El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

El sol se oculta y al hacerlo toca levemente las puntas de los altos cerros. Lo demás es sombra. Una carretera con el lomo partido por líneas amarillas, huizaches, ocaso con cielo azul por arriba y blanco por abajo. Eucaliptos que ya no son movidos por el viento. Una luna de redonda perfección que parece reptar por una colina. Todo lo contemplo a bordo de una camioneta que se dirige a Zacatecas capital.

Yo tecleo en medio del Cañón de Juchipila, entre Tayahua y Zapoqui, en tierras de Villanueva y San Judas Tadeo. El cansancio de tres días y medio se me agolpa en el talón derecho. Veo ojos de agua, nubes con forma de garzas, nubes rojas. Hay acá cerros mordidos como mi esplendor, pero grandiosos como mi ambición.

Yo tecleo sobre la subida que de Zapoqui apunta a Villanueva, a Laguna del Carretero. Tecleo y topo con personas que arrastran redilas en sus camionetas. Veo a un anciano con pantaloncillos rojos y camisa blanca corriendo a un lado de la carretera. La luna me hace muecas: no se mueve pero yo sí.

El cansancio se ha posesionado de mi chamorro derecho. Tengo sed. Asoma una cefalea. Nada digo porque chupo el tuétano de una vida con aventuras. Soy un gitanillo que hace aparecer palabras, mías o ajenas. Termina la función y sigo siendo eterno, aunque sea sólo para mí.

No hay sonámbulos que caminemos acompañados. Muchas veces hay que pagar el precio de la soledad para crecer mejor. La luna es sólo una roca que quizá se desprendió de este planeta o arrojó algún otro, me dice el crudo intelecto. Es la bella acompañante, la que viaja contigo, el astro femenino, prometeico, que te transmite la luz ausente, replica mi arteria poética.

Una pátina roja lame ahora los cerros negros. Las nubes muestran sus intestinos y sangre. Estoy vivo, meto más mi lengua al hueso de la existencia, busco más tuétano. No importa el cansancio: importa ese tuétano, esa intensidad.

 

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