El miedo, la sociedad y la política

El miedo, la sociedad y la política

En nuestras sociedades perennemente amenazadas en sus luchas por facciones o en sus circunstancias de vulnerabilidad, el miedo ha sido un ingrediente esencial en la definición de los móviles de acción o de omisión que, al final del día, han dibujado las rutas de la historia. Los propios textos que han dado rostro a nuestra civilización, como los bíblicos, ponen el miedo como uno de los sentimientos más determinantes de la conducta humana, incluso más que el deseo. Un comentarista bíblico la calificó como ‘la más eléctrica de las emociones’.

Pero la conducta del hombre frente al miedo es personal, pero también es social y política. Es decir, hay el miedo social y político. Acontecimientos que constituyen amenazas como guerras civiles, ataques terroristas, eliminación de derechos (como el trabajo o la libertad) y la pobreza; son resortes que desatan reacciones ante ellos.

Y estas reacciones son de diversas facturas. Pero son dos las que tienen mayor significación social y política: una de las reacciones es la que esperan los mecanismos de la dominación, que infunden miedo para paralizar a las personas, y con ello, atomizarlas, fragmentar su acción y hacer efectivo su poder sobre ellas. Pero también está el otro lado: el miedo a perder la libertad, el nivel de vida o las seguridades básicas, las que pueden llevar a las personas a juntar su acción y reventar contra el orden que los lleva al peligro mencionado.

Es decir, puede ser un miedo paralizante que hace efectiva la dominación o puede ser un miedo que esclarezca que el mal existe y desate la acción moral reflexiva. Este último puede convertir a un pueblo manso en un pueblo explosivo. O diremos, como Montaigne: ‘a lo que más le temo es al miedo’, esto es, de ser el miedo uno de los impedimentos más letales contra la libertad (la libertad siempre será un valor valiente), pasa a ser  un resorte de alerta y a lo que ya Locke señalaba como el móvil civilizatorio: el miedo a la violencia engendra el valor de la ley, y el miedo al poder totalitario, produce el aprecio por la democracia, y así. Estos son, en suma, los dos rostros del miedo en la sociedad y la política.

En este marco, podemos reflexionar sobre el tipo de miedo que domina a la sociedad zacatecana. Así como el temor al crimen en un contexto de ausencia del Estado, silencia la acción; el temor ante la amenaza de sus hijos, puede generar lo contrario: acción explosiva contra los criminales y las propias autoridades perezosas. Tenemos mucho tiempo de silencio y omisión. Hay mucho temor contenido. Pero frente a amenazas donde está en juego la seguridad de los hijos pequeños, la acción se despierta. Es el límite de lo tolerable. En muchos temas, nuestra sociedad camina y deambula en los límites. Y aunque vive en una ética del sacrificio, éste mismo tiene un límite. Para terminar: tengámosle miedo al miedo (como Montaigne), porque eso nos lleva a pensar realmente en las salidas a la amenaza del propio miedo.

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