El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

Escuchar a los niños

” La clave está en escuchar a los niños”, dice la mujer que adoro antes de dormir. Sin que ella me vea, yo asiento, cierro los ojos y reconsidero algo que declaré hace más de una década: toda la creatividad del mundo, pero especialmente toda la emoción por comenzar a descubrir nuestra existencia puede condensarse en los discursos de los infantes.

Pego la mejilla derecha a la almohada y dedico esa vigilia a reprenderme. Con frecuencia olvido que fui uno de ellos: minúsculo, lleno de energía y deseos. Olvido que era escuálido y despeinado, que no me gustaban las lentejas ni los discursos aburridos, que creía en el Niño Dios y le escribía cartas que ponía sobre la arena en que mi padre montaba el Nacimiento. En los años más recientes me he traicionado: me da por abandonar el recuerdo de aquellas madrugadas en que cantaba a solas; olvido que solía narrarme historias, componía canciones e incluso musitaba mensajes de esperanza a mi bicicleta azul (“La burra”, le puse por nombre).

Condené algo en mí el día en que empecé a dejar de escuchar a los niños. A mis catorce años comencé a dar clase a dieciocho críos de entre cinco y seis años, alumnos de preescolar que en sábados acudían a eso conocido en el pueblo como “la doctrina”. Y la doctrina se me fue convirtiendo, ante las sonrisas y persuasiones de ellos, en el aprendizaje de juegos y dinámicas. Siendo estudiante de segundo de secundaria, aprendí la lección que considero más importante para la tarea magisterial: sólo se aprende lo que se enseña con gusto.

A mis diecinueve años seguía escuchando a los niños, ahora en Trancoso, en el Colegio Independencia. Los chiquitines no guardan reservas: se entregan y punto. Los de tercero y cuarto grados de primaria intentan establecer diálogos con adultos quizá con la ambición de llegar a serlo pronto. Pobres. Nadie les dice que ser niños es bastante mejor que ser adulto.

Un año después fui profesor interino en una primaria marginal de Guadalupe. El fato me dio otra vez a dieciocho niños, pero ahora la consigna era que en menos de nueve meses ellos debían leer y escribir correctamente. Ser el responsable del aprendizaje de ellos agravó mi naciente migraña, y los mejores analgésicos que encontré estaban en el baile del pato, donde el que se mueve se quita el zapato. Jugué al salón de belleza con Leti, Juana Susana y Araceli, quienes ahora han de tener veinticinco años y quizá uno o dos hijos. Jugué con Néstor Iván, Eduardo, Miguel Ángel y otros tantos a la roña, a las escondidas, a las rondas y a vender ramas y bolitas de lodo en el mercado trazado con líneas sobre la tierra.

Escuché a los niños y entonces fui grande; el día en que dejé de hacerlo por creer que soy un adulto me volví… un adulto. En el pecado llevo la penitencia.

Desde hace más de un lustro vivo el desafío más grande en mi tarea docente: tengo un alumno que aprende más de mis acciones y actitudes que de mis palabras. Me observa casi todo el tiempo y es muy exigente. Con él no puede haber más que puro y simple diálogo. Con frecuencia me dejo abrumar por el trabajo mientras él me habla. Yo contesto cualquier cosa. Por eso la otra noche la mamá del niño, la mujer que adoro, me reprochó mi falta. “La clave está en escuchar a los niños”, dijo, y por eso ahora termino de escribirme y escribirles esto.

 

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