De la falta de fuero a la falta de fe

De la falta de fuero a la falta de fe

En el país donde no pasa nada, donde los líderes de partidos políticos pueden organizar redes de trata de personas con cargo al erario, donde se saquea empresas públicas para pagar campañas políticas, o donde se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas de las empresas estratégicas, en ese país, el pasado 7 de abril se cumplieron nueve años de que le fuera retirado el fuero que protegía a López Obrador como jefe de gobierno de un embate judicial, so pretexto de haber desobedecido la orden de un juez de detener una obra para comunicar un hospital.

La medida, que a todas luces buscaba impedir la candidatura presidencial de López Obrador era burda y evidente; pero casi podría decirse necesaria, ante una popularidad creciente entre sus gobernantes que además se contagiaba al interior de la República.

No fue el primer intento por cerrarle el paso a López Obrador en la elección de 2006, pero parecía inmune a otras estrategias. La percepción de abrumadora inseguridad que lograron infundir durante el sexenio de Cuauhtémoc Cárdenas particularmente gracias a TV Azteca, no lograba reeditarse a pesar de las condiciones mediáticas particulares del Distrito Federal.

Tampoco había funcionado el esfuerzo de demeritar la imagen de López Obrador a través de vídeos de presuntos actos de corrupción de sus colaboradores, puesto que fue imposible demostrar el involucramiento de AMLO en los hechos, o siquiera su conocimiento. Y también porque la jugada tenía el evidente patrocinio de Carlos Salinas de Gortari, según sabríamos luego gracias a Carlos Ahumada, con 68 millones de pesos.

Aquel 7 de abril de 2005 López Obrador fue entonces desaforado, su proceso judicial comenzó; su popularidad iba en aumento, y el rechazo a la maniobra legaloide también. Sus simpatizantes más leales en todo el país portaban un moño tricolor en el pecho como silenciosa protesta, otros más, un millón doscientos mil acudieron al Zócalo a expresarle su apoyo al grito de “no estás solo”, y a escuchar las primeras directrices del movimiento que en ese acto nacía.

La presión subía. Una encuesta de ese entonces de la empresa Parametría dejaba claro que sólo 29 por ciento de la población a nivel nacional estaba de acuerdo con el proceso de desafuero. (Disponible en http://www.parametria.com.mx/carta_parametrica.php?cp=18). A Vicente Fox, entonces presidente, lo increpaba un ciudadano con una cartulina que rezaba: “Fox, traidor de la democracia”; ante los cuestionamientos autoritarios del mandatario, el manifestante sólo respondió “no nos hagamos, señor”.

Manuel Espino, entonces líder de Partido Acción Nacional confesaría luego que con esa medida estaban haciendo presidente de facto a López Obrador, perdían ante él la presidencia de la República con un año de anticipación. (Video disponible en https://www.youtube.com/watch?v=NL9MPd3bP6E ). Eso los decidió quizá, dieron marcha atrás. López Obrador había ganado la batalla.

No fue sin embargo un triunfo total, todo este episodio era apenas la punta del iceberg de lo que estarían dispuestos a hacer por evitar el arribo de López Obrador a la presidencia. Si en 2005 el cinismo desbordaba las acciones al grado que el Washington Post expresaba que “la maniobra política en México podría minar y marcar un retroceso en la evolución de la democracia mexicana”, para 2006 el objetivo era ganar “haiga sido como haiga sido”, y no hubo pudores en negarse al recuento de los votos casi natural ante una diferencia del 0.56 por ciento.

Para 2012 el lema parece haber sido “cueste lo que cueste”, pues no hubo empacho en gastar once veces más de lo permitido para llevar a Enrique Peña Nieto a la presidencia, y no se reparó en la compra de votos con dinero cuyo origen hasta la fecha desconocemos.

A casi una década de distancia de que aquel que se anunciaba como el emblema de la democracia en México se prestara a coartar los derechos políticos de alguien a partir de un acto de autoridad, la derrota mayor ha sido para la democracia, para los que creen en ella, y para quienes confían que las grandes transformaciones del país pueden darse por la vía pacífica y a través de las instituciones.

Hay también en ello grandes señales de esperanza. La desconfianza, si no cae en el desánimo y la apatía nefasta implica también conciencia y crítica. En ella puede apalancarse el movimiento social que recupere las instituciones del uso faccioso que continuamente se les da, y que las ponga al servicio del pueblo. Las revoluciones suelen estallar en los callejones sin salida. Al tiempo… ■

 

@luciamedinas

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