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El Canto del Fénix

El Canto del Fénix
  • Querencias condicionadas

Lo escuché sin querer de una joven desconocida, a bordo de un autobús, cuando ella hablaba por el teléfono celular: “Ámame, madre, porque aprobé el examen”. Mantuve fija mi vista al frente aunque la frase siguió en mí como un eco de chicharras en el cerro. “Ámame por eso, madre, ámame”, hilaba y deshilaba en mi interior como si la expresión oída fuera un títere y mi entendimiento el titiritero.

Mantuve mi vista al frente y no pude evitar el regreso al pueblo, mi infancia en el pueblo, y los ambientes donde mis vecinos y yo escuchábamos de nuestros padres una frase machacona: “Quiero pararme el cuello contigo, quiero que la gente me felicite por ser tu papá, por ser tu mamá”.

Algunos, lo confieso, crecimos con ese estribillo. “Quiero que tú sí seas alguien en la vida, quiero que no te quedes como yo, soy capaz de matarme para que tengas mejor vida”. Como también las formas de educar se heredan, supongo que nuestros padres no hacían más que lo que hicieron con ellos sus papás.

Siempre me avergonzó el episodio recurrente que se daba en la sala, de propia o ajena casa, o el centro del lugar de fiestas, donde el papá contaba a los demás que su pequeño hijo podía declamar esto o leer sin dificultad aquello o decir la tabla de multiplicar del doce. Ese pequeño hijo podía ser yo o cualquiera de mis amigos, y en mi reducido entendimiento me parecía siempre que nos exhibían como animales de circo, y entonces mi vecino Gerardo brincaba el aro en llamas o Ulises hacía tres maromas en su camino de uno a otro trapecio o Hugo Alejandro salía disparado de un cañón. Y entonces papás y mamás quedaban complacidos y se paraban el cuello.

“Te querré sólo si ganas el primer lugar de aprovechamiento”, parecían decirnos nuestros padres en cada palabra, en cada actitud, en cada compra de cartulina blanca o regla o compás. Llegué a ver el triste espectáculo que dio la mamá de un compañero cuando fue a reclamar a los profesores que su hijo quedó en segundo lugar y otros dos niños habíamos quedado empatados en el primero. Claro que la señora consideraba que su hijo era mejor que nosotros dos, y no nos quería, ni a quería a los profesores y quizá tampoco quería a su hijo por haber quedado bajo nosotros.

Al menos en mi pueblo, nos formaron en medio de querencias condicionadas. Si te avientas la maroma te doy cacahuatito. “Ámame, madre, porque logré esto” me es triste bandera no porque los hijos no debamos lograr maravillas, sino porque el amor debe moverse con independencia de ellas.

“Date un descanso”, me dicen con frecuencia. Ya no tengo por qué complacer a nadie, ni siquiera a mis padres, pero me resulta difícil abandonar o pausar las grandes luchas en las que me embarco. Ya no es por mis papás o por que se note que estoy haciendo cosas: se me ha quedado muy fuerte la inquietud de moverme siempre, de empeñar toda mi fuerza en proyectos.

Crecí con querencias condicionadas, sí, y no puedo cambiar eso. Pero sí puedo hacerme cargo de que dentro de unos años, a bordo de un autobús, un hijo mío no tenga que tomar el teléfono para decir: “Ámame, papá, por esto o lo otro”. Es más: ojalá ni Emanuel ni Mateo tengan que decirme “Ámame”, porque sería absurdo pedir algo que en efecto sucede de modo permanente.

 

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