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Sobre el full–frame y otras peripecias

Sobre el full–frame y otras peripecias

A pesar de no saber tomar imágenes ni con el iPhone que paga la editorial mes a mes, me considero un editor de foto. Sólo eso, sin calificativo alguno que dé para sospechar de un talento nato que no poseo. Aprendí el Photoshop a la manera de un cuarto oscuro gracias a la generosidad de un par de peritos en el arte de escribir con luz que, si bien se dedican a lo mismo, son diametrales entre sí cuando se trata de echar mano del afamado software: mientras que uno de ellos cuida el mínimo detalle antes de la toma con la única finalidad de sacudirse horas de trabajo frente al monitor, prodigando que la manipulación excesiva sobre un archivo daña la calidad digital, el otro exacerba la usanza de las mágicas herramientas potenciadas por los núcleos de los procesadores Intel, modificando el sistema de iluminación de la escena, realizando un enfoque de barrido en un sector de la fotografía, montando o eliminando un fondo que, al inicio, no estaba considerado en la composición. El bagaje que poseo se lo debo a un selecto puñado de fotógrafos que he tratado en variados puntos de mi itinerario personal. También pasa, ni una ni dos ni tres sino cantidad de veces, que toda la inversión de tiempo y esfuerzo —y de recursos porque ante la metida de pata poco valen las dimensiones del sensor de una Hasselblad, la óptica fija de última generación, el para de Broncolor, el formato raw—indigesta a la imprenta que termina por hacerla caca.

La otra gran maestra en mi vida de editor es Malinka, mi mujer, sobre todo cuando me convierto en un bocazas y empiezo a proferir una serie de correspondencias fallidas donde el tema es la profesión a la cual ella se ha dedicado, por los menos, en dos lustros. Entonces dirige una mirada de ángel exterminador hacia el lugar preciso donde estoy y, sin decir una sola palabra, sé perfectamente qué reprimenda me tiene deparada: “te callas en este minuto o comienzas a tener un parentesco con esa bola de haraganes mentales que, con el hecho de colgarse una camarita de plástico, dice saber algo de este negocio”. Sin embargo, lo anterior no se compara con el enojo que le provoca una interrupción mía o de cualquier otro cuando ha colocado su ojo derecho sobre el visor, seleccionando el punto de enfoque, haciendo los ajustes pertinentes (combinación de velocidad, iso y obturación) para ejecutar los disparos que hagan falta. La breve sugerencia, que para bien o para mal tiene un trasfondo imperativo que conlleva una orden, le cabrea tanto que tiene que hacer una pausa que le aliente a concluir lo más rápido posible y dejar el coraje para sus adentros.

Porque tampoco posar ante ella es fácil, como sí lo es con algunos que, en el mejor de los casos, pueden nombrarse colegas, aquéllos que, sin hacer ninguna medición, toman una instantánea y se alejan con la prontitud que ya les acompañaba desde su arribo. Hay quienes sufren un desajuste en su personalidad, a tal grado que resultan irreconocibles, convirtiéndose en verdaderos orangutanes del reino animal, cumpliendo así una doble función: además de hacer un registro, se desempeñan como guaruras del político o funcionario en boga, desahogando su frustración por no haber realizado su sueño de formar parte del Estado Mayor Presidencial (como sí está a punto de serlo uno de los dos que menciono al inicio de este texto). Hace años, cuando Malinka era aprendiz, reemplazó a nuestro fotógrafo de cabecera en un acto oficial del mandatario en turno. Se trataba de una ordinaria inauguración de no sé qué obra igual de ordinaria. El caso es que ella estaba ahí, lista para efectuar la petición que se le había encomendado. Al momento de prepararse para realizar la foto, justo al corte del listón, sintió en su espalda una retahíla de empujones que a punto estuvo de irse de bruces con una mano en el cuerpo de la cámara y con la otra en el telefoto, peso que no le ayudó a encontrar el equilibrio sino todo lo contrario, prefiriendo golpear sus rodillas sobre el concreto para no tener una caída frontal. Ese trance de cobardía provino de dos sujetos que eran responsables de cubrir el evento, siendo personal de la misma burocracia. Quiero suponer que esa actitud fue una respuesta ante la invasión a su territorio, cual animales machos sin vestigio alguno de civilización.

En otros, la cámara fotográfica tiene un efecto de excitación similar al viagra o cualquier sustancia similar que logre potencializar el tiempo dedicado al apareamiento. Tan sólo saben usar el aparatito en automático, con un desenvolvimiento torpe, pero dicha limitante no les impide estar listos para retratar tanto señoritas, casi adolescentes, como mujeres que tienen la sana voluntad de posar y que se ven sorprendidas por la verborrea casi pornográfica que busca animar la sesión. Recuerdo un intento fallido por educar a esta clase de primates: cierta vez se llevó a cabo una muestra a cargo de uno de los artífices de Playboy México, con un par de supuestas playmates in situ. Conforme el ponente avanzaba en la explicación de su poética visual y la confabulación que debe existir entre el creador y la obra, la libido no pudo contenerse e invadió por doquier el escenario cuando se le confió a los asistentes una muestra práctica, tal descontrol que un full–frame con un ojo de pez no fue suficiente para captarlo. ■

 

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