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Todos somos macacos

Todos somos macacos

El futbol y el baloncesto, dos de los deportes más populares en México son noticia recientemente en segmentos no deportivos por la misma razón: el racismo.

En el caso del baloncesto, el protagonista es el dueño de los Clippers de los Ángeles, Donald Sterling, quien fue grabado en una llamada telefónica en donde cuestionaba aparentemente a su novia por haber subido a una red social una fotografía con el jugador afroestadounidense Magic Johnson; además de reconvenirla de no llevar a “sus amigos negros, a los partidos” (así lo reporta la prensa). Como resultado de una averiguación al respecto, Sterling fue suspendido de por vida de la Asociación Nacional de Baloncesto de Estados Unidos (NBA) y multado a pagar 2.5 millones de dólares.

En el futbol, tocó a Dani Alves, jugador brasileño del FC Barcelona recibir una ofensa racista el pasado domingo, cuando se disponía a ejecutar un saque de esquina y desde el público le arrojaron un plátano, lo que fue interpretado como el intento de un aficionado por equiparar al jugador de piel morena, con un mono. Alves recogió el plátano y lo comió, desarmando con elegancia, serenidad e ingenio al agresor.

A unos días de ocurrido el hecho, el jugador brasileño Neymar publicó en twitter una foto suya comiendo un plátano al que agregaba el texto “Todos somos macacos” que se convirtió en la frase que englobó el repudio contra el racismo. De entonces a la fecha muchos aficionados, deportistas, personajes de la cultura, etc, han repetido el gesto en señal de apoyo a Alves, y como manifestación contra el racismo. Entre quienes se solidarizaron están: Sergio “Kun” Agüero, David Luiz y Willian del Chelsea, el futbolista en retiro Roberto Carlos y Michel Telô, y hasta el escritor mexicano Benito Taibo.

Si bien en México no padecemos estas expresiones racistas en el terreno deportivo (al menos en ese nivel), no nos libramos de un lenguaje de dominación en otras esferas sociales quizá aún más preocupantes, como la del servicio público:

Una nota de la Jornada nacional del domingo 27 de abril, daba cuenta de que el director del programa Oportunidades en Aguascalientes, Luis Salazar Mora llamó “mugrosas” a las beneficiarias de este programa de la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL). Según la información consignada en la nota de Claudio Bañuelos, hace algunos meses en estaciones de radio de aquella entidad se denunció que Salazar Mora se mofaba de personas de condición humilde que asistían a la dependencia donde éste labora. El funcionario publicó en respuesta en su Facebook “Ñaca ñaca soy el asote (sic) de las mugrosas”. Actualmente sigue en el cargo, y ninguna autoridad ha sido capaz de explicarle que su condición es la de servidor público, de trabajador responsable de procurar la nivelación de oportunidades de sus semejantes, de sus iguales.

Si en los encargados de disminuir la pobreza encontramos un lenguaje racista, tampoco se salvan los grupos religiosos. Recientemente, en una reunión que por sus integrantes no lograba escapar del tufo religioso, escuché en voz de un misionero una anécdota intrascendente que quedó grabada en mi memoria porque en la narración esbozó la frase, palabras más palabras menos: “como son así rancheritos, no entendían…”.

La frase, el tono, la imitación grotesca del hablante original, hicieron tan evidente lo discriminativo, que un misionero de más experiencia reconvino al que había llamado mi atención: “no te expreses así, por favor”. El otro acató y se retiró, pero ya habían quedado patentes en sus palabras, los vestigios de los conquistadores del siglo XVI que evangelizaban para salvar las almas de quienes consideraban bestias.

Españoles, estadounidenses y mexicanos seguimos muy lejos del sueño francés por la libertad, igualdad y fraternidad. Algo de avance habrá en España y Estados Unidos que cuando menos han logrado sanciones legales y sociales contra los racistas. México siempre impune, pasa por alto los comentarios discriminatorios de funcionarios y al contrario, enquista en su sistema ese sentimiento de superioridad con su cara más benevolente: la caridad, mientras por otro lado castiga y recrimina a quienes luchan por justicia.

Así, se aplaude dar de comer a los pobres, pero no preguntar por qué no tienen que comer, se hacen coperachas legislativas para atenciones médicas excepcionales, pero no se hace nada por abastecer y ampliar el sistema de salud. Se brindan programas sociales asistencialistas y corto-placistas a “mugrosas” para que tengan pan hoy, y deseablemente hambre mañana, cuando sea necesario cambiarle su voto por una tarjeta de soriana.

Aunque afortunadamente no vivimos lo sucedido en los deportes mencionados, la verticalidad subsiste en México, y está presente en el más despreciable racismo, pero también en buena parte de la más bienintencionada caridad, la misma que Eduardo Galeano califica de humillante por ejercerse verticalmente y desde arriba. La igualdad vendrá de otra parte, de la solidaridad horizontal y el respeto mutuo, al que podemos unirnos hoy afirmando que “Todos somos macacos” ■

 

@luciamedinas

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