El Canto del Fénix

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Días santos, según nuestros viejos

Fue a nadie extrañe si desde el miércoles santo se sueltan los vientos voraces, si chicotean con crueldad a nuestro entorno. Si los climas cambian drásticamente, dicen nuestros viejos, es lo más natural. Es mejor resguardarse, encomendarse a la divinidad, que allá afuera transcurren los días y las noches en que reina el diablo. Han de saber que Satanás, príncipe de las tinieblas y de este mundo, está contento porque vuelven a torturar a su oponente el galileo. El ángel vencido encuentra venganza momentánea. Beelzebú domina el ambiente durante estos días.

Nuestros viejos insisten, con su voz cavernosa: “En estos días no se come carne, no se teje ni se borda, no se oye música ni se ve al televisor, no se pizca ni se pesca, no se abona, no se canta”. Si alguien monta caballo, ese cuaco acelera el trote y tumba al jinete. Si alguien sube a cualquier mezquite cae para quebrarse el brazo o la testa. Si alguien se lanza al río, el torrente puede hundirlo o arrastrarlo sin control. No es castigo de Dios sino obra del diablo y su averno exteriorizado durante unos días.

Fueron formados nuestros viejos en lo que implica ese antiguo término “Temor de Dios”. Si en modo simbólico cada año Dios vuelve a sufrir, vuelve a ser traicionado, aprehendido, vapuleado, desnudado, humillado, cargado con peso descomunal, tendido sobre la cruz, clavado, lanzado en su pecho, sepultado en fosa ajena, no es correcto ni justo que los beneficiarios de ese sufrimiento tomen los días santos como mero solaz, oportunidad para el deschongue.

Según nuestros viejos, estas santas jornadas deben padecerse como las padeció entonces el parabolero Yeshuá Ben Yosef. Vaya que ese hombre vivió una semana singular: el domingo entra a la gran ciudad en medio de palmas y vítores, el lunes azota mesas y pilas de monedas en el templo, el jueves pide que lo coman en forma de pan y vino, horas después lo llevan literalmente de Pilatos a Herodes y de Herodes a Pilatos, y lo más que llega a decir en su defensa es “Tú lo has dicho, yo no”. Entre las horas sexta y nona de viernes, entre mediodía y tres de la tarde, lo obligan a cargar el madero en que lo clavarán. Muere entre la asfixia y el desangramiento. Para colmo el sábado, dicen nuestros viejos porque así les dijeron sus sacerdotes, “baja a los infiernos”.

Antes yo guardaba días santos por ese temor infundido. Durante mi niñez sufrí accidentes casi cada año, en lunes, miércoles y jueves santos. En lugar de algún consuelo sólo encontraba fuertes reprimendas de mis abuelos, papás y viejos conocidos por ofender yo a Dios en mis intentos de pasarla bien. Ahora que he crecido guardo sobre todo jueves y viernes ya no tanto por temor a Dios sino por respeto a todos ellos, nuestros viejos.

Admiro, además, la belleza en esa tradición autorrepresora. Mantener a raya la alegría tiene también su sentido. Hay una luz oculta en la conmiseración. Vida de luto, pero vida. Brotan reflexiones obligadas ante esta penumbra. Según nuestros viejos, es la forma de venerar los sagrados misterios de la pasión de su salvador. Según yo, es comprender mi ínfima estatura frente a tradiciones tan grandes y fuertes.

 

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