¡Adiós, arquitecto sin título!

¡Adiós, arquitecto sin título!

Andrés Reyes, historiador hidrocálido, ofrece en su nuevo libro Refugio Reyes, una vida, el aprendizaje, un acercamiento a la vida del que pasara a la historia como el “arquitecto sin título”, el maestro Refugio Reyes.

El maestro de obras y después arquitecto prestigiado, tuvo dos campos básicos en los que se fue haciendo como tal: su contexto vivencial y su oficio práctico. En el primero, nuestro autor destaca los diversos escenarios en los que Reyes se desarrolló: su lugar de nacimiento en lo que fuera la hacienda, después municipio de Sauceda, su adolescencia en el convento de Guadalupe, su vida profesional en las ciudades de Zacatecas y Aguascalientes. En esos ambientes conoció lo que llegó a ser una típica hacienda de beneficio así como uno de los edificios religiosos más emblemáticos del periodo colonial en el Septentrión. Del convento reconoció su espiritualidad, sus espacios propicios para el aprendizaje, la oración, la reunión y la propagación de la fe. Nuestro historiador hace semblanzas tanto del caso de la hacienda de Sauceda, como del convento guadalupano para explicar ambos microcosmos como contextos ejemplares en los que la infancia de Refugio, se convirtiera en destino de su profesión. La monumentalidad de ambos escenarios seguramente marcó su expresión futura en el templo de San Antonio, en la ciudad de Aguascalientes o cuando estuvo como maestro de obra en el mercado González Ortega, de la ciudad de Zacatecas.

Un arquitecto como Refugio puede ser muy bien imaginado como receptáculo de diversas tradiciones estéticas, culturales y religiosas. No se debe exclusivamente a ninguna de ellas, pero es deudor de su rico mestizaje. Andrés hace un puntual seguimiento por los pasos dados por el arquitecto zacatecano a través de sus principales influencias. ¿Qué fue más determinante en el arquitecto para su propio estilo: Sauceda o la vida conventual guadalupana? Difícil responder. Ninguna de las dos en sentido estricto, pero ambas están en su bagaje para experimentar nuevas formas y proponer formas eclécticas que tal vez no se explicarían sin la ex hacienda de Sauceda o el convento de Guadalupe.

A Refugio Reyes le tocó vivir una época de reordenamiento de las ciudades; el desarrollo de la vida urbana durante el porfiriato marcó un nuevo ritmo en el diseño de edificios públicos, tanto civiles como religiosos. En este tiempo las ciudades mexicanas se reconstituyeron: sus viejas trazas urbanas fueron el basamento sobre el que se levantaron nuevos diseños con ansias de modernidad: alamedas, mercados, kioskos, avenidas, estaciones ferroviarias y conjuntos escultóricos representaron algunos de los símbolos de la nueva ola expresiva cultural modernizante. El vocablo modernización se empleó por primera vez en la jerga porfiriana. Adoptar un nuevo molde para dar rostro a un estado moderno fue el tópico general que caracterizó las últimas décadas del siglo 19. Refugio Reyes representó un eslabón en que la tradición por caracterizar una ciudad fue continuada bajo nuevos patrones estilísticos. Cómodas resultan, en este sentido, las etiquetas de eclecticismo.

¿Reyes fue un arquitecto ecléctico? Según nuestro autor sí lo fue. Pero quién no es ecléctico. El arte es siempre movimiento, dinamismo, reinvención, ruptura y permanencia. Eso fue don Refugio. El haber vivido en Zacatecas y después en Aguascalientes; el haber conocido a colegas y otros profesionistas; el haber convivido con peones, artesanos del hierro, de la cantera, de la madera; el haber caminado por la ciudad, detenerse en sus plazas y plazuelas, recorrer sus callejones, entrar a sus templos, viajar por ferrocarril, conocer sus mercados, relacionarse con catedráticos de la ingeniería y de la arquitectura, participar en justas poéticas, todos esos “haberes” fueron sellos indelebles en la experiencia estética del arquitecto.

No conoció de títulos, no tuvo necesidad ni tiempo para ello. Su formación académica fue sustituida por el oficio vivido que aprendió desde el trabajo de la piedra, la cantera y la forja. Como maestro de obras tuvo una gran oportunidad de ver el todo, imaginar el rompecabezas, darle forma a la pieza en su conjunto.

La experiencia de bosquejar se constituyó en su experiencia vital. La vida misma le fue enseñando. En la vida misma se fue enseñando, se dejó enseñar y paulatinamente llegó a ser el maestro. ¿En qué momento un aprendiz se vuelve oficial y en qué momento un oficial se vuelve maestro? No hay títulos que aclaren el proceso de aprendizaje, cuando la vida se asume como tal. Recuerdo a don Luis González cuando decía que el verdadero doctorado se aprende con la vida.

Andrés siguió esta pauta para hacer este retrato de vida de don Refugio. Su intención fue seguir la línea del aprendizaje del peón que llegó a ser un verdadero maestro de obras y un arquitecto que se hizo en el camino. Quizá todo este universo demostrado por el historiador Reyes Rodríguez pudiese ser explicado desde la categoría orteguiana de la “razón vital”, aquella que se liquida el mismo vivir, la que sólo así y de esa manera logra una comprensión del mundo y del hombre, la vida como realidad radical. Contra todo idealismo y subjetivismo, el hombre es tal en su circunstancia, determinado por su ser y su realidad que termina por transformarla. Desde esta premisa filosófica, el hombre y su entorno su influencian a sí mismos, el arquitecto fue receptáculo y también productor en la medida en que orientó una manera de ser y reconocer la ciudad. Refugio Reyes fue un hombre singular, pero su singularidad sólo se explica en su tiempo, se traduce en sus formas, se metaboliza en la interpretación social que los demás actores, en el transcurrir, hacen de su singularidad.

Don Refugio fue una expresión de su tiempo a través del templo de San Antonio, de la torre del reloj del templo de Guadalupe, del templo de Guadalupito, del Banco de Zacatecas, de las obras del edificio del Banco Nacional de México en Aguascalientes, de los hoteles París y Francia, de la Escuela Normal de Señoritas, de los edificios que actualmente fungen como Archivo Histórico y Museo Regional en la ciudad de Aguascalientes.

Sin duda don Refugio fue más hijo de su tiempo que de sus padres; su obra, en su tiempo, marcó una época. Dar estilo a una época no es obra de un solo hombre, pero el universo de las singularidades pueden llegar, sin duda, a expresarla. ■

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