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El Canto del Fénix

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Aquellos días de mesero

Nunca olvides: no tenías dinero y requerías la legendaria paciencia de Odiseo para abordar un rout 15 en ese El Paso tan extenso. Como no alcanzaste beca, eras oyente en la universidad; por eso una amiga te facilitó la credencial que a propósito había reportado como perdida. ¿Algún chofer advirtió que tu foto estaba pegada con resistol y que el nombre del alumno era en realidad Alma Albo? De prisa, de lejos, mostrabas el carné ajeno y el hombre accedía a cobrarte la mitad del costo del pasaje.

Entre clase y clase, una compañera en la universidad te dijo que fueras al “Bella Napoli” y preguntaras por Luciano. “Con las propinas, sobre todo las de fines de semana, hasta compras carro en cinco o seis meses”. Pero tuviste la mala pata de ir el día en que Luciano descansaba y te encontraste al salir del restaurante italiano altísima pared frontal preguntándote qué hacer.

Nunca tuviste coche. Estados Unidos ha vendido caro el sueño americano. No adoptarlo implica perderse entre calles pobladas por vehículos. Ver un taxi entre el tráfico era imposible y los autobuses urbanos pasaban cada hora. Sólo cada hora. Mientras regresaba el bus 15, te encaminaste al Delicious Mexican Eatery, restaurante con paredes sepias granuladas, para ver si necesitaban personal. Saliste entusiasmado: a la mañana siguiente, a las nueve, comenzaría tu entrenamiento de una semana como mesero.

La manager Silvia era exigente: eso estaba bien si no ella no hubiera tenido el defecto de sacar delaciones entre el personal. Debido a Silvia, los meseros, las cocineras y los cajeros no se tenían confianza entre sí y hablaban mal unos de otros. Enseguida comprendiste que era mejor guardar distancia y hablarle sólo cuando fuera ineludible.

La mesera que te entrenó se llamaba Brisa. Tenía unos cuarenta años y se veía atractiva, por lo que muchos viejos le dejaban más de dos dólares sobre la mesa donde consumían su desayuno. Primero ella te enseñó a cargar cubetas con hielo para vaciarlas sobre el dispensador de cocacolas. Luego, a preparar café y té helado. Tras practicar tu cortesía pueblerina para recibir comensales y servirles totopos, te mostró cómo meter tenedor y cuchillo en el doblez de una servilleta. Debías hacer veinte o treinta en lo que los clientes pedían más salsa verde o la cuenta. Generalmente la propina gringa era de un dólar; la mexicana, veinticinco centavos o nada. Cuando llegaba una familia de gordos barbones farfullando yeas y okeys, Brisa te olvidaba porque ésos dejaban hasta seis dólares. La semana de entrenamiento pasó rápido y sólo te equivocaste una vez, al presionar la tecla de “one pozole” en lugar de “one enchilada platter”.

En la cocina, la gurú era doña Luisa, una cincuentona morena de pelo castaño a quien le fascinaba la música mexicana. Viéndote tan cantador, ocasionalmente lleva su guitarra para que la complacieras con la interpretación de boleros. También te apreciaba Rubén, hijo de ella, auxiliar suyo. Aunque él estaba casado, sostenía amoríos con Vero, joven cocinera risueña, cabello oxigenado y busto notable. Después quisieron enredarte en esos chismes, cuando Silvia te inquirió si notaste que la pareja hacía el amor dentro del cuarto refrigerado, sobre los paquetes de tocinos congelados, o si escuchaste cuando la señora Luisa se peleó con Vero porque ésta era “una lagartona” exactas palabras de la cocinera con el hijo de ésta.

Tu horario en el restaurante era de nueve de la mañana a las cuatro de la tarde. Por no tener vehículo abordabas el bus a las siete cincuenta y te presentabas en el Delicious a las ocho diez; de otro modo llegarías a las nueve diez y eso implicaba descuento de la primera hora. Así trabajabas más porque, siendo un caballero, no soportabas ver a Brisa en su horario de trabajo cargando cubetas de hielo y entonces te ofrecías a hacerlo tú, sin derecho de marcar tarjeta todavía.

No olvides lo que hacías los martes, tus días libres, cuando ibas al Sunland Park Mall a meterte cuatro horas a la juguetería. En el Toys R Us te extasiabas tú, estudiante de maestría, joven de veinticuatro con los trolls, los equismén, los mazinger que echaban luz roja por los ojos. Te ponías de pretexto ir apartando un regalo para cuando regresaras al pueblo y vieras a tu hermano menor, pero debes recordar aquel juego de pinball de cuatro noventa y nueve, o el leoncito de peluche de dos cuarenta y nueve.

Como propinas, sacabas cerca de dieciocho dólares diarios, billetes arrugados que formaban bulto bajo tu mandil verde. Lunes y miércoles corrías para alcanzar el 15 y llegar puntual a clase. Los lunes se plantaban mejores: la asignatura era Cine Español y debías mirar una película de Bardem, Saura o Buñuel. Después, a discutir argumento, personajes, iluminación, lo que no era muy difícil. Los miércoles tomabas Generación española de 1898. Baroja, Unamuno y Azorín debían estar preparados para salir de tu boca cuando fuera preciso. Para permanecer como oyente en ambas materias, debías ser el más participativo exigencia del profesor gachupín, y tan preocupado estabas que un miércoles en que llegaste tarde no advertiste que llegaste con el mandil puesto, lo que provocó que el intolerante maestro soltara su carcajada, haciendo a un lado el regaño preparado. El doctor Burgos adoraba ridiculizar en público a sus alumnos, pero esa tarde, jadeante mesero tomando asiento, ni le diste oportunidad.

Ray Borrego, tu patrón, te motivaba porque sabía que estabas solo. Alguna vez te contó sobre su aventura en Puerto Rico, cuando dejó por un tiempo los restaurantes familiares para ir a trabajar a una fábrica. Rubén iba a visitarte algunas noches: te confiaba los problemas con su esposa, dos bebés y amante. Las noches sin compañía, tras tender el mandil esmeralda, sacabas a la guitarra acordes en tono menor. Acordes oscuros, de invocación a lo lejano, a tu familia, a un amor que no te tuviera solo.

Nunca olvides aquellos días de mesero: es un pasado que dejaste en otra tierra, en un desierto donde surgieron tus más caros poemas, tus líneas más caras. No olvides que pasaste dos noches de Thanksgiving aferrado a tu entonces única cobija, con gripe, solo. No olvides el minúsculo departamento de puerta blanca, algo astillada, donde contabas tus propinas antes de meterlas otra vez a la caja de zapatos. No olvides las camisas blancas que debías planchar, la veintena de corbatas de medio uso que el patrón te regaló para que tu Welcome to Delicious Mexican Eatery fuera más distinguido. No olvides los limones para el té, las tazas amarillas y naranjas, las canciones Juan Gabriel con mariachi en la bocina, llevar una empanada para cenar en casa. Aquellos días de mesero recorren nuevamente tu costado permitiéndote recuperar el valor de tu lucha.

 

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