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Algunos apuntes sobre la instrucción en Zacatecas durante el gobierno de García Rojas, 1825-1828

Algunos apuntes sobre la instrucción en Zacatecas durante el gobierno de García Rojas, 1825-1828

Como la de tantos otros personajes del periodo federalista liberal temprano, la de José María García Rojas sigue siendo una biografía para armar. Está a la espera la investigación histórica sesuda apoyada en fuentes de archivos y bibliotecas, que dé cuenta de su vida y obra. Si se toma como referente la vigencia de la primera constitución del estado, sancionada en 1825, corresponde a José María García Rojas el mérito de haber sido el primer gobernador constitucional de Zacatecas. Su periodo de gobierno comprende del 30 de junio de 1825 al 20 de noviembre de 1828.  Al tomar posesión del cargo, el estado contaba con alrededor de 427, 295 habitantes repartidos en tres ciudades, cinco villas, 32 pueblos, ocho congregaciones y una gran cantidad de haciendas y ranchos pertenecientes a 11 partidos, 39 municipalidades y 9 juntas municipales.1  Los once partidos en los que se dividía el territorio zacatecano según el artículo 4º de la Constitución eran los de: Zacatecas, Fresnillo, Sombrerete, Aguascalientes, Juchipila, Nieves, Mazapil, Pinos, Jerez, Tlaltenango y Villa Nueva.2

En el periodo de García Rojas la instrucción pública se encontraba en un estado de relativo atraso. Elías Amador menciona en su obra citada, que eran pocas las poblaciones que contaban con una escuela.3 Donde las había tenían muchos problemas debido a la escasez de fondos municipales y a la pobreza de sus pobladores para poder sostenerlas.

Los fondos o arbitrios municipales a los que se recurría para auxiliar a la enseñanza, se reducían a lo que se obtenían del producto del asiento de gallos, diversiones públicas y algunos impuestos aprobados por el Congreso del estado.

El que parecía incólume y continuaba con sus labores académicas y de cuyos fondos dependían las dos escuelas de primeras letras municipales, fundadas cuatro décadas atrás, era el Colegio Seminario San Luis Gonzaga, la vieja institución creada por los jesuitas desde 1754, cuya reapertura ocurrió en 1786 después de que los regulares de la  Compañía habían sido expulsados, continuaba con sus puertas abiertas. Los colegiales aunque inconformes con los trajes telares que seguían usando, asistían a recibir las cátedras de latinidad, filosofía, teología moral escolástica, historia, geografía y derecho civil y canónico.

Pensando en difundir la educación popular y sacarla un poco del abandono en que se encontraba, el Gobierno giró instrucciones a los jefes de los partidos políticos para que establecieran gabinetes de lectura en las secretarías de los ayuntamientos. Esta medida se hacía con la finalidad de que los ciudadanos pudieran estar enterados de las nuevas leyes, órdenes, decretos y demás disposiciones que deberían conocerse.4

Durante el gobierno de García Rojas, después del Colegio San Luis Gonzaga, la institución educativa más importante fue la Escuela Normal. La Sociedad de Amigos del País que había sido la corporación más entusiasta en su fundación, se dirigió al Gobierno del Estado para solicitarle ayuda a fin de poder concluir con sus arreglos.5 Después de nueve meses de haberse dado a conocer el decreto de su establecimiento, la Escuela de enseñanza mutua o lancasteriana seguía sin abrir sus puertas para que concurrieran a ella la niñez y juventud zacatecanas. La Normal tenía entre sus fines formar a jóvenes en el método lancasteriano. Una vez capacitados en el método de Lancaster, tales jóvenes serían los encargados de establecer escuelas en las que enseñarían con el sistema de enseñanza mutua con el que habían sido capacitados.

Por este tiempo el rasgo dominante era el estado de abandono en que se encontraba por entonces el ramo de la enseñanza. Aparte de la capital, sólo se tiene constancia de la existencia de escuelas públicas de primeras letras en las ciudades de Sombrerete, Aguascalientes, Pinos y, en algunas otras poblaciones por lo general cabeceras de partido o con la categoría de municipios. Escuelas particulares sostenidas por los padres de familia que eran las más, había en todos lugares, sobre todo en las ciudades, reales mineros, pueblos y villas. En el mayor de los casos, se enseñaba a leer y a escribir gracias al interés que mostraban algunos padres en la instrucción de sus hijos. Los mentores pagaban por la enseñanza  de sus vástagos a “personas comúnmente incompetentes”. Pero no faltaban aquellos lugares en donde los vecinos rechazaban la enseñanza por considerarla como “cosa inútil y perjudicial”.6 Aunque era la necesidad de manos para el trabajo y el sostenimiento de la familia lo que determinaba que en lugar de enviar a sus hijos a la escuela prefirieran cargar con ellos a las labores del campo o ponerlos a trabajar desde muy pequeños. La alienación producto de la ignorancia y la necesidad económica contribuyeron a mantener en ese estado de atraso a la instrucción pública.

Otro factor de no poca importancia para que amplias capas de población siguieran sumidas en la ignorancia fue el papel que asumió la Iglesia en la defensa de sus intereses. Elías Amador refiere como en el mismo año de 1825, el Jefe político de Aguascalientes informó al gobernador García Rojas, que  en una de sus misas el P. Fray Mariano López Pimentel, en el templo de San Diego, dirigió a los feligreses un sermón en un tono “ultrajante y subversivo contra el gobierno federal”, causando inquietud entre los lugareños.7 La labor de la Iglesia chocaba con la del gobierno y los zacatecanos preocupados que se esforzaban por sembrar las luces mediante la propagación de conocimientos útiles y libros instructivos. Los curas por el contrario, con sermones como el  del Padre López Pimentel se mostraban en contra de la ilustración de la población. Durante el primer gobierno constitucional se hizo presente en Zacatecas el conflicto Iglesia-Estado debido a actitudes como la antes descrita y a que en algunas parroquias los curas encargados de las mismas se excedían en el cobro excesivo de algunos de los servicios que prestaban.

Una actitud contraria a la mostrada por la Iglesia y de uno de sus representantes en Aguascalientes, fue la mostrada por el diputado Antonio García. En 1827, en el penúltimo año de la administración del gobernador García Rojas se verificaron elecciones para renovar el Congreso local. Estando ya instalado en su curul, el diputado García en un acto generoso muy encomiado por sus contemporáneos, a diferencia de nuestros actuales representantes populares, tomó la filantrópica decisión de ceder  sus dietas para apoyar el fomento de la instrucción pública. Según Elías Amador, el donativo lo hizo a la Sociedad Lancasteriana,8 corporación de la sociedad civil  que entre sus fines estaba  pugnar por el establecimiento de escuelas de primeras letras en las que se enseñara con el método lancasteriano  por entonces en boga. La dotación del desprendido diputado se destinó al pago de maestros y a la adquisición de mobiliario de algunas escuelas que por entonces se establecieron.

1828, fue un año en el que el estado se vio afectado por una terrible sequía que propició el surgimiento de bandas de malhechores que asolaron por los rumbos de Fresnillo y Sombrerete, llegando a ser saqueada esta última ciudad por una chusma de forajidos en el mes de diciembre. El gobernador García Rojas, buscando una alternativa a la crisis económica y los  brotes de inestabilidad social, contribuyó a la creación de una compañía minera para reactivar las minas de Bolsas y Mesteñas en las afueras de la ciudad de Zacatecas y la de San Nicolás en Sombrerete. Con esta iniciativa se buscaba reactivar la minería creando fuentes de empleo y evitar de esta forma que la vagancia y el vandalismo siguieran creciendo.9 ■

Referencias.

 

(Endnotes)

1                Amador, E., Bosquejo histórico de Zacatecas, Zacatecas, Partido Revolucionario Institucional, 1982, p. 316.

2                Zacatecas y sus constituciones (1825-1996), Zacatecas, Gobierno del Estado de Zacatecas-UAZ, p. 11.

3                Amador, op. cit., p. 324.

4                Ídem., pp. 324-325.

5                Ídem., p. 327.

6                Ídem., p. 328.

7                Ídem., p. 333.

8                Ídem., p. 335.

9                Ídem., pp. 352-353.

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