Subjetivaciones rockeras / El rock en el arte y en la cultura

Subjetivaciones rockeras / El rock en el arte y en la cultura

Recuerdo que cuando era joven me hacían preguntas y comentarios acerca de mis gustos musicales; estos cuestionamientos, por lo regular, venían de personas bastantes mayores, y algunos de ellos, realmente molestos, eran más o menos así: “¡Yo no sé qué le escuchas a esa música, puros ruidos y gritos!”, “¿Por qué mejor no escuchas esta otra música? Mira, éstos sí venden discos” (como si la calidad musical se midiera por la venta de discos), o “¿Para qué escuchas esa música si ni le entiendes? Está cantada en inglés”. Lo único que me quedaba era escuchar esos comentarios con cierto coraje, sin saber a ciencia cierta qué contestar. En el fondo no alcanzaba a entender con claridad por qué no sólo me gustaba esa música, sino que me iba despertando, paulatinamente, una pasión que a la fecha se mantiene.

Aun hoy me resulta muy complejo explicar el porqué de mi gusto por el rock, con todos sus subgéneros y estilos; lo que sí tengo un poco más claro es que, como se nos ha dicho desde hace poco más de dos mil años: “No sólo de pan vive el hombre”. ¿Qué quiero decir con esto? Que por más pragmáticos que pretendamos ser en nuestra vida cotidiana, en el fondo necesitamos de otros nutrientes que no son necesariamente los físicos, sino de otra naturaleza más bien etérea, por decirlo de alguna manera. Difícilmente podremos encontrar en el mundo a una persona que no le guste la música (cualquiera que ésta sea), o que no se conmueva con una bella poesía, con una obra maestra, llámese literaria, pictórica o escénica; dichas expresiones no sólo nos gustan, sino que nos resultan necesarias. ¿Para qué? No lo sé, quizá para no olvidar nuestra naturaleza humana, para no convertirnos en simples robots programados, o en animales irracionales.

El hecho de que a mí me gusten determinadas expresiones artísticas, o algunas creaciones específicas, es consecuencia también de mi humanidad; por ello es tan respetable, o incluso fascinante, que a otras personas les con-muevan otras creaciones o expresiones, eso quiere decir que en el mundo del arte hay para todos, y eso, lejos de ser complicado, resulta emocionante, ya que nos indica la existencia de un horizonte por descubrir, y que además nunca se dejará conocer en su totalidad. El arte, pienso, es un universo paralelo del que se nutren nuestras emociones, los sentimientos que le dan un sentido peculiar a nuestra presencia en este mundo. Así pues, algunas personas se pueden identificar con las expresiones teatrales, otras con las cinematográficas, hay a quienes les mueven las artes plásticas, otros se entregan a la literatura, al jazz, a la música clásica o contemporánea, también estamos los que como simples espectadores nos deleitamos con todas, aunque en mi caso, me identifico mucho con el rock.

Coincido con Vargas Llosa cuando sugiere que hay una alta y una baja cultura, sobre todo en la parte donde nos dice que, al referirnos a la alta cultura, hablamos de “una élite que en ningún caso debe identificarse totalmente con la clase privilegiada o aristócrata de la que proceden principalmente sus miembros”[1], es un grupo, sí, pero al que se accede por libre voluntad, por el puro gusto de hacerlo; más adelante, el Nobel peruano nos dice que “la cultura es algo anterior al conocimiento, una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos”[2]. Es decir, todos sin excepción somos proclives, de antemano, no sólo a la cultura, sino al pleno deleite de su manifestación más excelsa: El arte.

El qué nos lleva a gozar de algunas manifestaciones artísticas, en lugar de otras, depende de nuestras circunstancias particulares; del entorno en el que nos hayamos desarrollado, aunque eso no implique una limitante para determinar, de manera definitiva, el quedarnos en tal o cual estatus o situación; de hecho, el disfrute o la asimilación de una expresión cultural o artística, en muchos de los casos, nos lleva a otras similares o superiores. Dejarse tocar intelectual o estéticamente representa, en muchas de las ocasiones, colocarnos en la antesala de una experiencia más plena, y así en cada vez. Cuando yo me dejé conmover por ocasión primera por el rock, supe de inmediato que aquella experiencia no pararía allí, que en ese momento se abría ante mí una puerta hacia horizontes que hasta entonces nunca me hubiera imaginado, y créame que así ha sido.

Soy respetuoso de los gustos musicales, y en general de las preferencias estéticas en general de cada quien, y aunque pueda formularme una opinión íntima sobre ellas, sobre todo cuando me desagradan, no soy quien para juzgarlas, simplemente me remito a decir que no me gustan o trato en lo posible de ignorarlas. Sé también que hay quienes tienen una opinión negativa sobre el rock, y también soy respetuoso de eso, habrá incluso quienes me den los más minuciosos argumentos para justificar su postura, como ya ha sucedido, aunque en todos los casos en que me los han expresado, lo que escucho es una retahíla de prejuicios preñados de intolerancia; de los más conocedores del arte, no he escuchado más que muestras de respeto, así que, las cosas de quien vienen.

Para mí, el rock es, entre otras cosas, una expresión artística, tal vez la más marginal, y por eso siempre consciente y crítica de lo ocurre en la vida real, en sus rincones más oscuros. Así pues, como expresión artística, es poseedora de un lenguaje universal, es decir, me puede emocionar de la misma manera una pieza cantada en español, que en noruego, francés, italiano o inglés, tal como le emociona un cuadro de Picasso, a una persona dispuesta a dejarse envolver por él, en cualquier parte del mundo; si el rock “no vende” como otros grupos musicales, es algo que me tiene totalmente despreocupado, igual si algunos rockeros se dan una vida exótica y hasta hedonista, creo que en un primer momento no fue lo que buscaban, sino que es una mera consecuencia. ¿Por qué me atrae esta expresión artística (aunque no es la única)? Porque es con la que me siento mejor definido en mi personalidad, y si el arte no debe tener una función, no deja de ser placentero sentir que una obra nos define.



[1] Vargas Llosa, Mario, La civilización del espectáculo, México, D.F., Alfaguara, 2012, v. p. 15.

[2] Vargas Llosa, op. cit., p. 16.

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