senos de la profesora como escarmiento para cualquier otro docente que quisiera amenazar a los niños con sus clases; donde quedaba el cuerpo violado, golpeado, quebrado y mutilado de María R. Murillo. Que por gloria de Cristo arda bien en el infierno, pensaron con santidad los defensores de la fe a quien todo se debe, quien reina por los siglos de los siglos.

No pudieron impedir que pasaran frente a su víctima los niños que venían de comunidades cercanas para asistir a clases. Con profunda inquietud, paralizados, contemplaron esa piltrafa que un día antes era todavía profesora majestuosa, guía y fuente de conocimiento. Días después comentarían con susurros entre ellos cómo gemía ella, cómo temblaban sus pupilas, cómo la agonía la embellecía y al tiempo le quitaba brillo… hasta que horas después terminó de desangrarse y se apagó.

Por la tarde llegó su sobrino desde San Antonio por el cuerpo de ella. Lo envolvió en una sábana, tres personas le aconsejaron que se fuera rápido. Luego fue a la cabecera municipal a dar fe de los hechos. En el acta, el funcionario asentó que la profesora fue “sacrificada”, no asesinada.

Al día siguiente, el cura Cabral llegó a Huiscolco acompañado por los mismos cristeros y otros más. Pasaron por en medio de los arbustos que sostenían los senos sanguinolentos. Mosquitos zancudos y otros más diminutos se congregaban en torno a ambos órganos. Parecía que los improvisados combatientes de Dios miraban orgullosos lo cercenado.

In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti, levantó su voz el sacerdote al iniciar la celebración. Después Cabral cantó Ego confiteor, todos se pusieron de rodillas, llevaron sus diestras a sendos pechos. Al terminar gritó con más fuerza a todos: Ego absolvo pecatis tuis… La misa prosiguió entre rostros santificados por el perdón. Al final todos se persignaron de nuevo y cantaron con alivio y voz falsamente plañidera el Te Deum laudamus. El vientecillo de finales de octubre arrastraba barañas amarillas y naranjas.

 

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